BARCA DE PAPEL (36): EL HUÉSPED INVISIBLE

Barca de Papel (36): El huésped invisible trata de un comentario a este libro de cuentos de José Napoleón Oropeza, publicado el año 2019 por IPAPEDI. JCDN.

El huésped invisible (IPAPEDI-COBER GROUP-Signos, 2019) es el quinto volumen de cuentos del escritor José Napoleón Oropeza (Puerto Nutrias, Barinas, 1950). Hemos notado, luego de una revisita a su obra narrativa y ensayística a la fecha, que el lenguaje se presenta cada vez más inmediato pero a su vez persiste en el sesgo poético de sus inicios.

El primer cuento de esta colección, con el que obtuvo por segunda vez el Concurso de Cuentos del diario El Nacional en 2002, Entre la cuna y el dinosaurio, es un homenaje coral a la escritura latinoamericana: los venezolanos Oswaldo Trejo y Esdras Parra, de su primer anillo de sus afectos, y el uruguayo Monterroso halando por el hocico a su dinosaurio impenitente en el tiempo. A través del Bestiario-Metáfora que vincula el infame saurio con el Pavo Real de Trejo, tenemos la construcción dialógica y lúdica de la trama. Se elogia la amistad desde su terquedad eterna dentro y fuera de la escritura.

El libro recoge cuentos escritos entre 2002 y 2015. Los motivos rondan y fusionan lo real y lo ficticio, ello en la fluencia del Barroco cubano de los Carpentier, Lezama Lima y Reynaldo Arenas. Sólo que la expresión se consolida en la simplicidad lírica, por demás multi-sugerente y re-semantizada en el contexto histórico, literario, afectivo y el propio mundo ficcional del autor.

La cita literaria es respetuosa y susceptible del guiño cómplice. Por ejemplo, el cuento homónimo del libro nos remite al Henry James que a través de fantasmas le da otro giro a la tuerca: el misterioso huésped de Sofía se nos antoja un misántropo con el que ella importuna a sus atribulados familiares. Del relato fantástico se infiere la problemática real del exilio, dentro y fuera del país.

La procesión de los caballos solos es una poética y maravillosa crónica sobre la ciudad mausoleo de La Recoleta en Buenos Aires. Nos encandila el placer de un paseo que va de la estampa arquitectónica y sociológica del cementerio al mundo de los muertos, en este texto-hijo de Rulfo y Armas Alfonso. Se mixturan el narrador omnisciente y el protagonista, el mentado David Alleno. Se mitifica la historia argentina por la trabazón cuidadosa del discurso narrativo, audaz y evocador al punto.

Este relato de las sagradas ánimas, se impregna de una imaginería mágica que vincula la infancia y la muerte adulta. Los caballos de niebla conducidos por Miliché y Aurora, acompañan a David, dulce obrero del camposanto, en la recreación patas arriba del mundo real que pugna por traspasar inútilmente tan especial y confortante urbe de los sueños.

 

 

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Hendijas en el agua nos presenta un retrato simpático y entrañable de la imprescindible poeta Enriqueta Arvelo Larriva. Por fortuna, Oropeza se suma también a nuestros amigos escritores Luis Alberto Angulo, Reynaldo Pérez Só, Carmen Mannarino, Marisol Pradas y Laura Antillano, entre otros, como voces reivindicadoras de su vida y obra en el siglo XXI.

Pareciera el cierre del díptico animista iniciado en La procesión de los caballos solos, pues los niños profanan el espacio para confrontarse con la Muerte. La poesía y el asombro les permite construir sus propias ventanas o “hendijas de agua”, a los fines lúdicos de contemplar la Otra Realidad (“La poeta Enriqueta Arvelo Larriva sería, para el niño, la primera en ver al muerto, en abrazar a la viuda y a los hijos del difunto. Ese dolor suyo lo volcaría en palabras y, luego, lo transformaría en flores de piedra”).

Como si se tratara de un poema de Enriqueta, se superponen la realidad y la ensoñación en ese profundo “dormir mentido”. Puerto Nutrias, desde la poética de los nuestros –Enriqueta Arvelo Larriva y Jesús Enrique Guédez-, va mutando en una enternecida colmena funeraria que destila amor por la vida. El alumbramiento del becerrito de Manchita es inequívoco milagro que nos confirma la convivencia vivaz de Eros y Tánatos.

