¿Cenan los tigres la noche de Navidad?… Mi mamá se volvió risa cuando el garzón soldado me pellizcó la barriga. Era domingo y el zoológico estaba la mar de lindo. Como si el sol se hubiera puesto de acuerdo con el domingo. Mi mamá se puso su falda nueva, se peinó con cuidado, y me dijo: —Sergio, hoy hacemos un paseo al acuario y al zoológico— Yo no iba a ver las toninas del acuario desde hace ¡Uff! muchísimo, como dos años, pues.

Entonces me puse contento, y nos fuimos a tomar el autobús.

Al llegar vi a un señor con un burrito de esos de mentira en la entrada, para que uno se suba y te hacen fotos, también tenía un sombrero grande, si tú quieres te subes en el burrito, te pones el sombrero y él te hace la foto, y la saca rápido porque es de esas ins­tantáneas.

Mi mamá me dijo para hacer una pero…yo no quise, tenía tan­tas ganas de ver los peces que me parecía que iba a quitarme tiem­po eso de la foto.

Entramos y ya estaba en el estanque de las toninas el señor que les da de comer.

Él se coloca cerquita de ellas y les ofrece la comida pero las hace hacer trucos primero, les pone un aro rojo muy grande, a la que salte por el aro le da una sardinita. Después les tira la pelota y ellas juegan, la hacen rebotar, la atajan, y entonces el señor le da sardinitas, y el público aplaude.

Uno sigue caminando por el pasillo y se encuentra con las pece­ras, ¡me cansé de mirar peces distintos allí!, de río y de mar.

Habían unos planitos pero grandísimos que mi mamá dice que comen carne, tienen los ojos como bolitas de vidrio, y nadan len­tamente, parece que nos vigilaran a los que estamos allí mirando.

 

También hay anguilas, esas tienen electricidad, y en el acuario le ponen unos bombillitos afuera para que uno vea cuando ellas descargan cómo se encienden los bombillos.

Vi tantos niños y muchachos ese día, mi mamá se echó a reír porque en un pasillo donde nadie los veía estaban unos muchachos con uniforme de la escuela enseñándose pasos de baile, y uno escogió uno muy complicado y cuando lo hizo se cayó y siguió en el piso dando vueltas.

(Mi mamá dijo que le parecía raro que escogieran el acuario pa­ra enseñarse a bailar, pero a lo mejor es que no quieren que las muchachas los vean… digo yo).

Salimos del acuario y atrás está el zoológico, es muy complicado pasar porque hay escalones y escalones, hay que mirar primero la jaula grande de los pájaros, donde lo que más hay son turpiales, unos amarillos con las alas negras.

Hay un estanque grande cuando uno apenas entra al zoológico, y a los lados quedan los caminitos para ir a las jaulas de los anima­les, me llamó mucho la atención lo chiquitos que son, quiero de­cir, todos son cachorros, raro ¿verdad?

Bueno, uno veía un cartel que decía: TIGRES, y subes las esca­leras y hay: ¡cachorritos de tigre!, tres, caminando de un lado para otro, después dice: GATO MONTES, y uno va a verlo y es igual: me pareció tan chiquito y delgado, echado junto a un pote con agua y unos cambures (¿comen cambures?). Mi mamá ya estaba cansada de caminar y se sentó en un banco, yo seguí viendo caminito arriba las otras jaulas, y encontré hasta leones, pero también parecían gaticos y además me pareció que ¡estaban tan tristes!

 

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Cuando bajé a encontrarme con mi mamá ella estaba mirando el garzón soldado, él es blanco en la parte de abajo de su cuerpo y la cabeza es oscura con un pico muy largo, y se mantiene recto, er­guido, y es como serio.

Mi mamá había sacado de la cartera su camarita fotográfica y es­taba enfocando al garzón, cuando me vio venir me dijo: —Sergio, ponte allí cerca, cerca del garzón soldado, para hacerte una fo­to—.

