Un cuento para la merienda: «Color miel» de Adrián Campos

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Las pulgas pululaban en su cobija. Acostado, miraba la costra negra en que se habían convertido los residuos de sangre en su puñal. “Debí limpiarlo mejor”, pensó. Luego, se percató: Eran las tres de la tarde. Se incorporó de un salto. “Rosa”, dijo. “¡Maldición, ya es tarde!”.

Como todos los días, se detuvo ante su trozo de espejo. Lo habría encontrado en algún basurero de la ciudad y le ató una cuerda para guindarlo de un clavo que amenazaba con caer al suelo.

Colgaba de una de las tablas que hacían las veces de pared y por cuyas anchas rendijas se filtraba la luz, delatando las partículas de polvo suspendidas en el aire. Miraba sus ojos, se acercaba, se alejaba, y cavilaba. Luego, se dispuso a comer el desayuno que era, al mismo tiempo, el almuerzo del día anterior.

Mientras salía, apresurado, tropezó con los gritos de su padre –embriagado, profería insultos contra cualquiera de los ocho hermanos– y con la cabeza de alguno que dormía cerca de un conato de puerta que había en la casa, choza, o rancho… Da lo mismo, al menos allí podía dormir.

Hacía tres meses que la conocía. La vio por primera vez en el colegio nocturno donde había decidido estudiar, no sabía si por la insistencia de Joao –un joven que conoció poco antes que a ella– o porque allí la hierba era más fácil de conseguir y a un mejor precio. “Rosa”, pensó otra vez, mientras apresuraba el paso. Sentía por ella algo nunca experimentado. “¿Amor?”, se preguntó. Posiblemente.

Era la única que lo había visto, desde la primera vez, como un joven normal. Sus ojos no lo miraban con sospecha y de soslayo, como desconfiando, ni sus gestos eran de desprecio. La única que había escuchado con atención y sin miedo la historia de su vida.

“¿Vida? ¿Es esta una vida?”, se interrogó. Y desaceleró el paso. Y en un instante el tugurio, la ciudad, el mundo entero se tornó gris, como siempre lo había sido para él. Y se percató de los hoyos en sus zapatos, y de las gotas de sudor que lograron flanquear la barrera de sus cejas y ahora invadían sus ojos, irritándolos. De la sed, nuevamente de su vida.

“¿De quién es la culpa, Joao? ¿De mi viejo, que tiene guaro en lugar de sangre, que, como todos, no sabe que toy vivo? ¿De mi vieja, por habérsele ocurrido morir antes que yo juera hombre? ¿De la gente, que me confunde con la basura, que sólo me ve como un maliante? ¿Soy yo el culpable de todo? Pero si nadie me enseñó, Joao. Yo crecí solito.

Nadie me habló de las flores y su color, del viento, del corazón ¿lo has escuchado, Joao? ¿Has escuchado tu corazón como late tan rapidito?, o del amor, de las cosas buenas, de Dios” Joao no quiso intervenir en este minuto de silencio que ahora los incomodaba.

Quería que su amigo continuara. “¿Será la culpa de Dios, Joao? Dicen que todo pasa porque Él deja que pase, que sabe lo que hace. Eso me parece raro, porque Dios es bueno. Yo soy malo y me iré al infierno. No me importa. No me importa morir como tampoco vivir. ¿Pa qué nacemos, Joao? ¿Pa ser felices?… Entonces, yo no he nacido”

La algarabía, acompañada de gritos, risotadas y correrías de unos niños, hizo que el recuerdo de aquellas preguntas a Joao se truncara. Verlos colgarse del último vagón del tren que atravesaba el tugurio provocó que se le escapara una sonrisa, de esas que tan difícil era descubrir en él.

Se detuvo a curiosearlos. Los niños se tiraban de los harapos unos de otros para tomar impulso y lograr alcanzar el tren.

Algunos quedaban rezagados, los que no, se colgaban del último vagón y a los pocos metros se soltaban y dejaban caer en un matorral. Ya exhaustos, reían mientras miraban perderse la mole de acero entre las miles de figurillas que simulaban casuchas o ranchos, ocultándose “en el fin del mundo”, recordó. De niño, había creído que el mundo abarcaba solo aquello que alcanzaban a ver sus ojos.

Reanudó la marcha. Asomaron a su memoria los hermosos ojos de Rosa cuando él le contó sobre las necesidades de su familia, la forma como llegó a enviciarse de las drogas, cuántos había herido y cuántos asesinado.

Sí, asesinado; pero la expresión de Rosa permaneció inmutable. Le contó sobre los meses en el correccional para adolescentes, sobre las noches de hambre, frío y decepción en las calles de la ciudad.

En una ocasión, tomándolo como un juego, ocultó a Rosa el moño con el que ataba su cabello. Ante la pregunta de Rosa sobre quién lo había tomado, él contestó: “Si respondés bien, te diré la verdá. ¿De qué color son mis ojos?” “Color miel”, dijo ella sin vacilar.

El rostro de él se iluminó, tanto que la fisura de su frente, marca de un perenne ceño fruncido, desapareció por un instante. “Sabés Rosa,” –dijo, ahora pensativo y melancólico– “en la ciudá, cuando me acercaba a la gente pa pedir una moneda, le preguntaba de qué color eran mis ojos.

