«La cobija vegetal como ornamento» por Laura Antillano

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Laura Antillano-La Palmera Luminosa-ser mujer

Caminamos hoy por los senderos de Naguanagua que nos son más conocidos y presenciamos los cambios inesperados que el clima está produciendo en este año, donde lo inesperado nos agarra en la sorpresa, es difícil saber si lloverá o no, y asombra de qué manera lo que corresponde al mundo vegetal se ve adaptándose cada día, sin muchos remilgos.

La verdad es que nos acoge una vegetación que parece preparada para cualquier circunstancia, y ello siempre nos sorprende.

Esta larga etapa de encierros a los cuales nos han destinado los últimos tiempos siempre nos hace ver la serenidad de un entorno vegetal que a todo se amolda, sin la menor sombra de disgusto.

Este viernes he dado un largo paseo inspirador en ese sentido. Al menos así se percibe en las inmediaciones de este municipio.

Nunca nos damos el tiempo para contemplar la belleza de una vegetación que no exige mayores cuidados y casi que se adapta a las circunstancias naturales que le proporcionan el sol y el agua necesarias, la fortaleza del suelo que les corresponde y, en síntesis, el espacio y las condiciones que “a la buena de Dios” se le asignan, porque no hemos visto que exista un sistema de riego, desde la parte humana, que se ocupe de ella y, sin embargo, siempre están erguidas las plantas en sus nichos, y hasta  los frondosos árboles que pueblan las avenidas  se ocupan de mantener sus ramas bien pobladas de hojas en el espacio ordenado de sus tallos, mostrando la frondosidad  amable, necesaria para el paseante.

Helechos, como otras plantas de frecuencia inusitada, enaltecen el paisaje y por esta época da gusto emprender la caminata y disfrutar del paisaje natural que lo ornamenta con creces.

Hoy dimos un largo paseo por senderos acostumbrados y nos alegró la mañana el carácter entusiasta del paisaje, con fecundidad  de arbustos, árboles y hasta césped  mostrando sus distintos tonos de verde, sencillos  en su normalidad, que no hacen gala de diferencias  exigentes, solo brinda su presencia como un acto sencillo y normal del día a día.

Me hizo poner de lado cualquier otro pensamiento distanciado  y sentir un llamado de atención, como si dijeran: “Mira, aquí estamos nosotros determinando el paisaje, y nos disfrutas”.

 

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Por circunstancias como estas nos molesta mucho cuando encontramos a muchachos  facinerosos golpeando a las plantas con palos, simplemente por pasar el tiempo, o encaramándose en ellas para demostrar sus habilidades de saltadores ante otros, sin pensar ni por un instante en todo lo que necesita una semilla para convertirse en una planta, y más si esta es ornamentada con flores y frutos.

Realmente disfruto la belleza vegetal en todos los sentidos y son una parte del paseo que considero fundamental: el solo mirar ese paisaje.

La escuela debe seguir insistiendo con énfasis en lograr que los niños asimilen la importancia del mundo vegetal, desde el punto de vista ornamental, como un asunto de vital importancia para la vida cotidiana de todos  los que habitamos un lugar, y hay que hacer énfasis en ello, llamar la atención, hacerles partícipes conscientes de lo que ello significa.

 

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Laura Mercedes Antillano Armas (Caracas, Venezuela, 8 de agosto de 1950) es una escritora venezolana, que ha incursionado en los géneros de ensayo, poesía, cuento, novela y crítica literaria. También ha trabajado como titiritera, guionista de radio y televisión y promotora cultural.

Es licenciada en Letras Hispanoamericanas y Magister en Literatura Venezolana por la Universidad del Zulia (LUZ). Durante 25 años ejerció como profesora de Literatura en el pre-grado de la Facultad de Educación de la Universidad de Carabobo (UC). También coordinó el Postgrado en Literatura Venezolana de la UC (1995-1998), además de ejercer también como Directora de Cultura de la misma universidad (1999).

Es ganadora del Premio Nacional Cultura, mención Literatura, 2012-2014,​ Premio Bienal José Rafael Pocaterra mención Poesía con la obra “Migajas” (2004), Ascesis al Premio Miguel Otero Silva de la editorial Planeta de Venezuela con su novela “Solitaria solidaria” (1990), Premio de Cuento del diario El Nacional con su cuento “La luna no es de pan de horno” (1977), Premio Julio Garmendia de la Universidad Central de Venezuela (UCV) con el cuento “Caballero de Bizancio” (1975).

Entre su vasta obra publicada se incluyen, entre otros: La bella época (cuentos, 1969), La muerte del Monstruo Come Piedra (novela, 1971 y 1997), Un carro largo se llama tren (cuentos, 1975), Haticos Casa Nº 20 (cuentos, 1975), Los niños y la literatura (estudio, 1978), Maracaibo: Las paredes del sueño (textos, con fotografías de Julio Vengoechea, 1981), Perfume de gardenia (novela, 1982, 1984 y 1996), Dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir (cuentos, 1983 y 1992), Cuentos de película (cuentos, 1985 y 1997), Literatura infantil e ideología (estudio, 1987), La luna no es pan de horno (cuentos, 1988), Solitaria Solidaria (novela, 1990 y 2001), ¿Cenan los tigres la noche de Navidad? (cuento infantil, 1990 y 2005), ¡Ay! Que aburrido es leer: El hábito lector y el cuento de la infancia (estudio, 1991), Jacobo ahora no se aburre (cuento infantil, ilustrado por Tony Boza, 1991), Tuna de mar (cuentos, 1991), Diana en la tierra wayúu (novela infantil, 1992), Una vaca querida (literatura infantil, 1996), Apuntes sobre literatura para niños y jóvenes (estudio, 1997), Las aguas tenían reflejos de plata (novela, 2002), Elogio a la comunidad (texto divulgativo, 2004), Poesía completa 1968-2005 (poesía, 2005), Emilio en busca del enmascarado de plata (novela para niños, 2005), La luna no es pan de horno y otros cuentos (antología de cuentos, 2005), La aventura de leer (estrategias de lectura, 2005), Libro de amigo (poesía, 2007), Crónicas de una mirada conmovida (crónicas periodísticas, 2011), Ellas (Semblanzas, artículos, entrevistas, 2013), Las alas de la lectura (estrategias de lectura, 2019), Me haré de aire (cuentos, 2021).

 

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