“El país de H. G. Wells” por Gonzalo Fragui (Poeterías)

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Hacia el mediodía salió por fin a un exuberante prado verde, sembrado de un sinfín de hermosas flores. Las casas de la aldea no se asemejaban a la irregular aglomeración de los pueblos de montaña que él conocía. Bajó por un lugar escarpado. Ahora podía ver un grupo de hombres y mujeres que descansaban sobre pilas de hierba seca, como si estuvieran durmiendo la siesta. Al otro lado, y más cerca, tres hombres cargaban baldes por un camino. Núñez se adelantó tan visiblemente como pudo y lanzó un grito que resonó por todo el valle. Los tres hombres se detuvieron y movieron sus cabezas como buscando de dónde provenía el grito. Núñez gesticuló ostensiblemente pero ellos no parecían verlo y, al cabo de un rato, gritaron a su vez en respuesta. Núñez cruzó un pequeño puente y se acercó. Ahora tuvo la certeza de que estaban ciegos. Los tres se quedaron uno junto a otro, sin mirarlo pero con las orejas apuntando hacia él. Núñez recordó que una de las acepciones del verbo mirar es “parar la oreja”. Había una expresión casi de temor reverencial en sus rostros.

–Es un hombre o espíritu, que baja de las rocas, dijo uno de los ciegos.

Núñez avanzó con paso confiado. “En el país de los ciegos el tuerto es el rey”. Les saludó cortésmente.

–¿De dónde vienes?, preguntó otro de los ciegos.

–Vengo de las montañas, aclaró Núñez. Cerca de Bogotá, donde hay cientos de miles de personas y la ciudad se extiende hasta perderse de vista.

–¿Vista?, murmuró el tercer ciego.

Los tres con la mano alargada se adelantaron con un movimiento simultáneo. Núñez retrocedió ante el avance de esos dedos extendidos pero los tres ciegos cayeron sobre él y lo sujetaron. Núñez forcejeó un poco pero lo tenían bien sujeto.

–Extraña criatura, y sabe hablar, dijo uno.

–Claro que sé hablar, vengo de las montañas, a medio camino del sol, dijo Núñez, mientras tropezaba con un balde.

–Sus sentidos son aún imperfectos, dijo otro. Se tropieza y dice palabras sin sentido.

–Vamos a llevarlo ante los ancianos, dijo el tercero.

Parecían no saber nada de la vista. Quizá fuera este el País de los Ciegos. Caminaron hacia el centro del pueblo y todas las personas del lugar se apiñaron a su alrededor. Sus tres guías se mantenían cerca de él, repitiendo una y otra vez: “Un salvaje de las rocas”, “Dijo llamarse Bogotá”, “Un salvaje con palabras absurdas”, “Su mente no está del todo formada”, “Sólo tiene los rudimentos del habla”, “Tropezó dos veces mientras veníamos”.

Lo empujaron por un pasillo hasta una habitación completamente oscura donde estaban sentados unos ancianos. La multitud se cerró tras él. Núñez quiso aprovechar la ventaja de la vista para escapar pero sintió un sinfín de manos que lo aferraban. Era una lucha desigual. Comprendió que no podía hacer nada. Se oyó una voz:

–Sólo está recién creado. Tropieza al andar y entremezcla palabras sin sentido.

Núñez pidió disculpas. Le dejaron incorporarse. La voz de un hombre mayor empezó a interrogarle. Ellos no le creyeron nada de cuanto les contó. Ni siquiera entendieron muchas de sus palabras. El más anciano preguntó a Núñez si sabía dormir. Núñez dijo que sí, y lo llevaron a un lugar solitario para que durmiera. A la mañana siguiente fueron a buscarlo para desayunar.

–¡Eh, Bogotá! ¡Ven aquí!

Núñez trató de escabullirse de nuevo pero fue sorprendido por los ciegos, quienes le reprocharon:

–¿Por qué no haces caso? ¿Es que hay que guiarte como a un niño pequeño? ¿No puedes oír el camino al andar?

–Puedo ver, dijo Núñez.

