Opinión: «La autocrítica tan temida», por Carlos Prigollini

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«Si malo es el gringo que nos compra, peor es el criollo que nos vende».
Arturo Jauretche.

Es evidente, la historia más inmediata así lo demuestra, que el dispendio y la arrogancia de muchos funcionarios públicos, pertenecientes a movimientos o frentes nacionales y populares, no acompañaron el debido otorgamiento de derechos sociales adquiridos con la inevitable concientización ideológica que los mismos beneficiarios deberían haber recibido.

En muchos casos la tibieza de ¿nuestros representantes? en lugar de castigar con firmeza el saqueo de anteriores gobiernos se la viven en discusiones bizantinas, retóricas vacías, acuerdos obscuros a espaldas de la ciudadanía o acusaciones verbales que nunca llegan a buen puerto.

En nombre de la relación de fuerzas, la complicada coyuntura, los momentos indicados, o evitar las revanchas judiciales, se prolonga un sospechoso pacto de impunidad de ladrones de cuello blanco y políticos corruptos que han hipotecado el futuro de nuestros pueblos.

Simultáneamente y consecuencia de lo anterior, la derecha o los supuestos opositores a estos gobiernos elegidos por el pueblo ganan terreno y avanzan electoralmente no por sus virtudes propias sino por los errores ajenos.

Quienes hemos pasado más de 50 años de militancia política es obvio que estamos viendo sin desearlo una película repetida cuyo final es archi conocido y lamentablemente trágico en ciertas ocasiones (recordar los casos Bolivia 1971, Chile 1973, Argentina 1976, o más recientemente los golpes blandos en Brasil, Ecuador, Paraguay, Honduras, entre tantos otros). Es decir que lejos de fomentar la impunidad, que es peor que la corrupción, y buscar diálogos ininteligibles, con personajes que han demostrado la absoluta falta de patriotismo, sumado a la voracidad y el saqueo como moneda corriente, es indispensable dejar atrás la constante postergación de promesas incumplidas para pasar a la acción con suficiente coraje y determinación. Para ello debemos profundizar la crítica hacia adentro, más allá de provocar antipatías partidarias o personales.

La controvertida y corrupta OMS decidió cerrar el planeta desde hace un año y medio, sin embargo, el «quédate en casa» no contempló la realidad de los más pobres, sino la de la clase media alta y los ricos. Los gobiernos progresistas y la izquierda mundial acataron sin objetar nada las reglas establecidas, con la consiguiente crisis económica y el colapso social que provocaron el cierre masivo de pequeñas y medianas empresas, el despido masivo de trabajadores y el hacinamiento de todos aquellos que no tienen viviendas apropiadas.

Finalmente llegaron las vacunas, pero resulta que ahora no son suficientes y más allá de daños colaterales y situaciones mortales causadas por alguna de esas dosis, hoy se determinan serias restricciones a la libertad ambulatoria por medio de terceras dosis y/o pasaportes sanitarios para viajar o ingresar simplemente a un restaurante.

Ante el colapso social y la constante agresión emitida por los diferentes organismos multilaterales (OMS, OPS, BM, FMI), encontramos el silencio cómplice de la izquierda en general y los gobiernos que nosotros mismos ayudamos a constituir a través del voto libre.

¿Es esto democracia? ¿Realmente nos sentimos representados por aquellos que callan ante las inoperantes leyes y decretos dictados por esta llamada pandemia o dictadura sanitaria?

¿Cómo explicar los lentos reflejos de diputados y senadores que instalados en su zona de confort siguen devengando abultados salarios, mientras las grandes mayorías continúan empobreciéndose a costa del enriquecimiento de unos pocos?

Desgraciadamente, muchas de estas preguntas no encuentran respuesta adecuada por la ausencia u omisión de un pensamiento crítico que acompañe a las luchas populares.

Urge el sinceramiento de la política, la cual pasa por los militantes de base, de abajo hacia arriba, desde la izquierda a través de una necesaria e imprescindible escuela de formación política que genere nuevos cuadros para evitar que se siga fomentando la desigualdad y neutralizar a una derecha cada vez más salvaje. Incorporar a sectores de clase media o los más vulnerables que actualmente se encuentran totalmente desencantados con el voto emitido. Ciudadanos de a pie que, por medio de asambleas barriales, comités de manzana, grupos de base o reuniones vecinales determinen sus propios caminos, lejos de la burocracia enquistada en la cúpula partidaria que obsecuentemente sigue la normativa oficial, diluyendo de esta manera a vastos sectores que se creyeron sujetos de la historia y hoy se dan cuenta que solo fueron objetos de la misma.

 

Autor: Carlos Prigollini

Fuente: teleSUR

 

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