“Exaltación de las manos” por Arnaldo Jiménez

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Las manos son quizás las arañas más duras del reino animal, sus huesos tantean la realidad y nos hablan de sus texturas y de sus destemplanzas climáticas por ejemplo dado de fiebres que las llevan a las frentes y sacuden el sudor hacia el piso en un arrebato de sus ascos o por la efervescencia del infinito amor materno.

Habladoras las manos, entran igual a la templanza del arco como al silencioso hundimiento de los botones que detonan bombas a largas distancias. No por la arrogancia de belfos palpados y cuajados en sus destinos leídos por la línea de la vida cuando cada quien se va con sus manos en mudanza desmedida de sus climas perseguidos; las manos.

Las manos, tazas de las primeras aguas, tejedoras de sus mismas trampas que nos traen la espalda del hipócrita abrazo o el calor del amigo que arriba con mañanas agobiadas y ellas caen en reposo de andar siempre arriba señalando un devenir, un asombro, un hartazgo de andar.

Y quien jura lleva sus dedos a los labios y sale la misma cruz de protección cuando alguien se aleja y las manos dibujan en el aire el cuidado imaginario; la pretensión de bendecir sin ser santos y conjurar sin ser brujos. Chaparrean, pues, las ramas de las virtudes, las manos.

Se hala el amor con las manos, se proyecta el zumbido del odio, el cansancio de la nostalgia se desliza hacia abajo por los cabellos como una caricia que repite su calor y quiere dejarse escrita en la piel con los lápices de los falanges. ¿En qué desproporción las manos se cuidan de ser vistas? ¿En qué salud afloran risueñas? ¿En cuál tristeza se agobian?

Quizás toda la sociedad descansa en las manos; no tanto en los pies, esas manos inferiores que también obedecen a la conciencia en su deslizamiento. Toda la sociedad con sus mercados y sus demandas de latigazos descansan en las manos que teclean las ventas y reproducen las condiciones de los bienaventurados, los mal-excluidos y los casi incluidos. Sucias, subiendo escalones de cerros; sucias, buscando juguetes o comidas en los basureros; sucias, entrando con un cuchillo en el cuerpo ajeno; sucias, llevándose lo que otro puede disfrutar; acaso el cigarro rollizo, verde, y el polvo blanquecino tromba en el cerebro. Reunidas para transformarse en música liberadora, en comunión contra el poder, todas las manos, todas.

Y no solo la bendición a través de manos ausentes, no solo la voz en dibujos de gestos, las manos tienen un secreto: ellas siempre vienen desde el pasado, acumulando nombres y pálpitos de azar. La libertad comenzó con un gesto de las manos: el dedo índice diciendo el mayor no de la historia, el que Adán le dijo a Dios y el que Eva no le dijo a Satán, o viceversa. Y aunque no fuese religioso el dedo liberador que inició la cultura, fue un dedo sin duda el que transformó al hombre animal en hombre constructor. La soltura del dedo gordo para hacer prensiles las manos es un eslabón antropológico que aún anda perdido acompañando su metida de dedo por no decir de “pata”.

A fuerza de empujar el carro del tiempo las manos se deducen por su participación en lo que se registra para no caer en el olvido. El mecate en el cuello del esclavo, el grillo en los pies del presidiario. Eran las manos aquellos ojos que vigilaban el escape de los negros cimarrones, eran ellas las que abrían su abanico en el velo nocturno y encendían el fuego de purificación, el paso de los suicidios, el agobio de las manos del amo sobre la dignidad.

 

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La última parte del hermano es una mano. ¿Qué no decir de ellas? Prestas para la artritis reumatoide que las anuda sobre sí mismas, prestas a destajar de la madera la figura que el pensamiento esculpe en silencio. Las manos que sacan un conejo de la madriguera de un sombrero y una sombra del orificio de la pistola; detona y suspende la fauna de la creación. Fue Rimbaud el que dijo que una mano escribiendo tiene el mismo valor que una mano arando la tierra; nada más cierto, porque realmente las dos están escribiendo en diferentes superficies; nada más falso, cuando sabemos que el mundo puede vivir sin escritura, pero no puede hacerlo sin verdura.

Hay demasiadas manos metiéndose en el caldero del mundo, por eso se ha puesto morado el planeta, a punto de explotar sus pústulas no solo por reumas de sus neumáticos, mañosas de sus velocidades y temperaturas. Qué no decir de ellas que expanden y jaspean el kerosén de la maldad y abren el surco de la pólvora por donde habrá de irse la humanidad hasta precipitarse en la mano toda misericordia de Dios.

Y ¿no fueron las manos las que tallaron la cruz y clavetearon la mortalidad del Señor y aún quieren sujetar el tiempo, continuar viendo la sombra del Altísimo en la tierra, cubierta con el óxido de la soledad, absorbiendo la sangre que dejan caer las muñecas?

Manos posmodernas plenas de nostalgias que dirigen la partitura de la sinfonía infernal de lo mismo asumiendo los pastiches como pastichos divinos. Fueron las manos juntadas por miles las que saludaban el “Ave” del César y distinguían un imperio que cayó por sus propias manos. A qué tanta distinción entre unos y otros, lo propio y lo extraño, por el uso de las manos que tiran la piedra y se esconden y tienen tantos guantes-máscaras guardados en el escaparate. Manos precisas y rápidas como las patas del gato y el golpe en el pecho de la marcha alemana que sacudió la historia y se marchó con millones de muertos caídos en sus hoyos y pasó el testigo a las manos del gringo.

¿Qué no decir de ellas? Las que se van espesando en el horno de los años. Las que dejaron de lanzar las metras en la hueca y templar el hilo del papagayo. Las que ya no golpean la pelota de goma ni se montan en caballos de escobas. Las manos de las tareas que mantienen limpia la casa de la tierra que insiste en buscar su origen. Las manos que se van ampliando hasta casi no apretar la vida, secas, arrugadas sobre el esqueleto que muestra los trazos de la pesadumbre. Las manos que bajan nuestras urnas hasta la noche y el silencio.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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