“De los martillazos y otras seducciones” por Arnaldo Jiménez

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Las herramientas evocan, casi siempre, una relación violenta contra la naturaleza, violencia que se prolonga en los objetos construidos; es decir, en la naturaleza transformada, que no es otra cosa que la misma cultura. Pudiera creerse que la ejecución de los utensilios obedece al libre albedrío de las manos; pero también puede decirse que los objetos se seducen unos a otros. Tomemos como ejemplo al martillo: el niño es el primer seducido por este instrumento, él quiere sentir cómo es hundir clavos en las superficies de la madera, quiere jugar a ser carpintero, sentarse a medir tablas, unirlas para generar una utilidad. Se diría que ser adulto es tener la capacidad de golpear, por eso el niño tiende a imitarlo.

A veces solo tomamos en cuenta la voluntad de destrucción infantil, las torpezas que estallan objetos contra los pisos, la desconstrucción de los juguetes o el desmembramiento de mariposas y bachacos. Pero cuando un niño posee un martillo, solo quiere traspasar superficies por el simple placer de hundir, sin que este acto comprometa una curiosidad por lo que se encuentra dentro de las superficies.

En esas manos pequeñas que sostienen al martillo, sobrevive el morbo de deformar lo que los adultos cuidan con celos, lo que los adultos esculpen con sus cuidados. Más temprano que tarde aparece la prohibición, una especie de remache que todo niño sufre; la prohibición termina por generar una empatía con lo que los adultos hacen, entonces, paradójicamente, ese morbo también procurará la construcción, el armar algo. El adulto, en su afán de seguir hundiendo el “no” en la conducta infantil, niega lo armado, le es indiferente, lo rechaza: en consecuencia, el niño genera una conducta agresiva y utiliza a los objetos para efectuar esta descarga.

Pudiera decirse que los objetos son negaciones sublimadas, hacia ellos se dirigen los deseos de afirmación, y esto no se puede lograr sin recurrir a las percusiones, al golpeteo. Un adulto que martilla también es un niño que juega a ser carpintero o albañil. Desea despedazar apariencias; pero en vano anhela enderezar lo torcido, porque en este límite el juego da paso a un malestar.

Todo lo que realiza el ser humano es regido por una voluntad de hundir. La cultura requiere de más cultura, se multiplica a sí misma y en esa medida se hunde y traspasa al ser humano que la creó. No hay edificación sin roturas. Y es que el deseo de hundir, es al mismo tiempo una auto-inmersión, la cual quedaría incompleta si no dijéramos que al ser humano le fascina extraer, venirse con algo de las profundidades descubiertas, sacar tesoros ocultos, mirar cómo la astilla salta de lo compacto, se tuerce y se desploma.

Gastón Bachelard habla de una dialéctica del “contra” y el “hacia”. Relación complicada en sus derivaciones, porque el martillo al mismo tiempo que se dirige hacia, va en contra de una superficie que lo seduce con su oposición o su resistencia. En esta oposición, por supuesto, encontramos un contra que no se acciona, pero que espera, un contra sin hacia. De los golpes lo importante es la repetición, cuando el brazo se alza para caer sobre la superficie y cavar, abollar, despedazar, descomponer. La imaginación extrae, esa es una de sus funciones primordiales, extraer; cada martillazo es una pesca de materia, no solo una destrucción o deformación, también es el hurto de su alma, la posesión de un secreto. Quizás esto sea uno de los móviles psicológicos de los asesinatos.

El drama del cristianismo comienza con un padre carpintero, simbología que repite la del Creador, y termina con el hijo de ese carpintero crucificado en una cruz de madera, traspasado por clavos. No hay una imagen que guarde más fidelidad a la unión del sujeto con su objeto. Cristo sin cruz, cruz sin sacrificio, sacrificio sin culpa, no tendría razón de existir; y todo esto descansa en el oficio de clavar, en la elaboración de herramientas.

Valdría la pena preguntarse por el paradero de aquellos clavos ensangrentados de inocencia, los que hundieron las rodillas al madero y sintieron el pulso de Dios. El óxido ha debido cubrirles la soledad que relampagueó en sus puntas, y desmigajados sobre sí mismos renunciaron al cielo y desde allí han de ser las palabras que nunca nacen, la salvación que se deja pendiente. Ya sabemos quiénes fueron los martillos.

No todas las superficies son susceptibles de ser claveteadas. Las más duras no están en el reino de la naturaleza, no son las rocas ni el mármol en su estado natural. Tampoco nos referimos a la fortaleza del acero o del plomo. Las superficies más duras son psíquicas, seducidas por dogmatismos políticos, religiosos o por cualquier otro tipo de intento de presidio.

 

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Por eso Nietzsche le dedicó su entusiasmo y su atención a la filosofía que se da a martillazos; otro tanto ocurre con la pedagogía. Hay un meter, a martillazo puro, esquemas de prácticas pedagógicas que no tienen alma; hay un intento de moldear con los atuendos de la racionalidad lógica e instrumental de la civilización occidental —la misma que la ha utilizado para inventar armas y guerras— a los seres humanos que emergen con cierta inapetencia por ser parte del modo de producción de muerte. Clavar un método en la realidad académica y pretender lo objetivo, es un contrasentido, ya que la pedagogía está regida exclusivamente por la subjetividad, porque son sujetos, no números estadísticos, los que están en actitud de aprendizaje. Podríamos parodiar al filósofo alemán y explicar cómo se enseña a martillazos. Por supuesto, tantos martillazos repetidos en miles y miles de escuelas terminan por torcer y romper lo que no tuvo tiempo de mostrar su forma.

Si el hombre quiere romper, los objetos quieren ser rotos, ellos responden a la voluntad del sujeto, con lo cual podemos deducir que la cultura también es la animación de los objetos por parte del ser humano.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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