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«Mujer, feminismo y literatura» por María Alejandra Rendón (II parte)

La entrada a lo que fue el desarrollo y la modernización en el continente, representará una abundante publicación de obras hechas por mujeres y de su creciente valoración estética.

Amauta, la revista en el Perú, fundada por  J.C Mariátegui en 1926, por ejemplo, representó un movimiento ideológico político y cultural en el que participaron  las más emblemáticas autoras de la época.

Así en América latina la aparición de las mujeres en la creación será constante y creciente, no estarán a la par de la producción masculina, lo referencial, canónico, lo valorado y aceptado,  pero harán lo posible para colarse de muchas maneras y lograr ser reconocidas, pese a los prejuicios literarios.

 

Sin embargo, advierte Espina que:  “Siglo y medio después de que muchas mujeres han sido reconocidas en el quehacer literario y artístico, sigue siendo verdad que, en general,  igual formación no conduce a igualdad de oportunidades ofrecidas ni desde las dependencias culturales de los gobiernos ni en los medios artísticos y literarios” .

De acuerdo esto, es pertinente sumar las palabras de Helena Araujo cuando refiere: A las mujeres se les ha educado para que se expresen en dimensiones que le son extrañas. Al rebelarse y aspirar un espacio propio, se dan contra el muro de su propia indefensión. Aquí y ahora, un cambio en el concepto de identidad sexual urge, antes de que la tradición se ampare de todas las revoluciones posibles: el poder creador es esencialmente subversivo, sea cual sea la forma que tome.

 

La renuncia a la marginación o la trascendencia de ésta, representaba un peso enorme para muchas mujeres e  intelectuales, en tanto  se encontraban (aún se encuentran) en una sociedad profundamente conservadora, cuya armonía social era sinónimo, no sólo de sumisión y  recato moral, sino del respeto a toda forma de jerarquía.

Ser artista, intelectual, escritora de cualquier género, era y sigue siendo, de por sí, un acto revolucionario y feminista. La creación desde lenguaje, supone estar en un territorio de profunda conflictividad.

 

La conquista de la esfera pública para las mujeres, era algo más que una demanda, se constituye en el siglo pasado y éste como una necesidad. Ya en las fábricas, en las plazas, en los escenarios púbicos; las mujeres renuncian a sus faldas largas y van a reclamar sus cuerpos, pero sobre todo empezarán a crear con la mirada puesta en sí mismas como realidad histórica.

Pero esa conquista jamás representó estar a salvo, ni menos vulnerables que el resto de las mujeres: Sara Beatriz Guardia (2001), apuntaba que: Las mujeres que escriben en este período de tránsito de los finales del modernismo y desarrollo del vanguardismo, expresaron un mundo interior pleno de intensidad lírica, expresado sin temor ni vergüenza de ser mujeres, de sentirse artistas y libres. Probablemente por esto, aparecen como personas extrañas, revoltosas, demasiado sensibles. Son las trágicas de la historia cultural latinoamericana: Alfonsina Storni se suicidó, Delmira Agustini murió asesinada por su marido, María Luisa Bombal intentó asesinar a un antiguo amante, y María Antonieta Rivas Mercado se suicidó en la Catedral de Notre Dame, en París.

Pero a esta lista pudieran sumarse gran cantidad de escritoras, todas conformando una identidad trágica y compleja,  mujeres que, por intelectuales, no pudieron escapar de la lógica castigadora y suicida del capitalismo patriarcal burgués.

 

Ahora bien, así como existe una  explosión de escritura femenina que se viene registrando en los últimos cincuenta años, con acento en los últimos treinta, por todos los países de América Latina, se ha estado entrando en un momento de reflexión y análisis.

Hay un diálogo entablado a nivel internacional entre escritores, escritoras y críticos para determinar los puntos de coincidencia o no, entre la literatura femenina latinoamericana y las otras literaturas, incluida la teoría literaria.

Las tres décadas que van de 1970 a 1990 se ubica el periodo de mayor visibilización  del trabajo de las mujeres en todos los géneros literarios y artísticos en este hemisferio, afirma Espina junto a otras autoras.

Yo agregaría que la última década registra un repunte sin precedentes en el continente, pero, además, re-cualifica ese proceso de re-emergencia de la literatura hecha por mujeres, es decir,  se palpan más claramente los contornos que la definen y la instituyen.

 

La revisión de este nuevo canon ha hecho transcender a la literatura latinoamericana en general y por consiguiente la hecha por mujeres. La globalización de los medios  empleados para la difusión masiva ha permitido un diálogo fluido entre las obras y críticas literarias de todas las latitudes.

El adentramiento de la perspectiva de género como  territorio explorativo, explicativo y, a su vez, critico, ha permitido sostener ese dialogo.

El revisionismo feminista se propone examinar el papel de la mujer en periodos anteriores, antes y después de la invasión colonial, como en los distintos procesos de independencia de los países de América Latina.

