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Las Moscas (II) por Arnaldo Jiménez

Es probable que las moscas hayan llegado en las embarcaciones junto con los primeros conquistadores y colonizadores proliferando con la basura europea hasta diezmar con nuevas armas (bacilos, virus de sarampión, la tuberculosis, el herpes y la gripe) a la generalidad de los indígenas de nuestro territorio, así como del resto del continente americano.

Lo cierto es que las moscas lejos de ser exterminadas son habituales inquilinos en nuestras residencias, son los diminutos y mortales representantes de la conquista, que no solo ha sido el apoderamiento del territorio con sus riquezas, sino el debilitamiento de la población por la incubación en el soma de fatales enfermedades. Tanto antes como ahora, los niños son las víctimas predilectas, pues, como nos los dice Eduardo Galeano en “Las Venas Abiertas de América Latina”, matando a los niños se exterminan las posibilidades de sublevación.

Basta internarse en el paisaje de los barrios para que comprendamos que las moscas son parte íntima de las mucosidades infantiles y de sus patologías diarreicas. Son huéspedes recurrentes y obsesivos de las bocas abiertas en el sueño vencido por el alcohol o por el llanto. Ellas suelen posarse lentas sobre los desencantos, en las otras sobras del hombre. Su basura interna.

 

Las moscas suponen hoy una ampliación de la problemática de la conquista, no solo son la elocuencia de su permanente y mortal presencia, sino la danza de otra guerra que se libra sobre los manteles y las comidas, sobre las alacenas y las aguas, en los rezos y en las bondades; las moscas representan el daño de nuestra inutilidad, en ella se internan y se revuelcan, la aman y la poseen para luego devolvérnosla convertida en problemas del orden de lo gnoseológico, así como de higiene social.

Las moscas colocan siempre el límite de nuestra mortalidad y de nuestra fragilidad como especie. Nuestra pululación se realiza, se hace posible en el odio y en el exterminio presentes en los conflictos bélicos, allí nos juntamos para ser animales que atacan, animales que cumplen un designio genético, una pulsión, una meta instintiva.

Nada de lo cultural tocado por las moscas es únicamente cultural, posee una sobre gracia, luce una huella más de lo animal; lo natural procesado también es usado por los animales; las moscas mismas son tanto culturales como naturales, son seres sociales, civilizados, considerando los objetos por medio de los cuales ellas vehiculizan sus contagios.

 

Lo antes dicho también ocurre con los roedores, estos animales saben que no están en un medio natural, saben que son atacados, se defienden, se unen para contestar, invaden, conquistan. Coexisten con la industria, con las políticas de Estado, con los planes económicos.

Las moscas se llevan en vuelos obsesivos y veloces las diminutas partes de lo que en el hombre no sirve y se lo devuelven en un juego estupendo de retroalimentación de las inutilidades, aunque la inutilidad de las moscas no le es propia, proviene del hombre y de su forma de trabajo, y no habría manera de etiquetar éticamente a las moscas, siempre en relación con el hombre, es éste quien las ha reproducido, las ha utilizado, las ha elaborado en el gran laboratorio que es la sociedad industrial, y aquéllas se les han opuesto, se les han enfrentado y plantado una guerra en la que el zumbido pareciera ser tan mortal como el ruido de los proyectiles y de los misiles.

La exorbitante proliferación de las moscas anuncia una fácil victoria cuyo grito es el zumbido de lo diminuto que se globaliza, que se agolpa para atacar desde el fondo mismo de las necesidades humanas. Comer es inmediatamente producción de enemigos, y en éste sutil y horroroso acto todos nos negamos la vida, todos nos convertimos en asesinos potenciales de nosotros mismos. Las divisiones sociales, desde el punto de vista de las moscas, son innecesarias.

Nada puede lograr la esterilización de los alimentos, el basurero crece irremediablemente, es decir, el excremento de las casas y las industrias aumenta con su amenaza de extinción. Las moscas y los basureros son los componentes activos de la neocolonización.

 

Componentes que miden el grado de autonomía, de alienación que tiene actualmente la conquista, tantos unos como otros han escapado, por lo menos en este aspecto, del control humano.

Nuestra completa inserción en el mercado capitalista mundial en calidad de economía dependiente ha ido modificando lentamente nuestros hábitos alimenticios y defecatorios, (en un extremo la exorbitante muerte por diarrea, en el otro extremo, una creciente masa de gentes estíticas, de sintomatología crónica, por el alto consumo de carbohidratos y comida “chatarra”) y, por supuesto, la estructura física de las casas y la ubicación de los baños, una historia que nos permitiremos desentrañar brevemente:

Es cierto que en los albores del siglo diecinueve, antes de la explotación del petróleo, los baños de la supuesta clase dominada eran construidos dentro de la misma casa, pero lejos de la cocina y la sala. Por los años cuarenta llega la llamada poceta de cadena, la cual seguía manteniendo un hueco en el piso, con la forma de los pies labrada a ambos lados del mismo, generalmente, aquellas formas eran hechas con cerámicas o cemento rústico.

