Clásicos Venezolanos (11): Ramón Palomares representa una panorámica de su obra poética de gran valía. JCDN. 

RAMÓN PALOMARES Y SU HILO DEL DECIR

El poeta trujillano Ramón Palomares

… porque en ninguna Escritura se explica la pasión del amor con más fuerza y sentido que en ésta… Fray Luis de León: Prólogo a “El Cantar de los Cantares” de Salomón.

Hasta no haberlo conocido en persona, me había imaginado a Ramón Palomares como un poeta alto y fornido físicamente. Esta impresión provenía de una lectura peculiar y despistada muy mía de su voz poética: Si bien de verbo poderoso y mítico, no la encontré estentórea sino liada a una enternecedora y auténtica grandeza. En “Elegía a la muerte de mi padre” se observa en toda su transparente fuerza: Luego de que las otras voces funerarias le advirtieran y aconsejaran en torno a esta pérdida, se cuela la plenitud del Amor filial que traduce al mundo: “Toma ahora el jarro de dulce leche / y tíralo al viento para que al regarse / salpique de estrellas la tiniebla”. Por lo que me alivió al conocerlo, el hecho de  constatar que una voz de esas dimensiones cabe perfectamente en este poeta trujillano bajito, campechano y modesto. En este asombroso circo lúdico de espejos que es, por fortuna, nuestra literatura mestiza, su obra poética conversa plácidamente con Rulfo, Armas Alfonzo, la poesía y la cosmogonía aborigen precolombina, la lírica conversacional nicaragüense, los cronistas de Indias enfebrecidos, Manrique, Catulo e incluso la dupla carnal / mística de Salomón y Fray Luis de León.

Siguiendo la traducción y los comentarios de Fray Luis de León respecto a “El Cantar de los Cantares”, si tenemos en consideración la trilogía “El Reino” (1958), “Paisano” (1964) y “Adiós Escuque” (1968-1974), Ramón Palomares construye una asombrosa Égloga campesina abierta, de donde el habla del vecindario trujillano, la interiorización del paisaje andino y la apropiación amorosa de la voz poética del Otro, configuran la conmovedora personalidad de su propia confederación de voces líricas.

No nos olvidemos de ese dueto amoroso sin par convertido en el solaz erótico convulsivo de “El vientecillo suave del amanecer con los primeros aromas”: Libro encendido a raíz de una experiencia comunitaria de captación y escritura poéticas junto a sus alumnos del Liceo Juan Bautista Dalla-Costa en Boconó, cuerpo de palabras muy tocable que aborda el fenómeno del amanecer sin artificios literarios ni estilísticos. La escritura propia de esta cartilla poética se reencuentra con Salomón, Fray Luis y el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, ello en el juego paradójico y placentero del lenguaje que hermana a la humanidad más allá del tiempo y el espacio.

Por tal razón, Laura Antillano considera a nuestro poeta una de las maravillas del mundo que palpan las manos y los ojos juguetones de los niños. El poema “Huéspedes”, por obra y gracia del milagro que nos libera, nos cita con intensidad e imaginación vívidas al Baco y las festivas naturalezas muertas pintados por Caravaggio, desde la celebración comensal compulsiva hasta la vuelta desesperanzada del cariz áspero del vivir: “Desaparece esta mesa de orgullo / y el lujo que conduce a la tristeza. / En la mala suerte están sentados / y sus cabezas caen como la flor segada por el cuchillo”. Sin embargo, María de Magdala nos reconforta lavando nuestros pies con su proverbial y sentido llanto.

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Qué decir de la tersa y consentidora interiorización del paisaje andino hecha habla inmediata, anacrónica y musical en “Páramo”: “-Cantá por qué estás tan sola / por qué llorás / por qué te metites donde estamos los tristes. // Cuerdita de la montaña, pájaro de los siete colores, a quién le cantás, a quién le decís de querer”. Estos versos se abrazan a las Décimas andinas de Ana Enriqueta Terán en la más tajante sencillez solidaria, no en balde el machismo broncíneo de la dura cultura andina con sus latifundios, revueltas en pos del poder y peleas salvajes a machete.

