Un cuento para la merienda: «Arena» de Emilia Pardo Bazán

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No le había visto en un año, y me lo encontré de manos a boca al salir del café donde almuerzo cuando vengo a Madrid por pocos días desde mi habitual residencia de El Pardo.

Apenas fijé en él los ojos, comprendí que algo grave le pasaba. Su mirar tenía un brillo exaltado, y una especie de ansia febril animaba su semblante, de ordinario grave y tranquilo.

-Tú estás enamorado, Braulio -le dije.

-Y tanto, que voy a casarme -respondió, con ese género de violencia que desplegamos al anunciar a los demás resoluciones que acaso no nos satisfacen a nosotros mismos.

Minutos después, sentados ambos ante la mesita, y empezando a despachar las apetitosas doradas criadillas, regadas con el zumo fresco y agrio del limón, entró en detalles: una muchacha encantadora, de la mejor familia, de un carácter delicioso…

-¿Sin defectos?

-¡Bah!… Un poco inconsistente en las impresiones… No toma en serio nada…

-¿Arenisca? -pregunté.

-Es la definición exacta: arenisca -contestó él súbitamente, plegado de preocupación el negro ceño-. Le dices hoy una cosa, parece hacerle impresión, y al otro día comprendes que todo se ha borrado… ¡Por más que quiero fijarla, no lo consigo! En fin, eso, ¿qué importa?

-Sí importa, Braulio…

Y viéndole silencioso, agregué:

-¿Me permites evocar un recuerdo de viaje? Este verano estuve en el monte de San Miguel… ¿Sabes tú cómo hay que hacer para llegar? Por tres caminos se puede emprender la expedición: Avranches, Pontaubault o Genêt.

En cualquiera de ellos hace falta, ante todo, provistarse de un guía. Los coches de línea llevan delante un explorador o batidor, que, con larga pértiga, reconoce los arenales antes que el carruaje se aventure; porque no son raros los casos de haberse hundido la diligencia, con todos sus viajeros, como sorbida por invisible boca, y haber sido dificilísimo el salvamento, cuando no imposible…

¡Pide a Dios -añadí, haciendo una digresión intencionada- que tus pies se apoyen en dura roca, o pisen el ardiente polvo del desierto africano, o la lava volcánica del Vesubio, o aquel suelo sembrado de guijarros tan cortantes y agudos, que nuestros soldados, desgarrándose los pies, le llamaron sierra de las Navajas! ¡Todo, todo, excepto la arena! La arena es horrible…

Y notando que Braulio apenas podía tragar las colitas de los langostinos y se ayudaba con frecuentes libaciones, él tan sobrio, continué:

-A primera vista, la arena movediza es sencillamente una extensión gris, en la cual creeríamos poder aventurarnos sin recelo. Hay arenas, sin embargo, más pérfidas que otras. Algunas parecen líquidas: absorben inmediatamente lo que se les arroja.

Siguiendo las indicaciones de mi guía, hice el experimento. Nos llevamos un carnero vivo y lo lanzamos a vuelo a la arena, como lo hubiéramos lanzado al mar. Y en realidad fue lo mismo. Le vimos desaparecer: ni aun la cabeza surgía. En pocos segundos no quedó señal alguna del pobre animal: ni siquiera depresión en la árida superficie.

Al preguntar yo si era frecuente que ocurriesen desgracias en los arenales que rodean al monte, me contestaron que ahora pocas veces, desde la construcción del dique extendido entre la tierra firme y la Abadía.

No obstante, siempre existen insensatos que se juegan la vida, sea por curiosidad, sea porque hay en el peligro atractivo misterioso, que nos fascina y nos hace olvidar la más elemental prudencia…

Me interrumpió Braulio, dejando de chupar la cabeza roja de un langostino.

-Te entiendo -murmuró-. La alusión es transparente… En las arenas movedizas del alma de una mujer, algunos nos atrevemos a arriesgarnos cuando estamos realmente enamorados; pero en esas otras arenas que me estás describiendo, me figuro que pocos se aventurarán.

-Te engañas… Lo que voy a referirte ocurrió encontrándome yo allí. Y el que se arriesgó a desafiar las arenas fue un viajero que conocía perfectamente los peligros de la aventura. Y la que le incitó, una mujer…

Siguiendo la estela de cierta viajera muy guapa, ya viuda, que le traía al retortero, un muchacho sudamericano, aficionado al deporte, algo jactancioso, a quien yo conocía de París, se encontraba en la hospedería.

Suele decirse que los valientes no son nunca fanfarrones; pero esta sentencia, como todas las que la psicología se refieren, no es infalible. Aquel muchacho, Sotero Hernández, fanfarroneaba, sin carecer de un valor temerario. Bien lo probó la aventura.

Cuando nos reuníamos a la hora del té o de sobremesa -yo formaba parte del corro, o, mejor dicho, corte, de la viuda- se hablaba de las arenas, de sus peligros, de lo que pudiera acontecer, caso de atravesarlas sin guía. Sotero había tomado el estribillo de reírse de tales historias.