En el brocal desembocaba un tubo por el que bajaba agua, ésta estaba depositada en un tanque situado a mayor altura que la de un hombre adulto, el agua caía cuando se halaba hacia abajo una cadena. Esta poceta se grabó tanto en el imaginario de la población que aún hoy se utiliza la expresión “baja la cadena” para significar desecha las heces o mándala al mar.

 

Coterráneamente coexistió este modo de aposentar las fletadoras de heces a la madre tierra con la famosa letrina (ambas, grandes fuentes de moscas) que era construida al final de los patios completamente separada del resto de las casas.

Esas primeras pocetas tenían la altura del hombre, sugerían su postura erguida y completa, plantado en el piso, incómodo, como debe ser la asimilación de las bases de la civilización, en ellas se expresa el inicio de una sociedad en la que las cochinadas no habían salido a la luz pública, no habían formado parte de la novedad moderna ni habían sido asumidas por la sociedad de consumo como una mercancía explotable.

 

Las pocetas “modernas” sientan al hombre para completar una especie de híbrido mitológico, la imagen del hombre está coartada, incompleta, con una especie de boca o de hueco que hace pensar en el vacío que lo define.

Es curioso que uno de los hombres que más hondo llegó en el conocimiento del alma occidental arribe a las siguientes conclusiones: “No me caliento mucho los cascos a propósito del bien y el mal, pero, por término medio, he hallado muy poco bien entre los hombres. Por lo que he llegado a saber de ellos, en su mayor parte no son más que escoria…” (Freud, S. carta a Pfrister.1918).

Lo que nos deja entrever que el hombre lleva lo putrefacto en su alma, por tanto, la cultura no es más que la expresión de sus podredumbres y la lucha interminable contra su propio contagio, contra sus propias producciones de lo que va dejando de respirar por crueldades e ironías, digamos que su parte limpia, dialécticamente unida a la otra parte, restringe cada vez más los límites de su pureza por mantenerlas expuestas siempre al dominio y al escarnio de la civilización; en cambio, la escoria es casi siempre tapada, envuelta en bolsas plásticas, reciclada, desinfectada y olvidada; en términos de Freud, reprimida.

 

Esto no significa que no exista resistencia y lucha contra el dominio en los continentes que, como el nuestro, hemos heredado del hombre blanco sus diminutas y mortales partecitas negras y, del hombre negro, sus virtudes blancas.

La cocina es un innegable escenario de esa lucha en la medida en que se preserva el arte culinario y la medicina popular, indisoluble y tradicionalmente ligados. Pero esta lucha supone el uso de las mismas armas que luego reproducen y aumentan la contaminación, y con ella, las moscas.

 

La sociedad en que nos ha tocado vivir acostumbra a escribir la historia de sus actos públicos, y la muestra limpia, fragante, hermosa y poderosa, sin moscas merodeando sus entretelones, mientras que oculta la de sus actos privados por considerarlos a-históricos, sucios e inmorales (como la reciente explosión de estiércol en la isla de la pedofilia; como la historia de los baños: o de cómo el hombre se las ha arreglado con sus restos) con el sobrevuelo exagerado de los alados seres representantes de la podredumbre humana.

En verdad, es todo lo contrario. Los actos íntimos son también cambiantes y expresan mejor nuestra perversa condición de animales exiliados.

Sin embargo, estamos orgullosos de pertenecer a esta cultura que nos han impuesto los centros dispersos del poder mundial, blancos, sobre todo. Cultura superior y occidentalmente asesina. No hay Mesías ni Dios que no tenga que doblegarse y dejarse masticar por el gran proceso digestivo de nuestra sociedad.

 

Nosotros también queremos pisotear las obras divinas para que nuestros hijos se sientan dignos de ser ponentinos como sus padres, y prosigan por siempre esta tradición, blanca, sobre todo. No hay hombre ni fe que no salga convertido en estiércol, la visión que más desea ver el poder, y tenga tarde o temprano que beber las cloacas del sistema del cual somos miembros pomposamente efímeros y perpetuamente excretados… ¿Cómo moscas?

 

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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.

Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).

Ha publicado:

En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).

En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

(Tomado de eldienteroto.org)

 

 

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