«Amor trágico» por María Alejandra Rendón Infante

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María Alejandra Rendón, autora de la columna Nos (Otras)

Una de las ideas más machacadas y que suponen el origen del éxito de las telenovelas y de toda la literatura es el sufrimiento. Lo trágico siempre será visto como algo perjudicial, salvo cuando  sea en nombre del “amor” y de un buen rating. La escena de final feliz siempre será consoladora tras una sucesión de formas expresas o sutiles de violencia que fueron internalizadas como normales, es decir: “Triunfó el amor y felices por siempre. ¡Qué alivio!”. Sí, asumimos que es natural que el amor “nos haga daño” y quizá por el culto a este mito estemos dispuestas a soportar una o varias formas de violencia que son asimiladas como naturales. El adoctrinamiento fue constante, en  variados formatos y  argumentos.

La única misión de la protagonista clásica del culebrón es soportar engaños, infidelidades, celos, acoso, agresión física, daño psicológico, manipulaciones de todo tipo y un largo etcétera de daños y humillaciones que (no lo dice el guion) transforman la vida de una mujer para siempre y para mal, claro está. En este peligroso coctel, que nos condiciona a soportar ilimitadamente, la única violencia reconocida es la física y, aún así, fue tras la pantalla y las canciones en las que se nos ofertó la idea de que “el amor todo lo puede”,  aunque estemos frente a lo más irracional, por lo tanto, el perdón es el remedio contra la violencia, porque el final feliz en algún momento llegará, no importa que la protagonista llore desde el principio hasta el tan esperado final feliz. Este sabrá compensar tanta desdicha. Pero en las historias reales la violencia se instala para no irse y el destino fatal de muchas mujeres es inminente. El guion tras la pantalla está basado en mentiras y nos ha puesto, y aun nos sigue poniendo,  en peligro.

Se nos ha dicho hasta la saciedad  que  “Quien cela es porque nos ama”,  “Quien realmente ama debe perdonar”, “Para amar hay que sufrir” y una larga  lista de  mitos que deformaron nuestra manera de relacionarnos. Básicamente, la violencia fue normalizada al punto que la trama no es lucrativa o atrayente si no ponemos a sufrir a los protagonistas hasta más no poder. Lo que es igual a decir que el sufrimiento es parte del componente emotivo, incluso, interesante de una relación, porque es chimbo eso de que no suceda nada emocionante (lo he llegado a escuchar). Una relación en paz, igualitaria, voluntaria, sin media docena de villanas (casi siempre otras mujeres), con acuerdos de respeto y de trabajo mutuo por construirla, resulta aburrida o muy aburrida.

Estamos muy familiarizados con las relaciones tormentosas que aportan reconciliaciones prometedoras y que necesitan del conflicto para reafirmarse.  Vemos con cierta extrañeza a quien actúe entre parámetros distintos a los que estamos acostumbradas. La manera en la que están dispuestos los roles de género y el cómo se cumplen a cabalidad en cada telenovela y fuera de estas, es impresionante. En la vida misma los mismos se traducen al calco. La sumisión, la tolerancia al daño, la castidad, la indefensión y la inocencia, vendrían siendo los rasgos que más sobresalen en la construcción psicológica de los personajes femeninos a admirar y reproducir. Nosotras desde pequeñas intentamos emular eso como garantía del final feliz que merecemos. ¿Acaso no es la industria Disney la principal promotora de la sumisión y la violencia, la que nos ha colocado en la condición de cosa o ante una imagen fosilizada  de mujer sumisa y sin criterio a merced del poder masculino?

 

Betty la fea-amor trágico-Nos (Otras)

 

Hace poco, analizando varios capítulos de la exitosa telenovela Betty la fea, estrenada hace más de 20 años, la cual es considerada la novela más vista y de la cual se realizaron varias versiones en distintos idiomas, me percato fácilmente de que en ella están instaladas y legitimadas unas violencias multicausales ejercidas de manera individual y colectiva. Debo admitir que mientras fue transmitida no me perdí capítulo y que jamás advertí nada de lo que ahora expongo. Un factor era mi edad, otro la normalización que hice de esos patrones y, por último, no estaba consciente de cómo se manifiesta la violencia y el control disfrazados de amor.

