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El pasado 18 de noviembre, en los espacios del Museo de Arte Valencia (MUVA), fue inaugurada la muestra expositiva “La escala de la historia” de Rodrigo Benavides, fotógrafo, docente, investigador, laboratorista y editor visual, quien nos invita a adentrarnos, a través de fotografías en blanco y negro de gran formato, en el Campo de Carabobo, estableciendo un diálogo entre la foto documental y la plástica.

 

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Rodrigo Benavides (Foto: Félix Gerardi).

Este artista cursó estudios en la Academia Punto Focal, Caracas 1978-1979; Photographic Training Centre, Londres, Inglaterra, 1980-1982 (Diploma “A con Honores”, becado 81–82); École Nationale Supérieure des Arts Décoratifs-Université PSL, París, Francia 1983-1984 (becado); y participó en los talleres de formación de los Rencontres Internationales de la Photographie Arles, Francia 1984 y 2004; talleres en Barcelona, España 1985-1988.

En 2003 establece la Escuela de Fotografía Núcleo Fotosensible, Caracas. Entre 2010 y 2013 dirigió el Museo Nacional de la Fotografía de Venezuela. En 2011 publicó el libro “Los llanos de Venezuela. El horizonte es el destino” y  en 2020 recibió el Premio Nacional de Fotografía de Venezuela (PNC). Sus trabajos han sido presentados en exposiciones colectivas e individuales en Venezuela, Argentina, Uruguay, Cuba, Inglaterra, Francia, Bélgica, España, Japón, Estados Unidos, Canadá, Tailandia, Malasia e India.

 

Los llanos venezolanos como inspiración

En su libro «Los Llanos de Venezuela. El horizonte es el destino», usted hace un registro de la cotidianidad de la vida de los Llanos del país, su forma de vida, trabajo, faenas. Ahora, en su reciente muestra “La escala de la historia”, se detiene en el paisaje donde ocurrió la Batalla de Carabobo ¿Por qué su ojo está puesto en los Llanos de Venezuela?

La cotidianidad en nuestros Llanos es un escenario común a la mayoría de los gentilicios del país, debido a que ese espacio ocupa un tercio del territorio nacional. Se trata de una cuenca sustentada sobre el arco norte del río Orinoco, y allí confluye buena parte de la interculturalidad que somos. Quien viaja en carro de oriente a occidente, de sur a norte, siempre atraviesa el Llano por alguna razón. Éste nos convoca, aun siendo inconscientes de ello, aparte de los episodios históricos tan relevantes que son fuente permanente de interpretación más allá de la palabra escrita. Ahora bien, la muestra “La escala de la historia” no aborda exactamente los Llanos, aun cuando hay un área denominada “La Sabana de Carabobo”. El estado Carabobo no se considera un estado llanero, aunque está impregnado de ese mismo relato colectivo que ha forjado al ser venezolano en general. Donde yo puse mayor énfasis fotográfico fue justamente en la zona ondulante del Campo de Carabobo. Esa zona es poseedora de una geografía particular, que no se ve en tantas partes de Venezuela. Allí la línea del horizonte sube y baja, va y viene. Ese escenario irregular permitió al ejército realista intentar ocultarse del ejército patriota detrás de la lomas, una vez que supieron que estaban perdidos antes del 24 de junio de 1821, porque ya Bolívar, Sucre y quienes diseñaron las estrategias militares victoriosas, se habían encargado de segmentar al ejército realista con “diversiones” que tuvieron lugar de manera simultánea en varias partes del país. Aunque estas estrategias para confundir a los oponentes, implementadas desde oriente y desde occidente, lograron dividir al ejército realista, el Libertador y Sucre visualizaban que la contienda tendría lugar en las cercanías de Valencia. Como es sabido, la batalla se desarrolló un poco más hacia occidente, porque justamente Miguel de la Torre entendió que tenían que ir a esconderse tras aquellas ondulaciones del Campo de Carabobo. La geografía determina parte de la conducta y ciertas acciones humanas. Es lo que se conoce como geohistoria. En relación a los Llanos, éstos siempre están permitiéndonos imaginar posibilidades un poco más allá, porque el horizonte, que es una invitación permanente, siempre se nos escapa: nunca lo alcanzamos.

 

¿Qué le enseña la vida del llanero a este país?

La vida del llanero es parte sustancial de la epopeya que nos dibuja como pueblo. El Llano fue, desde el siglo XVII, una región apartada de la zona costera. Tomó tiempo llegar hasta allá, navegarlo por los grandes ríos, transitarlo por las sabanas inmensas: eso no se acababa nunca. Todo era a pie, a caballo, en mula, en bongo, en curiara. Cada día era una odisea. Cuando llegaron los primeros españoles y observaron deslumbrados aquéllos paisajes majestuosos, pensaron en Andalucía, y esta tierra nuestra fue llamada entonces la Nueva Andalucía. La vida del llanero está llena de un entusiasmo inusitado, de una energía incomparable para enfrentar minuto a minuto la gran cantidad de adversidades que se le presentan. Para subsistir, para buscar la felicidad y para compartir la vida, no hay mejor fórmula que disfrutar todo lo que se hace, poniendo la inteligencia a toda prueba y en tensión permanente. Estas circunstancias han forjado una forma de ser, la cual se inscribe en una dinámica convocante que se ha transfigurado en un amplio convenimiento cultural. Esto ha generado gran cantidad de hechos notables. Entre ellos, hacer de la vida poesía.

 

¿Es la región de los Llanos para Venezuela, lo mismo que las hormigas y cangrejos para los ríos?