–No existe la palabra ver, dijo uno de los ciegos. Deja ya ese disparate y sigue el sonido de nuestros pasos.

Núñez los siguió un poco enojado. Le informaron que iba a ser asignado a una familia para que lo cuidara. Era la familia del viejo Jacob, un hombre afable que vivía con su esposa, un sobrino y Medina-Saroté, la hija menor.

Después de varios días Núñez les tocó el tema de la vista. Uno o dos le escucharon. Entre ellos Medina-Saroté, que tenía los párpados menos hundidos que los demás, casi podía imaginarse que estaba ocultando los ojos. Les habló de las montañas, del cielo, del amanecer, y le escucharon con divertida incredulidad. Le dijeron que no había ninguna montaña, que el final de las rocas donde pastaban las llamas era el fin del mundo. De allí surgía el techo del universo, del que caían el rocío y las avalanchas, un techo rocoso exquisitamente suave al tacto que protegía las cosas.

Núñez vio que era imposible. No podía convencerlos, tendría que adaptarse. Lloró, estuvo unos días enfermo, y algunas personas lo cuidaron con cariño. Entre ellas, Medina-Saroté que, desde el principio, le pareció guapa y, al poco tiempo, la cosa más bonita de toda la creación. No tenía amante ni nadie la pretendía. Llegó un momento en que Núñez pensó que, si pudiera conquistarla, se resignaría a vivir en el valle para el resto de sus días.

Núñez la espiaba, buscaba oportunidades de prestarle pequeños servicios y pronto descubrió que ella se fijaba en él. En una reunión se sentaron juntos a la pálida luz de las estrellas. Él posó su mano sobre la de ella y se atrevió a apretarla. Ella le devolvió la presión. Una noche, mientras cenaban a oscuras, él sintió que la mano de ella lo buscaba suavemente, y al chisporrotear el fuego por azar en ese instante, vio la ternura reflejada en su rostro. Se sentó a sus pies y le dijo que la amaba. Ella, que nunca había sido objeto de adoración, no le dio una respuesta definitiva, pero sus palabras la complacieron.

A medida que pasaban los días, Núñez avanzaba con cautela. Se acercaba a Medina-Saroté y le hablaba de la vista. A ella le parecía la más bella de las fantasías, y escuchaba con atención la descripción del cielo, de las estrellas y las montañas.

–Eso es lo que nosotros acá llamamos poesía

Él siguió hablando, le mencionaba la rosa, el cisne, el ciervo en el bosque, le dijo que muchas de esas cosas aparecían en las canciones. Ella se alegró y se puso a cantar. Allá daban gran importancia a la música y a las canciones.

Pero Medina-Saroté sólo podía entender a medias, de allí su lamento:

–Lastima que eso no sea la realidad. Es como un sueño, pero sin ninguna realidad, un juego de palabras. Algo inofensivo e ineficaz pero hermoso. Inventa un mundo de imágenes pero se queda en el reino de lo imaginario.

–¿Quién dice eso?

–Nuestros profesores de Literatura y los economistas.

–Pues están equivocados. Es la realidad más real, la verdadera realidad.

Núñez la amaba y no discutió más. Se mostró incluso dispuesto a pedirla en matrimonio. Desde el principio hubo una gran oposición. Lo consideraban un ser incompetente, por debajo del nivel permitido a un hombre. El viejo Jacob, aunque le había tomado cariño a su torpe y obediente siervo, sacudió la cabeza y dijo que no podía ser. Pero el viejo amaba tiernamente a su hija pequeña, y le dolía verla llorar sobre su hombro.

–Verás, cielo, lo que sucede es que Bogotá tiene delirios y no es capaz de hacer nada bien.

A Medina-Saroté le encantaba cuando el padre le decía “cielo”.

–Lo sé, dijo llorando. Pero está cada día mejor. Va progresando. Y es fuerte, padre, y bueno. Y me quiere y yo le quiero a él.

