BIOGRAFÍAS PORTÁTILES (40): JUAN AQUINO

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BIOGRAFÍAS PORTÁTILES (40): JUAN AQUINO

Juan A. Aquino Aquino (San Fernando de Apure, 1950) es otro de nuestros ciudadanos constructores de Valencia la de Venezuela. Profesor de Estadística y Evaluación de la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo, nos dejó su estela maravillada de llano plena de honestidad, musicalidad de copla y autenticidad estética.

Lo recordamos con nostalgia mestiza, morriña galaica y saudade luso-brasilera por los pasillos de la Facultad, las aulas de clase, los cafetines o las polleras provistas de cerveza helada. Su sentido de humor llanero, malicioso y bondadoso al punto, nos sacudía el tedio suministrado por un orden de cosas bizarro.

Además de la docencia universitaria, Aquino A. se desenvolvió con espontaneidad y claridad en la música llanera, la poesía y la narrativa. Ha publicado los poemarios “Rompió fuente” (1990) e “Invierno y Verano” (Universidad de Carabobo, 1995), amén de las novelas “Huellas de Regreso” (1993) y “Conledad” (Dirección de Cultura de la UC, 2000) y el volumen de relatos “Cuento con cerebro ajeno” (edición de autor, 2002).

 

Como compositor de joropos y pasajes, Aquino grabó dos discos compactos, “El reto” y “La voz del corazón”. Tanto en lo literario como en lo musical [el arco y la lira que van de la mano], se caracterizó por la inmediatez y diafanidad de su discurso artístico.

El culto post-romántico de lo local-autóctono, en este caso, es llave de ciudadanía universal y no de lo banal-pintoresco [vicio no sólo de emisores medianos sino de malos receptores que, por ejemplo, no paladean el golpe mirandino como manifestación picaresca mestiza].

 

Por tal razón, al prologar “Invierno y Verano”, el poeta Luis Alberto Angulo manifiesta “No en vano el llano-diablo [el de Florentino Coronado pulseando con Satanás en el contrapunteo] es nombre común que designa un espacio que trasciende lo geográfico”. E incluso lo histórico con Aguirre y sus fuegos fatuos, los centauros de Páez y el campesinado libertario de Zamora.

La paisajística de Juan Aquino no se limita a ilustrar con palabras la sequía y la vaguada en el Llano físico, sino que al igual que el Indio Hernández Guerra en la pintura, lo transfigura en explosivos y elementales trazos pigmentados de ensueño. “Canoas. / Pasado, presente y futuro / en corto espacio. / Canoas / amor de siempre / entre indio / agua y árbol. Acuerdo eternizado / para sobrevivir”.

 

No hay referencias culteranas ni parricidios del Poema-Padre. Se dialoga con las coplas llaneras anónimas, así como con Arvelo Torrealba, Lazo Martí, el Andrés Eloy Blanco de “Tierras que me oyeron” y Enriqueta Arvelo Larriva. La “conversa” muta en un acto digno de afirmación de patria, querencias, odios a señorones feudales y, en especial, humanidad dilatada en un tiempo elíptico.

He aquí otro poema en verso libre que, sin embargo, guarda consigo la sabrosura del habla llanera octosílaba sin ceder un ápice al exhibicionismo de ciertos vanguardismos: “Cachos / lazo atrapan / soga tallada / en necesidad. / Rompe / en vuelo / alazán / al avistar de lejos / el orejano”. Sin ahogar la expresión en adjetivos, vemos también los cachos en el agua referidos por el cronista Angulo Urdaneta.

 

La novela “Conledad” no repite el esquema de la narrativa telúrica y regional que llevó a su cénit Rómulo Gallegos, no en balde su caraqueñidad y el proyecto civilizatorio positivista implícitos. Si bien, al decir del protagonista de “Canaima”, se es o no se es, Juan Aquino asume su terredad partiendo de sí mismo, esto es de su contingente polifonía interior.

Como bien lo diagnostica en el prólogo Carlos Rojas Malpica, psiquiatra y atento ensayista, “Aquino tiene un llano hecho en el alma. Un llano psíquico. Desde allí narra”. El fraseo corto no es telegráfico-experimental, sino la configuración de la copla hecha paisaje en la sien, como bien lo cantara y viviera Arvelo Torrealba.

He aquí una búsqueda esencial e inusual, paralela a la de Juan Preciado en Comala entre fantasmagorías y espejismos de la llanura mexicana.

 

Mientras que el personaje de Rulfo va en pos de confrontar con el patriarca latifundista de Pedro Páramo, la voz protagónica escurridiza y multifocal en “Conledad” apuesta por el origen materializado en cálida matriz. “Uno de tantos veranos, llegué a la orilla. Sobre sus arenas huecas encontré lo que buscaba: el vientre de mi madre”.

Ser engendrado en una canoa a orillas del río Apure, en la pirotecnia saltarina de cachamas, bagres y caribes, no es más que poesía salvífica de vida que se contrapone a paraísos e infiernos artificiales de ultratumba. Un arcoíris de escamas y aletas maravilla la memoria y luego la mirada del lector en el asombro.

¿Qué decir de las increíbles y fabulosas historias de caza en “Huellas de regreso”? Río y venados son carama en movimiento, mientras que el tigre se funde en la asimetría mágica de la arboleda.

 

¿Qué será de la vida de Juan Aquino? Me habían dicho que había fallecido no hace mucho, no sé sabe de qué enfermedad crónica. Hablará, entonces, en un mismo plano con sus antiguos muertos, papá y mamá principalmente.

Satisfechas en la fe y la contradicción que son una misma experiencia agonística de vida, te acompañamos en el hallazgo al final de “Conledad”. “Y algo también muy importante: que tanto la vida como la muerte son infinitas. Nada en ellas termina cuando comienza la otra”.

Nada de joropos tristes como Toy’contento de Billo. Comparto contigo y los tuyos de aquí y de allá los joropos festivos y golpes tuyeros del joven pianista Víctor Morles y la voz pícara de Rafael Pino. Un abrazo, Juan Aquino, porque nos empujaste a reír y llorar a orillas del Río.

 

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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