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Palomares, al igual que poetas como Ernesto Cardenal y Pablo Antonio Cuadra, compone una acuarela personal de tonos expresionistas que ennoblece los vicios y virtudes de un pueblo en peregrinación, sólo que su respiración y cadencia es de cansancios de páramo, tanto en la ida como en la vuelta. En “Baile”, el jolgorio a punta de valsecitos andinos degenera en una coreografía sangrienta y, si se quiere, medieval que nos dibuja a la Peste de la violencia que nos caracteriza desde la conquista y la colonia: “en el charco desaparecemos / en el rojo desaparecemos / en el caliente rojo desaparecemos / sin que nadie notara, notara / que olíamos a azufre / y que nuestra garganta estaba rajada / que no trajimos corazón, que vinimos sin corazón”.

La violencia sublimada y poética, que nos retrotrae las películas de Glauber Rocha y Sam Peckimpah, se hace presente también en las estupendas crónicas en verso de “Santiago de León de Caracas” (1967) y “Elegía 1830” (1980). En estos casos, se vale del soporífero marco pomposo de las efemérides patrias, para proponer una lectura poética e historiográfica que dinamice crítica y estéticamente la concepción latinoamericana de la Patria, por supuesto, en la aniquilación de las manipulaciones ideológicas y alienantes del término. La fundación de Caracas se nos antoja un cataclismo no sólo bélico que apareja el sórdido desconsuelo de la derrota, sino también el desencuentro de las miradas de los conquistadores y los caribes insurgentes. La muerte de Guaicaipuro se reescribe por vía de una épica cósmica, lírica y popular, no obstante su condición histórica: “Tascaron los perros su garganta / y por las peñas / lo arrastraron, / lo que no hicieron sus dientes / lo que dejaron sus mandíbulas / terminó el fuego con sus uñas”. Entraña un vínculo intertextual con la lírica timoto-cuica de tenor rebelde y visceral, dadas sus coordenadas cosmogónicas y míticas: “Chía mi Señora / dame la chicha / de tu valor inmenso / dame a comer en carne / el odio al invasor”. La muerte del mestizo y converso Francisco Fajardo, por otra parte, prefigura el discurso caníbal e inmisericorde de la guerra a muerte, del mismo modo que Caravaggio lo desata con pincel predatorio tanto en “La degollación del Bautista” como en “David con la cabeza de Goliat”: “No me comas Francisco / que soy tu muerte / Yo, la carne espesa de tomates y orégano, / yo, la sal / soy tu cuchillo”. En virtud de la contraposición contingente de planos, amén de un terrorífico juego de iluminación, el banquete consta en guiso suculento de carne a la jardinera y lentejas con que el devenir histórico vende cíclicamente a la Patria.

La apasionante militancia de Palomares en la palabra no es neutra ni repara en concesiones discursivas esteticistas, pues he allí su transfiguración poética de la Pasión de Bolívar en el año treinta: “Y los vientos que mordían nuestro alrededor / preguntaban / -Alto Quién Vive? / La Patria / Ya le estarán pegando fuego a tu casa”. Don Simón es cosa de paisanos, no de politicastros envilecidos.

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La terredad en tanto Patria, Pertenencia e Historia viva, vincula la escritura maravillosa de Ramón Palomares con la narrativa descreída de Juan Rulfo y los cuentos descarnados de la guerra federal y sus aparecidos de Alfredo Armas Alfonzo. Estos tres gigantes de la literatura contemporánea latinoamericana, valga la expresión de Armas Alfonzo, le abrieron a un cándido mundo lector [sobre la ceja izquierda] un tercer ojo inquisitivo, enigmático y realista-poético de a de veras. A contracorriente de las rígidas comparsas de los arquetipos y los discursos moralizantes, nos proveen aún con la poesía imprescindible de sus imágenes que mixturan sensaciones y delirios fantasmagóricos, además de las trampas que la parodia hiperrealista y la sátira hiperbólica tienden a los poderes fácticos a lo largo de nuestra historia.

Luis Britto García, entre la pesadumbre y la esperanza, se dirige a nuestro Magnífico Tejedor de tapices que cose a Escuque bajo la lluvia: “Por un tris apenas te leemos mientras que tú incesantemente eres. Si el ser es el lenguaje, la utopía del ser es posible. El poeta es el exacerbado de sí mismo. Ha muerto la fábrica del infinito y la eternidad revive”.

