Divagaciones: DE LO GROTESCO, por Arnaldo Jiménez

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DIVAGACIONES
DE LO GROTESCO

 

Las formas grotescas, de existir, son más comunes de lo que creemos. Recorren todos los escenarios sociales y culturales, y también exceden a las asimetrías del cuerpo humano. Lo grotesco no se sitúa en lo inconsciente, en esa forma sin forma que nos sostiene; solo cuando surge de la cueva; solo cuando atraviesa la luz del día o la de nuestros propios ojos, lo grotesco adquiere la dimensión que le es propia. Antes, era una posibilidad sin sustantivo, un misterio sin develar. No importa la representación, el nombre, las características que le demos a lo grotesco de lo horroroso, siempre será algo susceptible de ser conocido.

En la literatura, lo monstruoso ha encerrado en sus divulgaciones una serie casi infinita de los diversos signos con los que se le ha descrito. El cine y la televisión han complicado la temática porque han llevado al extremo esa multiplicación (la producción en serie de la misma mercancía fílmica) de lo incongruente, de lo que se rechaza, del otro en el mal. Además, gustan de explicar los soportes técnicos que hacen posible la provocación de las emociones; entonces, esta conciencia de lo que yace oculto en la producción de las películas resta interés al espectador, quien, si continúa viendo el film, es por lo atractivo de la historia, del cuento que se va a echar, porque el cuento siempre capta la curiosidad.

Estos medios de entretenimiento han contribuido a que lo horroroso o lo grotesco haya perdido su fuerza de impacto en la interioridad del ser humano, contadas son las personas que sienten un verdadero miedo con esas películas que no han logrado ni erizarle la piel ni cerrarle los ojos para no enfrentarse a lo desconocido; como sucede en un cuento de Borges cuyo título no recuerdo. Ya no se prepara a lo real para el surgimiento del pánico.

La multiplicación constante, tanto de los mismos dramas y argumentos, como de la estructura de las escenas, en las películas de terror, han terminado por vulgarizarlas. Los directores y autores han tenido que incluir escenas de suspensos o elementos del género policial para poder generar la atención del espectador. A ello hay que añadirle, sin duda, el abuso de los efectos especiales, que también sirven de ayuda, de bastón, a los directores y creadores cuando lo horroroso ya es común y saben de antemano que no causará el efecto de pánico o miedo deseado: el uso de rayos, luces, humo, desvanecimientos, efecto de envejecimiento, descuartizamientos, movimientos de objetos, seres inverosímiles, crueldades o descomposiciones, lo que más pueden generar en los espectadores es asco, repugnancia, asombro, diversión; pero miedo, terror, jamás.

El mismo efecto de vulgarización de lo misterioso lo consiguen los comics, algunos videos y demás mercancías que ponen a circular los signos que supuestamente representan lo no divino, la atracción del mal. Pienso que cuando el mercado se hace cargo de desvanecer las emociones o de transformarlas en objetos de oferta y demanda, lo verdaderamente grotesco tiene lugar.

Lo grotesco pasa desapercibido cuando la costumbre de vivir en su hábitat no nos permite calibrar la diferencia. El sicariato, por ejemplo, es un modo en que lo grotesco hace aparición en la vida cotidiana: seres que dejan explotados frente a las paredes de sus casas. Niños recién nacidos vendidos a la industria que trafica con órganos; asesinatos a sangre fría cuando la persona que va a ser atracada no posee nada que pueda ser sustraído. Seres humanos que son convertidos en maletas para pasar las drogas y burlar los mecanismos de revisión en aduanas y aeropuertos; las fotos de los marines sonriendo delante de grandes montañas de cadáveres; la Ley Bolívar que prohíbe la ayuda humanitaria a nuestro país en caso de que suframos alguna tragedia sea del orden que sea y, obviamente, la guerra, suceda donde suceda y la inicie quien la inicie; entre otras menudencias de este planeta donde las extravagancias inhumanas son tan comunes que ya no nos importan.

La vida cotidiana es grotesca en esencia, ya el hecho de que el ordenamiento social esté encadenado de tal manera que cualquier aumento de riqueza se traduzca en aumento de pobreza, es un hecho grotesco generador de locura y muerte. Cuando Marx analizó, en El Capital, el fetichismo de la mercancía, era maravilloso comprender cómo el ser humano es convertido en un objeto y no puede haber comunicación sin que el máximo fetiche, el dinero, no medie entre las personas, usurpe sus personalidades, cobre vida en ellos y los manipule y controle sus voluntades; es el verdadero Frankenstein quien en un idilio perdurable y contable termina exigiendo sus fuerzas y deformándole por completo.

