“La necedad del azar (y dale con las palabras claves)” por Arnaldo Jiménez

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Confieso que siempre me ha gustado esta palabra: azar. Y este gusto es la principal causa por la que me he dedicado a escribir este post. Estas cosas no tienen nada de extraño, es infinita la cantidad de personas que se enamoran de palabras y ejecutan acciones casi hipnotizadas por estas; por ejemplo: amor, odio, chocozuela, fracaso.

En el amor, cometen el pecado de casarse o unirse; es lo mismo, igualmente hay que ponerles las esposas; en el odio, lloran largamente, fastidiosamente, frente a la urna del odiado, porque justo en ese instante comprendieron que lo amaban; con la chocozuela, el nombre es tan sonoro que salen a comprar esa carne sin importar que sea de segunda y los dientes se martiricen intentando masticarla; en relación al fracaso, se dedican a escribir post en torno al azar y no a la chocozuela, que sería más interesante.

Espero que se hayan percatado de que no soy ningún especialista en azar ni mucho menos; solo tengo dudas y asuntos que se conectan con estas, así, de manera azarosa. ¿Soy un librepensador? No lo creo, el azar no ha soplado a mi favor ese intento. Y es que el azar tiene tantas similitudes con el libre albedrío, la causalidad y las coincidencias que, es casi imposible sustraerse a ese influjo. Con todas las limitaciones que me caracterizan, dada mi extrema incapacidad intelectual, te invito a leer este artículo; quizás tú puedas completarlo en tu dispositivo cualquiera que este sea.

 

Azar: ¿el tiempo de Dios es perfecto?

Querido lector (a), no sabes cuánta rabia (léase arrechera) me produce la expresión: El tiempo de Dios es perfecto; utilizada, obviamente, cuando a esa persona le han ocurrido asuntos beneficiosos dentro de los cuales, sin duda, hay que nombrar a la venganza. Sucede pues, que, cuando a alguien que te hizo una mala acción, el tiempo se encarga de “ponerlo en su sitio” y sufre un accidente cardiovascular o, uno de tránsito, que también es una conmoción en una vía, pero de cemento, o un cuervo le picoteó los ojos, una paloma defecó en su boca abierta cuando se quedó dormido en la plaza, o la abandonó el marido “y ahora anda putiando esa bicharanga, bien hecho no joda”; en fin, cuando a esa persona le va mal, le cae una pava o queda turuleco, paticojo, mochidedos, ojituerto… para siempre, nadie se da cuenta de que en ellos el tiempo de Dios falló; porque, digo yo, también es uno de sus hijos, ¿o no? Es curioso que este tiempo también falle cuando ocurren las grandes tragedias humanas y naturales. ¿O la perfección del tiempo divino también abarca a las tragedias?

 

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Ahora bien, lo importante de todo esto, no sé si estarás de acuerdo conmigo, es que nos muestra que el azar es casi un sinónimo de tiempo. ¿Todo ocurre dentro de su marco? En verdad que esto es enredado, porque lo primero que uno piensa cuando se nombra el azar, es en las casualidades: eventos que ocurren sin premeditación ni alevosía por parte del Señor o de ningún otro, sea diablo, ONU o Presidente de la República; ¡qué casualidad!, solemos decir para referirnos a dos sucesos que confluyen y no sabemos por qué ni cómo.

Entonces me temo que la divinidad nos ha colocado dos trabas que no parecen coherentes –claro, tú dirás, la lógica de Dios no es la nuestra, y pudieras estar tentado a decir: el tiempo de Dios es perfecto; pero no te creo capaz de hacerlo–: por un lado, el libre albedrío; por otro; la perfección de su tiempo. (Y dale con las palabras claves). Para mí, el primero de los nombrados encaja mejor con la noción de azar, porque este sería la imposibilidad de saber qué va a ocurrir en la próxima hora, mucho menos, mañana. Uno vive al azar, a la deriva, ¿me explico? Al menos que trabajes, te cases y tengas hijos; allí todo está premeditado, el tiempo perfecto de Dios reina vivito y coleando. ¿Qué vas a hacer con el dinero ganado?; gastarlo, hoy y mañana, no importa. ¿Qué vas a hacer con tu mujer esta noche?; obvio, lo que ella quiera hacer contigo. ¿Qué harás con tus hijos? Por supuesto, eso es tu problema; lo dejo en las manos del azar.

 

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La sustancia del azar

Sabes, hay algo que me da dolor de cabeza de tanto darle vueltas: ¿mi azar es igual al tuyo? ¿El azar es individual o colectivo? No te asustes, es la misma pregunta, solo quise impresionarte para que creas que yo sé pensar; pero si lo supiera hacer, no te estaría preguntando nada. Así que deja de leer este post si quieres certezas; de aquí saldrás más confuso que como entraste; te lo juro por mi azar, digo, por mi honor. Ahora, por favor, cambia la cara y ponte serio: de pana que, si el tiempo es relativo, por la bendita relatividad esa que cubre todo de manera absoluta, el azar también debería serlo. No hay manera de saberlo, solo podemos tener sospechas, hipótesis, porque nadie ha inventado hasta ahora un reloj que mida el paso del azar. No obstante, yo creo que la necedad del azar es ajustarse a cada vida, a cada destino y, pese a que es ciego, jugar sus cartas.

 

El azar no tiene la última palabra

Las cartas también son ciegas, sin imágenes; el azar nunca tendrá representación en el Tarot; por eso jamás tendrá la última palabra. (Guao, quisiera dejar esta parte hasta aquí, porque me quedó bien calidad, pero me están pagando por un artículo más largo, así que lo siento, debo seguir rellenando). Aventuro otro concepto de azar y, sospecho que, al hacerlo, igual que ocurre con el tao, deja de ser azar: es el tiempo sin origen ni medición. Dentro del azar: las coincidencias, las causas, las causalidades, las casualidades, lo ilógico, lo inesperado, el destino individual y el colectivo, las reencarnaciones…

Tanta ciencia, tantas explicaciones, tantas leyes, han hecho que el azar potencie su terquedad, y se estire, se encoja, se meta y se vuelva a meter estropeando todo, burlándose de todos; porque no hay azar que por bien no venga ni azar que mal no suceda. Amén, que así sea.

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

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