 

Esto quiere decir que la literatura es uno de esos espacios en los que se abre paso a la resistencia cultural. Para las mujeres ese espacio de resistencia, la literatura, reivindica esa memoria ocultada y también la voz de la mujer que estuvo sometida a dos formas de silencio impuestas: la dominación política imperial y la dominación patriarcal que en América Latina se expresa de manera profunda respecto a otros continentes.

Entonces, desde el punto de vista literario, las mujeres fungen de guardianas de formas literarias propias de la región; el testimonio y la oralidad, por ejemplo, serán una de las tantas formas de las que se valdrán las mujeres para expresarse en razón de una memoria con raíces en el mestizaje y, por lo tanto, en una cultura sincrética.

 

De manera que la literatura latinoamericana, si algo tiene de característico es la heterogeneidad propia de los muy particulares avatares históricos. Ese registro de lucha permanente que tiene como signo la dominación, el tutelaje y la penetración cultural forzada, ha convertido  a la creación  y crítica literarias en un claro código  de protesta, de denuncia y de defensa de la vida.

Pero, para la mujer escritora ha sido una de las tantas maneras para re-nombrarse dentro de un discurso sexo- genérico en el que se encuentra visiblemente marginada y fragmentada.

Es también la heterogeneidad latinoamericana la que ha permitido explorar, desde una nueva perspectiva feminista, un imaginario del mestizaje en el cual la mujer se representa con una autonomía y poder que la distingue de las imágenes construidas en la cultura europea», (Martínez, 2011).

 

Existen rasgos temáticos-discursivos que se unifican en torno a una identidad emergente: la desacralización el lenguaje; la renuncia  al  rígido papel de esposa y madre abnegadas;  el rechazo a la condición de ser social y políticamente un sujeto segundo orden; la condena a la segregación racial; el enfrentamiento a factores políticos desacreditados y a dogmas religiosos; así como la protesta contra  el fenómeno de doble y triple explotación y el estado de marginación que representa ser parte de una cultura silenciada por siglos; es decir, rechazando la voz tranquila y apacible que  se enmarca dentro del arquetipo de lo que el orden dominante entiende y reproduce como femineidad o eterno femenino, constituyen los rasgos característicos de la literatura femenina Latinoamericana.

En resumen, se trata del rompimiento con la imagen estereotipada que hizo de las mujeres un ser que debe permanecer al margen de las trasformaciones.

Hay muchísimos ejemplos  como María Emilia Cornejo (Perú 1950-1972) que antes de suicidarse cuando apenas tenía 22 años escribió:

Yo soy la muchacha mala de la historia/ la que fornicó con tres hombres/ y le sacó cuernos a su marido/ soy la mujer que lo engañó cotidianamente/ por un miserable plato de lentejas…/ soy la mujer que lo castró/ con infinitos gestos de ternura/ y gemidos falsos en la cama/ soy/ la muchacha mala de la historia.

 

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Afirma Guardia que es la época del dolor para las mujeres escritoras. Cuestionar y defenderse implicó mucho conflicto y, sobre todo, dolor. Toda postura de rechazo al orden patriarcal representa un peligro para las mujeres en general.

También, cabe decir,  que existe  una influencia del movimiento feminista mundial,  para tal rompimiento; su cumulado teórico-práctico sus grandes y masivas movilizaciones y también los valiosos resultados de lo que ha sido una lucha por la justicia que hoy se expresa en más derechos y espacios conquistados.

Y, aunque América Latina no ha hecho calco y copia de estos procesos y desecha o rechaza los elementos no compatibles con su realidad, ha podido interpretarlos respondiendo a su propia realidad política, económica y cultural; ha tomado de él sus mejores preceptos, comparte algunos de sus principios fundantes y lucha por los mimos objetivos dentro de una realidad más heterogénea y no menos compleja.

 

Esta realidad del movimiento feminista impacta de manera importante a las intelectuales, raras veces al margen de los grandes cambios propuestos y conquistados por los feminismos. Los espacios académicos que acogen buena parte de la producción literaria, son de cierta manera epicentros de grandes movimientos políticos, culturales, y estéticos.

Las mujeres han estado en diálogo con las tensiones y distensiones de esos importantes procesos, también han sido protagonistas y parte importante de vanguardias estéticas, aunque no siempre los hombres estén dispuestos a compartir los laureles.

Algunas veces desde su condición marginal participan o cuando menos contemplan, analizan y critican, raras veces ignoran o desestiman la realidad histórica.

 

Para las mujeres escritoras, la realidad es algo más que para el resto de las mujeres, frente a ellas está en insumo para crear, existe una apropiación distinta de los argumentos,  la materia susceptible de ficcionalizar y los particulares  niveles y registros discursivos. Una realidad que es escrutada, intervenida por la mirada de ellas mismas, cuestionada, puesta en duda y aceptada hasta cierto punto.

La literatura latinoamericana hecha por mujeres ya no es tan íntima, como siempre se ha querido definir, asociadas a la mixtura, lo arcaico, lo sin sentido o  instintivo. Ha venido adquiriendo un carácter social que viene madurando y tomando el derecho de palabra hasta ser hoy parte importante de la estética que ahora rige.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

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