El bestiario de Palomares –a tal respecto, no es casual y sí afortunada la escogencia de su apellido poético-, no es más que una recreación interior del entorno natural que lo ha seducido desde la infancia. Panteísmo indígena y creacionismo cristiano primitivo se funden en el catálogo zoológico y lírico particular, eso sí, que edifica el habla campesina y pastoril. Las aves son metáforas aladas que presiden su Reino animal harto amoroso: los gavilanes que tejen el vínculo entre el cielo y la tierra, los preciosos pájaros de oro que embochinchan el día o que anidan cansados en el corazón y la matriz de Polimnia, la madre adoptiva, e incluso los tucusitos que sostienen sin cansancio la vastedad del jardín. La culebra troca en cordel o soga que arrastra al infante enculillado al infierno superpoblado a la manera del Bosco. Los caballos, sus jinetes castizos y sus perros de presa emboscan y despedazan a Guaicaipuro y a Tamanaco en un río sanguinolento.

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Hay un afán arquitectónico en la poesía de Ramón Palomares que le conduce a reconfigurar los espacios en que pacen las bestias plácidamente y, sobre todo, se desenvuelve  la orfandad, las ansias y la fragilidad de los seres humanos. Desde “La Casa”, un magistral ejercicio de enumeración en el caos y de interrogación dramática, matizado por su irreductible y transparente tenor discursivo, que la reivindica en tanto templo que se derriba y rehace en la cotidianidad [“Allí la casa. Allí, huida. / Más triste que el humo de los vestidos del desposorio quemados por el viudo”]; atravesando pasadizos intrincados que nos dejarán confundidos “En el patio” con sus fulgores u oquedades, o –mejor aún- “El patiecito” como instancia graciosa de desmalezamiento interior; hasta el hecho de mover las montañas que supone la paisajística de “Pequeña colina”, un portentoso antídoto vitalista o contra erótica que ataca la insensibilidad de los miembros y el alma ateridos en la opresión diaria en la que aún no reparamos: “Pequeña, como las piedras de los ríos tú eres; / tú pintas el poblado de rojo pequeña colina, / tú eres como una ave para enjaular, / tú cantas y tu boca brilla por tu canto pequeña colina”. Mentarla loma chiquita y colocar allí una bandera dulce y tierna, implica una liberación erótica muy nuestra y necesaria.

La pequeña colina como paraíso revisitado nos sugiere el corazón trémulo y nervioso de alguna tímida amiga que nos impactó con su candor. El habla susurrante, excepcional y   vigorosa del viento, por vía de la enumeración y el encabalgamiento, deposita nuestros ojos maravillados en el largo poema “Adiós”, de donde el tratamiento de la respiración en el ascenso lírico y místico de la legión interna, deviene en la más deliciosa de las saudades [compulsión amorosa que nos sacude y electrocuta en el placer más primigenio].

El bosque y su bestiario enamorado conversan con los bichos de Pedro Téllez que van del patio a la biblioteca brillante, oxidada y enmohecida. El diluvio que entenebrece este bosquecillo personal, impregna de una gasa cremosa la lente de la cámara con que ella se abalanzará golosa sobre el fauno desnudo y abandonado a su suerte.

A nosotros nos complace el cariz exegético que fluye así nomás en el discurso poético de Ramón Palomares: Sin verdades reveladas, ni enrevesados misterios que enclaustren el Ser, mucho menos dogmas literarios que extravíen el goce de la lectura a ras de la yerba. La transfiguración lírica de pasajes bíblicos como la expulsión del Paraíso, el Hijo Pródigo y la adoración del niño por unos Reyes Magos ebrios, no nos conducirá a los callejones sin salida de artificios culteranos. Por el contrario, su verbo poético convoca nuestros afectos, terrores ancestrales y voces múltiples que nos elevan o escarnecen, para toparnos suave o bruscamente con nuestra misma condición hecha tierra, ardor concupiscente y amor patas arriba en proceso de consolidación manifiesto en esos dispersos fuegos que nos permiten, de vez en vez, relamernos de felicidad y gusto.

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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC

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