La gesta de Orión excede el canon del bestiario, tal como ocurre con el cuento “La insolación” de Horacio Quiroga. El perro salvavidas de los afectados por la vaguada de Vargas en 1999, asume plena humanidad en virtud de su estelar nombre y prosapia canina. El salto de la perspectiva de tercera a primera persona, el Cronista y el Sufriente Orlando, nos remite a la metamorfosis del reportaje periodístico en cuento real maravilloso. No obstante la molienda que tritura todo a su paso, la situación extrema estimula –luego de la sacudida- a los sobrevivientes a repensar la vida misma en honor de los más preciados ahogados.

El hombre del anillo se sirve de la imaginería del artista Antonio José Fernández, para estructurar una biografía poética hecha cuento. Como bien lo sabe Oropeza, el hombre del anillo, Bárbaro Rivas, Armando Reverón y Juan Félix Sánchez forman una tetralogía imprescindible del arte venezolano contemporáneo. Las artes plásticas se hermanan con la poesía inquebrantable de este conmovedor cuento.

Se desmitifica, a Dios Gracias, la marginalidad del artista trujillano. Al igual que los profetas bíblicos, el pintor –nada ingenuo y trizando las etiquetas academicistas- se levanta como otro visionario incomprendido o, mejor aún, un legislador social aguafiestas.

La descripción de los cuadros, ensayos brevísimos y bien puntuales sobre Arte, integran el corpus del relato que simula un catálogo entusiasta de una exposición antológica de nuestro hombre del anillo.

El álbum de los traidores es un relato, si se quiere, masticado con rabia. La crudeza, con una connotación entre cómica y amarga, se impone a toda delicadeza estilística. Como documento político-cultural airado y parcializado, la hipérbole caricaturesca es la unidad expresiva de fondo.    

Respecto a En Valencia nació Yoknapatawha, nos complace esta crónica juvenil y admirada con motivo de la visita del escritor William Faulkner a Valencia, la de Venezuela. La ciudad transita entre el Sulaco de Joseph Conrad, tratado por la ensayística de Alejandro Oliveros y Pedro Téllez, y el emporio sureño Yoknapatawha del Faulkner de “Santuario” celebrado y asimilado por García Márquez. Topografía poética de indudable raigambre narrativa. La turba enceguecida no pudo discernir al gran novelista estadounidense del gris vice-presidente y pro-cónsul neo-imperial Nixon recibido con balas de huevos y legumbres en una Caracas alzada.

La lluvia secreta se nos antoja una pieza feminista ejemplar como los ensayos de Susan Sontag y las películas “Cría Cuervos” de Carlos Saura y “Gritos y Susurros” de Ingmar Bergman. La puesta en escena es un té para tres ambientado y degustado en Londres. Hannia, Freya y Milagro protagonizan un coloquio travieso y amoroso que tiene la poesía de Hanni Ossot en tanto cortina musical.

Finalmente, La bicicleta de Gino Bartali, recompone la épica deportiva y humanística en el canon policial. La reportera investigadora, Corina Cohen o Esther, en la reconstrucción de la muerte del campeón ciclista italiano por malaria o envenenamiento, le rinde homenaje a un titán que protegió a los judíos perseguidos por los nazis. Bartali, nuestro Monseñor Montes de Oca y el boxeador alemán Max Schmelling se hermanaron en tan riesgosa y digna misión a contracorriente del fascismo en sus respectivos países.

Lamentablemente Corina, años después, fue hecha trizas por un neo-facha skin head.

Más allá de las absurdas fronteras ideológicas, esteticistas y viscerales que siguen pateando las espinillas del muy lastimado país, recomendamos leer esta colección de cuentos de José Napoleón Oropeza paralelamente a “Valencia-Sulaco” de Pedro Téllez. La causa por una gran y verdadera Valencia merece todavía la pena.

LEE SOBRE «VALENCIA-SULACO» DE PEDRO TÉLLEZ

José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC   

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