“Mi dificultoso ingreso universitario (5)” por José David Capielo

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Como parte final del periodo de estudios secundarios en Coro, narraré lo acontecido entre mi salida del Liceo, en julio 1968, hasta comienzos de noviembre del mismo año, cuando correspondía presentarme como aspirante en la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela (UCV)-Campus Maracay.

En cuanto a participación política, culminé mi bachillerato sin militancia formal, ya que aún cuando había participado activamente con la gente del MIR, nunca fui afiliado como tal. Supe, sin mayores detalles, que se libraba una discusión interna, que derivó posteriormente en la división de esa organización política.

Quedé, eso sí, con los nexos políticos y la amistad con algunos camaradas cercanos, ya comprometidos organizativamente, y con ellos simplemente mantuve la vinculación. Fue determinante entonces, ante algunos de ellos, mi decisión de irme a estudiar en Maracay, pues me proponían ir al Zulia e incorporarme al trabajo político estudiantil en la Universidad del Zulia (LUZ).

En lo familiar hubo un conflicto básicamente con mi padre, que no solo objetaba mi decisión de estudiar Agronomía, sino que unilateralmente, sin decirme absolutamente nada, había gestionado con una sobrina, docente de Ciencias de la Salud en LUZ-Maracaibo, mi cupo para ingresar automáticamente a estudiar Medicina en dicha casa de estudios.

Yo argumentaba que no había hablado conmigo y, además, que no tenía vocación para la Medicina. Esto llevó a una discusión bastante dura, ya que mi padre, adicionalmente, andaba “con unas copas encima” y comenzó a reclamarme no solo mi escogencia en lo que pretendía estudiar, sino todas las cosas vividas en esos últimos años bastante conflictivos.

Allí incluyó lo de mi detención en la DIGEPOL, diciendo que gracias a él pude ser liberado. Igualmente el haber participado “irresponsablemente”, encabezando “la plancha de los comunistas” en el liceo; además de su desacuerdo por no asistir yo al acto de graduación de bachilleres.

Me preguntaba él también qué hacían los agrónomos, para responderse a sí mismo que si no eran esos los que andaban por los campos, todos sucios, llenos de barro. Según él, lo que necesitaba la familia era un médico, “una bata blanca”, alguien bien vestido.

Como eran dos opciones las que uno colocaba en la preinscripción universitaria, me preguntó qué otra carrera había escogido. Le contesté que Periodismo. “¡No me digas!”, respondió alterado: “Los periodistas son unos arruinados, eso no se estudia”.

Lo cierto es que luego de toda esa discusión tan desagradable, opté por abandonar esa casa paterna, donde vivía y trabajaba desde los cinco años. Le recalqué que simplemente no estudiaría nada, ya que sin ayuda no podría, y que mi madre, como jefa de hogar con otros ocho hijos, no estaba en capacidad de pagarme los estudios universitarios. Que me pondría yo a trabajar y que me encargaría de resolver mi vida. Luego recogí mis pocas pertenencias y me fui a casa de mi progenitora.

Pasaron dos meses de ese altercado hasta que mi padre me mandó a llamar para conversar en forma conciliatoria. Allí planteó que él lo que quería era lo mejor para mí, que al final yo podía estudiar lo que quisiera, aunque sostenía que no era buena mi elección. Me aseguró en concreto estar en capacidad de aportarme 200 bolívares mensuales para que me fuera a Maracay.

Esos 200 bolívares, en una época en que el salario mínimo era de Bs. 300, resultaba una cantidad suficiente para sobrevivir en Maracay. Pretendía yo alquilar alguna habitación compartida con dos o tres compañeros, en alguno de los barrios cercanos a la Universidad, para garantizar así la comida en el comedor de la misma. Mi madre, siempre solidaria, se comprometió también a complementar en algo, al menos para los pasajes.

 

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Con mi padre, estas peleas resultaron más protección malentendida, que verdadera contrariedad; ni siquiera en lo político, ya que nunca manifestó ninguna postura partidista. A lo largo del tiempo, y hasta su muerte en 1990, la relación con él se tornó más afectuosa que conflictiva. Creo que terminó convenciéndose de que debía dejarme hacer mi vida.

Así que el lunes 4 de noviembre de 1968, iniciaba yo en la UCV-Maracay un curso preuniversitario que culminó antes de fin de mes. Mi primer semestre comenzaría en enero del año siguiente. Era aquel 1968 un año de elecciones presidenciales, que ganaría Rafael Caldera con apenas 30 mil votos de ventaja, aprovechando la división de AD al surgir el MEP con los partidarios del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa.

Otro detalle fue que unos seis compañeros míos del liceo, que se habían comprometido a estudiar en la UCV-Maracay para ayudarnos entre todos, decidieron posteriormente irse al estado Zulia, “por la cercanía”. En eso estuvo incluida una muy querida compañera con la que yo aspiraba compartir estudios y vida. Todo ese proyecto se cayó y yo debí seguir solo mi camino.

 

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José David Capielo Valles es ingeniero agrónomo y magíster en Desarrollo Rural, egresado de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Campus Maracay. Nacido en Coro, estado Falcón, en 1949. Es docente jubilado de la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (UNESR), Núcleo Canoabo (2016). Es locutor, comunicador alternativo y colaborador de Ciudad Valencia desde 2014.

 

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