-Son -repetía- cuentos y leyendas que fraguan aquí para prestar cierto atractivo dramático a la estancia en el monte. Este elemento se cultiva cuidadosamente también en Suiza: forma parte del reclamo. ¡Bah! A mí no me asustan.

Llegó un momento en que la viajera, fijándole con sus grandes ojos negros tropicales, dijo, entre desdeñosa y riente:

-Sí, sí… Una cosa es hablá, otra hasé… ¡Yo creo que las tales arenitas le dan a todo el mundo su miga de respeto!…

Hernández se encontraba en ese período en que un hombre, exaltado por la vehemencia pasional, quisiera realizar cosas tales, que asombrasen al mundo y demostrasen el temple extraordinario de su espíritu.

Acaso también hubo un momento en que no fue dueño de su lengua, y anunció más de lo que a sangre fría debiese anunciar.

Lo cierto es que, embriagado con sus propias palabras, y viendo lucir una chispa de interés en aquellas pupilas de infierno dulce, juró que cruzaría las arenas por la parte afuera del dique y por ellas regresaría a la Abadía sano y salvo.

A pesar nuestro, nos habían persuadido un poco sus graciosas «rodomontades», y no sé por qué imaginamos el peligro menor. Tampoco creímos quizá que aquel mala cabeza realizase su plan con tan fulminante rapidez.

No medió entre el alarde y el hecho más de media hora. Salió Sotero muy ceñido de cinturón y polainas, llevando por todo bagaje unos gemelos de turista, y ni más ni menos que si se tratase de cruzar los Alpes, un largo palo de herrada punta.

Con aquel palo empezó a reconocer el arenal, donde se enfrascó desde luego. Hay en las arenas movedizas zonas sólidas, y en conocerlas y seguirlas sin desviarse a derecha ni a izquierda están la dificultad y el triunfo.

Tentando hábilmente, siguió Hernández una de estas vetas, demostrando gran sangre fría y seguridad de movimientos.

Sabía que desde la terraza que domina las dunas le observábamos, y de cuando en cuando se paraba, sacaba sus gemelos, los dirigía hacia nosotros, que le asestábamos los nuestros, y nos hacía con la diestra, antes de proseguir, gentil saludo…

Al verle caminar con paso elástico, avanzando hacia el extremo de los arenales, más allá del cual el piso se consolida y la roca aflora la tierra, todos los del corro empezamos a tomar la hazaña a broma, y, por supuesto, «ella» se reía. Sólo yo, presa de angustia inmensa, que me había acometido de repente, notaba un sudor frío humedeciéndome la raíz del cabello.

No podían ser puras invenciones los relatos de hombres sorbidos por la arena, de coches hundidos con sus caballos, de rebaños de doscientas cabezas desaparecidos.

Y era lo más aterrador recordar que, según se afirmaba, nadie conoce la profundidad de las arenas.

Una bala de cañón lanzada al abismo arrastra toda la cantidad de soga que se le quiera poner, hasta el suelo de la bahía: es tragón, como las fauces de la eternidad. Los buques que en ella se pierden no quedan en el fondo visible; la arena los chupa en un santiamén. No hay sondas que alcancen a explorar ese terrible suelo.

De repente, las risas se trocaron en chillidos de horror. O Hernández había perdido la ruta segura, o, como era más probable, la zona firme cesaba y empezaba el terreno flojo. Ello es que le vimos hundirse, como por escotillón de teatro, suavemente, sin hacer movimiento alguno.

Después supimos que, sereno, y sabedor de que toda contorsión precipita el naufragio en las arenas se limitó -al notar la atroz sensación de perder pie- a ejecutar lo único que en tal caso puede ser útil: abrir los brazos, sosteniendo horizontal en ellos la pértiga, y cortar por este medio el remolino que se lo tragaba… Le veíamos perfectamente, y nos veía él, y nos miraba, serio ya, y yo grité desesperadamente:

-¡Un guía! ¡Gente! ¡Un viajero se ahoga en la arena!

Tal vez el caso no era nuevo: ello fue que en un momento se organizó el envío de socorros, y dos prácticos volaron en auxilio del imprudente… Seguían el mismo camino por él emprendido; faltaba que él pudiese resistir hasta la llegada de los salvadores… Nos aterró ver que su cabeza bajaba al nivel del suelo.

Fue esto, sin embargo, lo que le salvó. Reuniendo sus fuerzas y sus energías, logró tenderse, y, habiendo soltado las piernas, raneaba suavemente, de un modo casi imperceptible, hacia la parte sólida del arenal.

Todo movimiento descompuesto podría provocar la formación de otro vórtice, aunque en aquella posición era ya más difícil… Y así, nadando o reptando, antes de que llegasen los que iban a auxiliarle, alcanzó el terreno sólido…

¡Lo alcanzó, sí…; pero en qué estado, con qué cara! Nos pareció ver a un muerto que salía del sepulcro. No hace falta ser cobarde para experimentar vértigo de espanto ante las arenas tragonas…

-¿Y qué hizo después con su amor? -interrogó Braulio.

-¡No hay amor que a eso resista! -contesté despreciativo.

Luego supe que Braulio no se ha casado… Sin duda, teme a la arena.

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Emilia Pardo Bazán