“Aforismos pedagógicos (VII)” por Arnaldo Jiménez

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La autonomía del maestro en el salón de clase ha causado más males que logros. Un gran mal que le podemos atribuir es el de no lograr casi nada a favor de la libertad de expresión de los estudiantes. Cuando esa autonomía es pasiva se transforma en cárcel.

 

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Mamotretos, edificaciones de inutilidades, forjadores de ruinas, fabricadores de papeles que exaltan el yo a seres que no lo han encontrado. Quitemos los talleres, los experimentos en laboratorios educativos, ahorrémonos dinero extinguiendo formalidades, eliminemos tanto esfuerzo mal gastado en jornadas de mejoramiento, y quedará lo fundamental de nuestra profesión: el arte de enseñar y de ser un guía, que nada borre a los fundamentos, que sólo ellos prevalezcan. Volvamos a la vocación y se habrá avanzado una enormidad.

 

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Enseñar a leer y a escribir: leer intenciones, anhelos, modos de conocer y de vivir, escribir los ecos del espíritu, las preguntas y respuestas que esperan despertar dentro de nosotros; nada de esto es sencillo. Ni siquiera leer y escribir.

 

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Los grados, si han de ser grados, deben serlos en función del estímulo a la forja de pensamientos hasta alcanzar una autonomía, ciertamente, relativa al grado alcanzado. Se debe trabajar en función del desarrollo de la autonomía de pensar, y esta autonomía no admite estancamientos una vez que se ha desplegado. Repetir un grado, ¿qué es eso?, ¿un cerebro vegetando?, ¿un maestro que no sabe pensar, que no es?

 

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¿No sientes seguridad de enseñar? Comienza por ti mismo. Busca un guía. Iníciate en lectura y escritura, no dejes de hacerlo nunca. Ya tienes mucho que decir.

 

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Qué bendita magia nos ocurrió que olvidamos nuestra otrora condición de aprendices; es decir, de seres con esperanzas.

 

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Huyamos de los maestros que no sean estudiantes. Huyamos de las almas planas en la que los juegos de azar escriben sus caligrafías.

 

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Un maestro perfecto es una mentira. Un maestro auténtico es una utopía. Un maestro honesto con su labor, es más probable. La honestidad es un camino duro, forjado a fuerzas de entregar a los demás las justas medidas de los valores en los cuales creemos, si das más o das menos de la fe que tienes, caes en lo contrario de lo que te propones. Un maestro honesto es la cautela de ser justos con nosotros mismos.

 

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Nos preocupamos por el evaluado y no por el evaluador. ¿No es este un mérito propio de los santos? ¿Y no es cierto que los santos prefirieron siempre ser evaluados a ser evaluadores?

 

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Los puntos no miden conocimientos, las palabras no miden las cualidades. Las expresiones de ternura, rabia, la limpieza o la suciedad de la mirada, he allí algunos indicadores. Evaluar es llenar de formas a la incertidumbre.

 

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La expansión del pensamiento y la riqueza del alma, es lo verdaderamente cualitativo. El lenguaje, su único medio de expresión.

 

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Negar el saber en tanto que poder. La voluntad de poderío no debería guiar la filosofía tácita del sistema educativo; pero la realidad es que sí la guía. Las voluntades fuertes no están, sin embargo, en los alumnos o en los docentes, tampoco en los personeros del gobierno, en los patronos; todos somos voluntades débiles, principios pasivos mientras vivamos en los papeles que forja la institución; fuera de ésta: una voluntad de poder que niega al saber y lo ridiculiza, lo vuelve un pequeño paso dentro de los descomunales valores de la ambición y la indiferencia.

 

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En nuestra cultura todas las voluntades están al servicio del deseo de ambición, deseo incontrolable que ha pasado a ser un fin en sí mismo.

 

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Un maestro que no insiste en ser entendido no merece estar en un aula de clases.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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