“Negros” decían unos; “cafés”, otros, y, los que más loco me creían, no respondían y levantaban los hombros”. Calló por unos segundos, sonrió levemente y continúo.

“Al principio, creí que la gente no sabía de colores de ojos. La verdá es que nunca me miraron, por miedo, por asco… yo que sé. Estaba seguro que mis ojos eran color miel. Tomá, Rosa, fui yo”.

Y al recordar aquel primer beso, los labios de ella rozando suavemente los suyos, las manos limpias que eran, al tiempo, espejo de su alma, apresuró el paso. “No, no es cierto. No es la única persona. Joao, Joao también me ha mirado de forma diferente”.

No como los demás, que lo veían como augurando el desperdicio que sería poner esperanza en él, o peor aún, como los que ni siquiera lo han mirado, porque lo han matado, prefieren creer que no existe. “Joao podría ser mi primer mejor amigo. ¡Ojalá!!!!”, pensó.

Al apresurar el paso, desajustó el puñal que, antes de salir, lo había limpiado y lo había ocultado entre uno de sus calcetines.

Se detuvo, se acuclilló, tomó el puñal y lo miró por unos segundos, como despidiéndose de algo que lo había acompañado desde que tenía… “¿ocho, nueve, diez años?”, escudriñó entre sus recuerdos sin encontrar respuesta.

La noche anterior, el arma fue cómplice de su último asesinato. Matar antes, cuando alguien oponía resistencia ante un robo, parecía normal. Pero esta vez no. “Será la última”, se advirtió. “Tal vez Joao me pueda conseguir ese trabajo”, se esperanzó.

Estaba llegando a un puente maltrecho suspendido sobre un río enfermo. El mismo que recogía los desechos de la ciudad y atravesaba el suburbio donde vivía.

Tomó aire, hediondo y malsano, y, con ímpetu, lanzó el arma entre los despojos que arrastraba el río. Sintió alegría en el corazón. Suspiró. Y tranquilizó su conciencia: “Tenía que comer, y tenía que pagar, si no me los mataban”.

“La culpa no es de Dios, amigo”. Los ojos se le humedecieron al evocar a Joao cuando dijo esta última palabra. Se contuvo y continuó con sus recuerdos: “Uno de los muchos problemas es que nadie habla de vos. Ni de tu padre, ni de tu madre, ni de las vidas de ustedes que son las de miles.

La gente de plata solo cuenta las historias en las que son protagonistas. Y hacen más plata con ellas. Los pobres no existen, tampoco existís vos. Para ellos es mejor así.

Solo te usan para justificar sus leyes cuando cometés algún crimen. Para acusarte. No, amigo. No es culpa de tu padre, ni de tu madre, ni de Dios”. Mientras caminaban, sintió que la mano de Joao se posaba sobre sus hombros.

“Vos, yo, la gente de tu caserío, si es que hay casas allí, los de las calles, los indígenas, los pobres, en fin; somos el pecado de los millonarios. Este mundo, que ahora ves más bello gracias al amor de Rosa, gracias, según vos, a nosotros que te queremos, es de todos; no de unos pocos”.

Joao subió el tono de voz, su entusiasmo le sudaba por los poros y lo descubría sus ojos, que ahora saltaban de un punto a otro, como mirando escenas de lo que vendría en aquella hora: “Pero llegará un día, sí querido amigo, llegará ese día en que la leche puedan tomarla tanto los niños del norte como los del sur, la buena salud sea tanto para los de la ciudad como para los de la montaña, en que se llame “buenos” tanto a cristianos como a musulmanes, en que sean fuertes tanto hombres como mujeres; sin excluidos, sin olvidados, sin ignorados … Un día en que vos también podrás contar tu historia de amor… ¿Querés ayudarnos?”. Sí quería. Sabe que había nacido. Ahora tiene algo que, le han dicho, se llama esperanza.

Entusiasmado con estos recuerdos, ya no caminando sino corriendo, terminó de cruzar los múltiples y estrechos caminillos que se abrían paso entre incontables chozas, un tugurio que colindaba con la gigantesca muralla del residencial más lujoso en el departamento, y el segundo en el país. En el fin del mundo, el sol ya tenía sueño y la luna había madrugado, brillando antes del anochecer.

Ya en la ciudad, cerca de su casa, estaba Rosa. Joao la abrazaba compungido. Cuando los vio, los ojos de ella no eran los de siempre, pero le parecían familiares: “Como los mi vieja, horas después de enterarse que Andrés, el mayor de mis hermanos, había sido asesinado en una bronca entre pandillas”

“Mataron a Toño, mi hermano”. La profunda y evidente tristeza hizo que a Rosa se le dificultara terminar la frase. “Anoche, en el parque”, completó Joao. A pesar de la noticia, esta vez el mundo no se tornó gris. Las comisuras de sus labios temblaban.

Otra vez una gota de sudor. Meditabundo, mirándolos como si no lo hiciera, y después de un siglo de silencio, musitó: “¿De qué color son mis ojos, Rosa?”. Al instante, involuntario como un tic, sintió un levísimo movimiento en el pie que, por años, había disimulado cuidadosamente su puñal.

 

 

 

Adrián Campos (Cartago, Costa Rica)