En un escrito anterior, Marx ya nos decía que la economía en el sistema capitalista producía belleza y horror al mismo tiempo. En los “Manuscritos económicos y filosóficos”, el juego de la oferta y la demanda no estaba liberado de sus productores, mientras más productos los obreros fabrican, menos productos tienen para vivir; la mercancía sustrae todas sus capacidades, todas sus energías físicas y los embrutece, los doblega. Solo podrá ser humano en la medida en que es obrero y, en la medida en que es obrero, no puede ser humano. Es que no puede haber literatura que alcance el terror de nuestra realidad, no localizable en un tópico inconsciente, pero sí imbuido de su malestar, de su frustración ubicua. El horror de las culturas ya no necesita inventar la barbarie para representarlo, ya no necesita echar mano de la fauna para darle forma a los monstruos de la razón, vampiros, lobos, animales ocultos que surgen y devoran y luego vuelven a ocultarse. Nada puede superar la sombra de la esquizofrenia socialmente aceptada, nada puede superar la exageración abismal de una guerra.

En su libro “El malestar en la barbarie”, Fernando Mires redimensiona el papel de lo horroroso e invierte la situación cultural que existía cuando Freud escribió “El malestar en la cultura”. Había una división entre la oscuridad y la claridad. Lo cultural era hija de la luz, de la razón, de la fe; la barbarie era el sitio donde eran expulsados los seres de la oscuridad, los forjadores del mal. Ya esto se ha invertido o, mejor dicho, se ha confundido hasta el extremo de que toda cultura contiene a la barbarie dentro de sí; los bosques, las lagunas oscuras, las ruinas de una ciudad imposible…, no son símbolos válidos para exportar hacia ellos nuestros propios horrores. Las brujas, los duendes, los diablos, ya habitan en la cultura misma, se sabe en dónde moran: en el alma de todos nosotros, los seres incapaces de inocencia. Ningún ser humano que se conozca mínimamente logrará entender que exista algún otro ser más horroroso que la especie a la que pertenece; por más que los directores de cines criminalicen a los tiburones, a las serpientes, arañas, moscas, muñecos…

Nada ajeno es lo grotesco, nada extraño, nada otro. Lo otro no es lo grotesco, esto último es su expresión consciente. Lo otro siempre queda oculto, como una fuente de noche, como una matriz de lo imposible de conocer. Las representaciones del horror en lo inconsciente cambian culturalmente. Lo grotesco es la deformación que surge porque no sabemos qué es lo que nos causa terror.

Lo grotesco circula en los discursos, a cualquier nivel, sobre todo en el ámbito de lo político y económico. Las continuas comparaciones de las que se vale el lenguaje para establecer su vaivén comunicacional, acarrean lo grotesco. Los sobrenombres son deformaciones de los seres, metáforas que son matáforas, porque poseen una intención de destruir al otro, de llevar al extremo de los colmos sus defectos. El chisme es otra expresión de la oralidad que es la exageración misma convertida en palabra. Siempre la persona que habla se libera de las cualidades perversas, horribles, defectuosas del victimario del chisme; el grado de mi purificación es directamente proporcional al grado de cochinadas que le arroje al otro.

El chisme tiene dos vertientes de lo grotesco, el de la persona que habla y el de la persona a quien se dirige el discurso. Pero el chisme, además, nos lleva de la mano a la producción de situaciones vivénciales que no pueden tener otro rótulo que el de lo caricaturesco. Los chismes, las más de las veces, pueden ser reducidos a dos o tres verdades que resultarían ser mucho más bufonescas que las mismas hipérboles de lo dicho: traiciones, incestos, violaciones, celos, hombres que conviven con perras, perras que cuidan a niños de la calle y se dan las comidas de boca a hocico, madres que prostituyen a sus hijas para comprar drogas, hijas que sacan de las casas a sus madres y se quedan viviendo con sus padrastros… Lo cierto es que nuestras vivencias, exageradas en sus modos de suceder, no son exclusivas de una clase social. Cada clase tiene sus propios ámbitos de lo burlesco y de lo horroroso; lo cual nos remite, necesariamente, a una vinculación perversa y bochornosa como la que tienen los países dependientes con los independientes:

Nuestros escenarios cotidianos tienen ese marco de deformación permanente. Un enano con la cabeza pequeñita, casi oscura, casi carcomida, camina por un sendero de ilusiones por donde él cree que se va a desarrollar y va a llegar a ser normal. El enano camina sujeto a un gigante que tiene la cabeza inmensa y la barriga en forma de montaña de tanto que come todo lo que el enano produce y aquél se encarga de transformar en sueños, ilusiones, necesidades, placeres, esquemas culturales o artículos de fe. Así andan ambos, necesitándose uno a otro, grotescamente unidos.

 

Divagaciones; “Supermán contra el Chapulín Colorado” por Arnaldo Jiménez

“Supermán contra el Chapulín Colorado” por Arnaldo Jiménez

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

 

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

 

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

 

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

 

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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