«Notas sueltas (del vano ayer)» por José Carlos De Nóbrega

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El tambor de hojalata y los tambores de Calanda

A Maruví Leonett Villaquirán

Acabo de leer el primer libro de la siempre magnífica novela de Gunther Grass, El tambor de hojalata, de 1959. Veinte años después, se produce su adaptación cinematográfica bajo la dirección de Volker Schlondorff, quien también escribió el guion junto al autor, el libretista de Buñuel, Jean Claude Carriere, y Franz Seitz.

Vi el filme a principios de los años ’80, cuando era más joven y recién salido del bachillerato. Me había enterado que la pasaban en el cine La Viña de Valencia, la de Venezuela, en el ciclo de los martes selectos de Daniel Labarca. Me hice de ocho bolívares que costaba la entrada y me fui en cola para el cine. Quedé maravillado con la historia de Oskar Matzerath, el niño que a los tres años dejó de crecer, encarnado por David Bennent.

En la novela se trataba de un enano quien a golpe de tambor contaba su vida desde un manicomio. El espectador, debajo de la mesa como Oskar, ve el despropósito adulto de la Alemania de Hitler, para acompañar su rebeldía de niño eterno y terrible. Novela y película, no obstante sus diferencias argumentales, destilan una poesía mestiza que vincula expresionismo alemán con realismo mágico latinoamericano.

No se trata de expiar culpabilidad inducida por el cine de propaganda de Hollywood, sino de saborear la infancia ideológica y estética del pueblo alemán encantado con Hitler, que luego se decidirá a crecer con este entrañable antihéroe de novela. Hoy, peste del siglo XXI mediante, valga la revisita de la Guerra Fría de café tibio entre tres, me identifico todavía con Oskar, pues deseo dejar de ser adolescente eterno como Malcolm Lowry y crecer más allá de la metáfora de mi país enredado en una crisis de larga data, desde el Viernes Negro de 1983 hasta la incertidumbre de los diálogos entre gobierno y oposición en ciudad de México.

Soy Nazarín que lleva su piña bajo el brazo, se reencuentra a sí mismo y se encamina a su propio destino mientras suenan los tambores de Calanda.

 

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Ayer, 8 de septiembre de 2021, siguiendo mi línea de lecturas literarias y cinematográficas ligadas a la cuarentena de inicios del XXI, vi dos filmes al tiro: La Caída de Oliver Hirschbiegel, de 2004, y Novecento o 1900 de Bernardo Bertolucci, de 1977.

La Caída se refiere a los últimos días de Hitler en su búnker de Berlín en abril de 1945. La actuación de Bruno Ganz nos muestra a un fuhrer bifronte: Además del monstruo megalómano, especialmente al ser humano enfermo de Parkinson y de una psicosis de campeonato. La podemos complementar leyendo a Reich y su esclarecedor libro de 1933 La psicología de masas del fascismo, donde se da una hipótesis sobre este fenómeno que no se acaba, amén de revisar El gran dictador de Chaplin, de 1940, un film valiente y una de las sátiras más vigorosas del III Reich. Tanto Reich como Chaplin fueron castigados por el fascismo gringo con el manicomio y el exilio respectivamente. El poder fáctico no admite que se les cuele el aire libertario así nada más.

Volviendo a La Caída, tenemos la recreación del espacio claustrofóbico del búnker como distopía en explosión y detritus de muerte y abyección. Más que la muerte e incineración de Hitler y Eva Braun, nos impactó mamá Goebbels envenenando a sus hijos con cianuro mientras dormían. Se asimila al Castillo de la República de Saló o, peor, la Sodoma del fascismo italiano puesta en coreografía macabra por un Pasolini desencantado con el desmadre de la República con sus logias corruptas, el terrorismo de las Brigadas Rojas y la inoperancia del PC en la Italia de los 70.

 

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No se trata de forzar el retorno de ciclos históricos por vía de la plantilla ideológica o estética del momento, sino de reconocer la impiedad de los poderes fácticos que perfeccionan la miseria, la dispensación de la muerte física y en vida, la represión de la sexualidad y la libertad en este mundo en el que nos revolcamos bajo la falacia de lo global y lo democrático.

Hubo, hay y habrá autoritarismo de derecha e izquierda con Pol Pot, Pinochet, Somoza, los Gulags y la banalidad discursiva que nos conduce al desmadre político, socio-económico y ecológico de hoy y de mañana. El fascismo se metamorfosea, permuta e infiltra hasta en el espacio íntimo sin que queramos darnos cuenta. Cotejemos con Kafka, Dostoyevski, Orwell y el Gabo. Nuestra disfuncionalidad ciudadana y social ama al Gran Hermano o a la gendarmería necesaria.

 

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José Carlos De Nóbrega es un ensayista y narrador venezolano (Caracas, 1964). Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura, de la Universidad de Carabobo (UC). Ha publicado los libros de ensayo Textos de la prisa y Sucre, una lectura posible, ambos en 1996, y Derivando a Valencia a la deriva (2006). Fue director de la revista La Tuna de Oro, editada por la UC. Forma parte de la redacción de la revista Poesía, auspiciada por la misma casa de estudios. En 2007 su blog Salmos compulsivos obtuvo el Premio Nacional del Libro a la mejor página web. En el año 2021 ganó el concurso de Ensayo de la VII Bienal Nacional de Literatura Félix Armando Núñez y el concurso de Crónica de la V Bienal Nacional de Literatura Antonio Crespo Meléndez, convocado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, por intermedio del Centro Nacional del Libro (Cenal) y la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

 

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