El viejo Jacob se afligió al verla desconsolada. Así que fue a sentarse a la sala del Consejo con el resto de ancianos y, en el momento oportuno, dijo:

–Es mejor de lo que era. Es muy probable que algún día sea tan cuerdo como nosotros.

Al rato, otro de los ancianos, tras reflexionar profundamente, tuvo una idea. Era el gran médico, el curandero, tenía una mente muy inventiva, y le atraía la idea de curar a Bogotá de sus rarezas.

–He examinado a Bogotá, y creo muy probable que pueda curarse, dijo.

–Eso es lo que siempre he deseado, dijo el viejo Jacob.

–Su cerebro está afectado, dijo el médico ciego.

–¿Y qué lo afecta?, preguntó Jacob.

–Esas cosas raras llamadas ojos, que existen para formar una depresión suave y agradable en la cara, están dañados en el caso de Bogotá hasta el punto de afectarle al cerebro. Están muy dilatados, tiene pestañas y sus párpados se mueven y, en consecuencia, su cerebro se halla en un estado de constante irritación y aturdimiento.

–¿De veras?

–Creo poder decir con bastante certeza que, para curarlo completamente, sólo necesitamos realizar una fácil y sencilla operación quirúrgica, es decir, extirparle esos cuerpos irritantes.

–¿Y entonces estará cuerdo?

–Completamente cuerdo, y será un ciudadano admirable.

–¡Dios bendiga la ciencia!, dijo el viejo Jacob, y corrió a informar.

Pero la manera en que Núñez recibió la buena noticia lo decepcionó.

–Por el tono que adoptas se diría que no te importa mi hija, dijo.

Fue Medina-Saroté quien lo convenció para someterse a los cirujanos ciegos.

–Así te pondrás bien, y serías un gran poeta. Nos contarías a todos esas cosas hermosas, las flores, los líquenes entre las rocas, el lejano cielo con sus nubes errantes, las puestas de sol y las estrellas. Podrías llegar a ser nuestro poeta nacional.

Se quedaron abrazados y en silencio por un largo rato.

La semana previa a la operación que lo elevaría de su condición inferior y servil a la categoría de ciudadano ciego, Núñez no pegó un ojo. El último día de visión le fue permitido pasar unos minutos con Medina-Saroté, antes de que ella se fuera a dormir.

–Mañana dejaré de ver, dijo.

–¡Amor mío!, respondió ella. Te harán daño, pero poco. Y ese dolor, amor mío, lo sufrirás por mí. Si el corazón y la vida de una mujer pueden recompensarte, te recompensaré.

Núñez se sintió inundado de piedad. La abrazó, besó sus labios y contempló su dulce rostro por última vez.

–Antes de que te vayas, léeme de nuevo el poema del cielo, le pidió Medina-Saroté.

Núñez miraba el cielo y le contaba lo que veía en ese momento.

–Qué lindo, exclamaba ella. Esa es una de las cosas maravillosas de la poesía. Aunque sea el mismo poema, cada vez que se lee nos dice cosas nuevas y diferentes.

Núñez no la contradecía, prefería besarle los ojos. Luego le dijo que tenía que prepararse para la operación y se despidió.

–¡Adiós!, murmuró suavemente.

 

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Se dio la vuelta y se alejó. Ella podía oír sus lentas pisadas al marcharse, y algo en el ritmo de esos pasos la sumió en llanto. Él se había propuesto ir a un lugar solitario donde los prados estaban adornados de narcisos blancos, y quedarse en él hasta que llegara la hora del sacrificio, pero mientras se encaminaba hacia allí elevó la mirada y vio la mañana como un ángel de armadura dorada que bajaba por las pendientes.

Llegó el día de la operación y Núñez no apareció. Se convocó de emergencia a una reunión de ancianos. Medina-Saroté fue invitada.

–Bogotá no fue capaz de adaptarse a la normalidad, se lamentó Jacob.

–Quizá sea una fiera o un dios, asomó un filósofo.

–Es un cobarde, no confió en la ciencia, se quejó el cirujano.

–Es un poeta, se atrevió a decir Medina-Saroté.

 

Gonzalo Fragui / Ciudad VLC