Retomando con Betty la fea, son muchos los elementos a desentramar, haré referencia solo a algunos. Partiendo no más del nombre, se ejerce una violencia simbólica, en la cual se soporta una trama plagada de vejaciones contra una persona cuya “fealdad” fue llevada al límite de lo caricaturesco. Betty es la mujer de barrio, pobre y “sin gusto” retratada para distinguir de qué lado está “el mal gusto” del que es necesario mofarse. Un grupo de mujeres denominado “el cuartel de las feas”, rechazadas por estar  pobres y distantes del patrón de belleza impuesto, son el hazmerreír de todo el personal de una empresa (un discurso cosificante, racista y aporofóbico). Una mujer rubia de proporciones “apreciables” está atrapada en la fantasía de encontrar quien se haga cargo de sus deudas y no descansa en su propósito de tratar de igualarse a una clase a la que no pertenece. Pero yendo más dentro del argumento, en muchos episodios la protagonista y las otras mujeres sufren la violencia visible  y  pocas se percatan de ello. Betty en algunos episodios hace evidente la violencia que sufre y la pone de manifiesto siempre desde la culpa y la autocompasión.

 

Betty la fea-amor trágico-Nos (Otras)

 

Su profuso y desgarrador diálogo interno la hace describirse a sí misma como algo aborrecible y finalmente cree merecer lo que le sucede. Es muy poco para Armando, es nada.  También,  su amor por él la “ciega” (mito de que el amor todo lo puede) y esto le permite tolerar otras formas de violencia que van apareciendo: difamación, manipulación, celos, mentiras, agresión física, victimización, estafa, infidelidad, burlas, humillaciones, chantaje, etc. Armando Mendoza la usa, la difama, se aprovecha de lo que ella siente, tiene relaciones sexuales con ella para embaucarla y se burla en un diario de la experiencia, lo hace con asco y usa a su amigo Mario para enviarle misivas que él no se atreve a redactar, para lograr un objetivo ulterior. La ilusiona, la estafa, la engaña, la manipula y la maltrata de manera constante.

Todo esto, a pesar de suceder de manera expresa frente a una gran audiencia, muy poco se cuestiona, no se percibe como violencia, porque sabemos que los protagonistas siempre terminan felices y el bálsamo para quien observa es que él finalmente se arrepentirá y se enamorará de ella, quien además estará obligada a hacer todo por Armando y a transformarse físicamente, incluso, para terminar de consolidar el vínculo esperado.

 

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La figura del maltratador  se oculta tras un galán, empresario, rico, blanco que hace sufrir también a una prometida que no ama a pesar de llevar una relación larga acomodada según acuerdos económicos de dos familias socias. Marcela, otra víctima de su despiadado narcisismo se manifiesta como la villana, aquel factor perturbador en la vida de Betty, pero Marcela, es, a mi modo de ver, el más real de los personajes; la mujer promedio de la clase media que sufre el engaño con secretarias por parte de su marido y no se atreve a deshacer el vínculo porque confía en la solidez que le otorga ser la esposa de un hombre prestigioso que la manipula de manera constante y que, además, es presionada por la familia para mantenerse en él. También porque no ve a Betty como rival, sino con desprecio y lástima. Marcela es la única en percatarse de quién realmente es Armando, al final lo hace. Pero, en la vida real, no hace falta ser rico parta engañar, solo basta ser hombre para que sea visto como normal, incluso lo esperado por el pacto masculino.

Escribo sobre Betty la fea por tratarse de un hito en el mundo televisivo, pero el guion a seguir por las telenovelas es el mismo: formas de violencia romantizadas, basadas en la manipulación, la dependencia, el irrespeto y la asimetría. Ninguna de las formas de violencia es condenada porque el final feliz (hipotéticamente para siempre), será algo que  hará sentir más tranquila y complacida a una audiencia que en mayoría hará proyecciones de sus propias relaciones suponiendo que ese final feliz es para las que aguantan, soportan, sufren, toleran el daño, perdonan todas las veces que sean necesarias y se introducen en ciclos de violencia profundos contando con la idea de que es normal y, también, de que así como la protagonista lo logró ella también podrá.

Se nos olvida que el guion de la violencia es contrario al relato fantástico. Un indicador de amor no es precisamente el permanente conflicto. En la vida real nos puede costar la estabilidad psicológica y emocional. Es decir, permanecer en un vínculo que nos hace sufrir puede costarnos la vida. No existe final feliz cuando se es víctima de violencia.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

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