Padre Samán: «El funeral de la mosca» por Vicente Gramcko

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En la literatura, muchas obras son universales. ¿Quién le niega la dimensión mundial al Quijote? ¿Quién puede negarle lazos internacionales a “Las aventuras de Tom Sawyer”?  ¿Quién puede quitarle la fuerza telúrica universal a “Trizas de papel”?

Por eso, cuando hablamos de Cervantes, Mark Twain y hasta de José Antonio Ramos Sucre, estamos refiriéndonos a genialidades cuyos puntos cardinales literarios son indistintamente cercanos.

Aunque nuestra columna ha tratado temas regionales hasta ahora, hoy traemos un autor que, aunque de otras latitudes, de alguna forma nos toca, puesto que su obra ha estado en nuestras neuronas desde siempre y puede que ya esté en nuestros genes. Hoy hablaremos del poeta romano Virgilio.

Virgilio, autor de una de las obras más importantes de la épica romana, «La Eneida», vio la luz por vez primera el 15 de octubre del año 70 antes de Cristo, en la antigua ciudad romana de Brundisium (hoy Brindisi).

Con doce años, se trasladó a Cremona para cursar sus primeros estudios; después, se mudó a Milán; y ya con diecisiete, se trasladó a Roma para proseguir sus estudios, donde aprendió retórica y filosofía.

Su gran obra, «La Eneida», a la que consagró 10 años de su vida, tuvo como héroe al troyano Eneas, quien fue el supuesto fundador de la nación romana. Consagró más de diez años a este trabajo.

En una visita a Grecia, contrajo una fiebre fatal y en su lecho de muerte, rogó al emperador que “La Eneida” se destruyera, a lo que Augusto se opuso para gloria de la literatura mundial. Virgilio murió el 21 de septiembre del año 19, antes de Cristo.

Hoy nos ocuparemos de una de las excentricidades de Virgilio.

  • En realidad, tuvo varias; pero, la mayor de ellas fue el haber criado una mosca como si fuese una mascota y el día que el insecto murió, el poeta romano le hizo un funeral por todo lo alto.

Llegó al extremo de contratar músicos y convocó a reconocidos escritores y poetas para que le recitaran poemas. Como si fuera poco, le construyó un imponente mausoleo para que “descansara en paz”.

Sin embargo, esa excentricidad le valió de mucho. En Roma, el segundo triunvirato confiscó las haciendas de los ricos para dividirlas entre los que eran veteranos de guerra que regresaban del campo de batalla.

Sólo había una excepción: si en la finca había una tumba, la propiedad no podía ser tocada. Enterrando a su mascota, Virgilio salvó así su patrimonio.

A estas alturas, podemos decir que hablar del funeral de una mosca es algo que parece increíble; aunque vemos que no es imposible.

Y de esta manera, vemos cómo una excentricidad pasó a ser una iniciativa válida que, además de haber preservado la propiedad del poeta, también ha servido de legado para el anecdotario de la literatura universal, nada ajena a ningún extremo del universo.

 

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Vicente Gramcko