Esa región ha sido siempre un cauce de grandes dimensiones y enseñanzas. Por supuesto, desde tiempos prehispánicos. Es desde Angostura (hoy Ciudad Bolívar) en 1817 que el Libertador entiende y luego vislumbra la proyección de acciones consecutivas a emprender para el resto de las campañas por la independencia. Después de lo de Piar, encuentra a Paéz en el estado Apure, a quien conoce en 1818. Se abría ventana tras ventana. Cuando se está en el Llano mirando hacia el sur, se manifiesta el río Orinoco, su potencial. Cuando se mira hacia occidente, surgen los Andes, y se sabe que está Cundinamarca, Colombia. Más hacia el sur, Ecuador y Perú. Al norte está el Mar Caribe, y hacia el occidente está el Esequibo. En fin, cualquier mente que sepa viajar con la imaginación sin obstáculos sobre la geografía y el paisaje llaneros, encontrará siempre razones para celebrar nuestro país y región como un gran cauce y también como una gran causa.

 

Rodrigo Benavides-La escala de la historia-MUVA

 

En su última muestra “La escala de la historia”, usted trae el paisaje del Campo de Carabobo, tal cual es, más allá de la épica independentista ¿Qué representa este lugar para la historia de Venezuela, y qué simboliza desde el lugar de los comunes?

En la primera versión de la exposición, presentada en el Museo de Bellas Artes de Caracas en 2021, el montaje fue más lineal que ahora en el Museo de Arte Valencia (MUVA), ya que las salas de ambos museos son distintas. Debido a que las fotografías son de formato monumental, se percibe una fortaleza visual, enriquecida por elevados niveles de detalle, definición de lo visible. Las obras se salen de las paredes de las salas, se propicia un efecto flotante. Haber elegido el blanco y negro da pie expresamente a un diálogo entre la pintura independentista del siglo XIX y lo que puede representar la fotografía en blanco y negro de carácter documental. Lo que tuve en mente, mientras tomaba las fotografías con una cámara panorámica de película, fue en primera instancia traer el Campo de Carabobo a Caracas. Cuando el público visitante expresa que se siente viajando dentro del Campo al ver esas fotografías, me siento retribuido. El paisaje como motivo, en general, es la piel del país, y esa piel es muy sensible, pues alcanza una gran diversidad cultural. Ese escenario fundante que pintó Martín Tovar y Tovar en su obra elíptica “Batalla de Carabobo”, revela parte de lo que se sintió y de aquello que fue fugaz, rápido durante la batalla: él congela el tiempo, y describe con escenas lo ocurrido. Además de pintor, Tovar fue fotógrafo. Por esa razón, a mi juicio, es que logra pintar dos cuadros superpuestos. El primero describe el paisaje en sí, con numerosos detalles sorprendentes del terreno, y el segundo, justo encima del anterior, representa dos ejércitos en pugna. A diferencia de las formas puras, el color es un elemento que se incorpora, y propicia otro tipo de percepciones. Aquí hay toda una dimensión donde la historia representada en imágenes nos hace acercarnos a esos hechos de una manera distinta a como lo hacen los historiadores. Por eso disfruto tanto ser fotógrafo, dado que es un lugar de enunciación concreto, que posee carácter propio.

 

¿Por qué el Campo de Carabobo es para usted una metáfora de la paz?

Haber ido a ese lugar 200 años después y adentrarme en aquellas lomas en compañía de los Centinelas de la Ruta Libertadora, después de investigar bastante sobre el tema, me hizo sentir y comprender lo que allí había ocurrido. Ha sido un viaje significativo en el tiempo nacional, el cual se extiende hasta el presente. Allí la mente recibe mucho impacto, sensaciones, desconcierto. La historia escrita, la literatura, la música y la poesía, así como cualquier otro ámbito de la expresión, tienen el poder de conmover más allá del conocimiento. Pensar en todo aquel esfuerzo formidable me ha permitido proyectar ese mismo lugar como una metáfora nacional plenamente vigente. Constituye una invitación a desandar lo que hemos recorrido juntos, con nuestras prolongadas y disímiles formas de pensar y enmarcar el foco hacia dónde queremos transitar como colectivo humano desde este presente hacia el futuro.

 

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¿Qué le ocurre a la cotidianidad en un escenario de guerra?

Hoy día no debemos acostumbrarnos a percibir la guerra armada como una cotidianidad, después de todo lo que ha sucedido en Venezuela incluso antes de 1810. Las guerras a plomo y cuchillo se hicieron entonces porque no había otra forma de ser independientes, y ahora hemos de seguir batallando con otro tipo de recursos. Sin embargo, nunca sería posible pensar en un mundo donde todos estemos de acuerdo. El hombre necesita la paz, el mundo necesita la paz. Las guerras actuales en su gran mayoría son inventos del hombre por intereses creados, negocios solapados, de modo que un campo de batalla en ausencia de batalla es una metáfora de la paz. Un centellazo para la comprensión de nuestro recorrido.

 

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Vielsi Arias Peraza, Valencia, Venezuela (1982), docente egresada de la Universidad de Carabobo (UC) Mención Artes Plásticas. Ha publicado Transeúnte (2005), colección Cada día un Libro, editorial El Perro y la Rana; Los Difuntos (2010), editorial Fundarte, galardonado con Mención Honorífica Premio Nacional Estefanía Mosca; Los Difuntos (2011), reedición del sistema de imprentas regionales de Carabobo; La Luna es mi pueblo (2012), editorial El Perro y la Rana; Luto de los árboles (2021). Ha publicado también en distintas revistas nacionales literarias y académicas como: Cubile, A plena Voz, Revista Estudios Culturales UC, entre otras. Actualmente coordina la Plataforma del Libro y la Lectura del Ministerio de la Cultura en el estado Carabobo.

 

Ciudad Valencia / Foto de la autora por Luis Felipe Hernández