Yo miré al ave un poco con preocupación porque él estaba allí cerca del estanque, muy de pie en una sola pata y no me gustó la mirada que me dio, pero…me puse cerca y traté de hacer una sonrisa con mi boca para la foto de mi mamá, y cuando ya casi es­tamos en “pose” el garzón ¡alarga su cuello y me agarra la barriga con el pico! Uyyyyyyyyyy!, yo pegué un grito tan grande que el garzón me soltó rápido y corrí a la falda de mi mamá, ella primero puso una cara de susto ¡blanca como la leche! y se quedó con la boca abierta como los muñequitos en los dibujos animados, pero después empezó a reírse conmigo, y los dos salimos pura risa y risa de lo asustados que habíamos estado.

Esa tarde, mientras mamá envolvía los regalos de navidad para mi abuelo, y mi tío y mis tías, y Catia, y Claudia, y Josefina, y Francisquito (que son mis primos) y yo la ayudaba a cortar la cinta y a escoger los papeles con dibujitos que se parecieran a la gente, yo pensaba y pensaba, ¿saben en qué?, pues en los felinos, mi ma­má me explicó que casi todos los animales que vimos en el zooló­gico se llaman felinos. Desde los gatos hasta los leones pasando por el puma y el leopardo, todos son felinos, y entre ellos deben ser tíos y primos y abuelos, ¡se parecen tanto! Les decía pues, que no hice más que pensaren los felinos del zoológico porque me pa­recieron tan tristes, tan chiquitos allí, y ¿sus papás, y sus abuelos, y sus primos?, todos chiquiticos, cerraba mis ojos y los veía, dando vueltas en esas jaulas y como mirando hacia un lugar lejano, pen­sé: —¿Los traerían del Safari Carabobo?, ¿Sus papás estarán allá? Le pregunté a mi mamá y ella se quedó pensando mientras le echaba las fruticas confitadas a la mezcla de la torta negra, y me dijo: —No sé, Sergio, en Margarita también había un Safari y se acabó, a lo mejor estos cachorritos nacieron allí… y ¿por qué no me ayudas a ponerle mantequilla al molde de la torta?

 

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Mientras busqué la mantequilla se me ocurrió una idea, pero no podía decírsela a mi mamá todavía, porque era un idea un poco…como les diré, un poquito rara. Ella terminó de colocar la torta en el horno y me invitó a que sacáramos de las cajas las piezas del pesebre, esas figuritas están en la casa hace muchos años, ¡ufíff!, desde mucho antes de que yo naciera, y mamá las saca todas las na­vidades y arregla con tela y papel periódico las montañas, para co­locar la casa grande (donde va el niño y todo eso) y luego las coli­nas, donde pone espejitos que hacen de lagos, y pastores con ove­jas y casitas con papel de seda y escarcha en las ventanas, a mí me gusta ver cómo salen de las cajas todas esas cosas, y como se va armando el pueblo, y como las ramas de los árboles que son de pa­pel rizado dentro de las cajas duermen pero al sacarlas y abrirlas con cuidado ellas vuelven a estar despiertas y frondosas otra vez, una vez cada año.

Me puse a ordenar en el piso todos los animalitos que encontré, tenemos sobre todo gallinas y patos, ovejas mínimas que hizo Patricia (una prima de mamá), y un pavo real con la cola llena de colores. Pero…no vi felinos.

—Mamá, ¿por qué no hay tigres en el pesebre?—

—¡¿Tigres?!— y a mi mamá se le cayó la guirnalda de papel de se­da que estaba intentando colocar arriba en el techo para colgar de ella la estrella de Belén, y ella misma casi se cae también.

—Pues, tigres… ¿y para qué tigres?

—Mira porque… hay caballos, y gallinas, y hasta un elefante, ¿por qué no tigres?—

Mamá se bajó de la escalera, se sentó en un escalón, puso cara de pensar y dijo: —Verdad, ¿por qué no?—

 

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—Mamá, yo tengo entre mis juguetes unos tigres pequeños, ¿puedo traerlos y los pongo aquí?—

—Sí, sí. Tráelos—

Cuando terminamos el pesebre era todo esplendor, tenía lucecitas que se prendían y apagaban, y casas en las laderas, y gente con­versando en todas partes, y a los tigres los pusimos en algunos pa­tios jugando con niños o mirando a los patos en un lago de espejito. Mi mamá hizo muchas bromas sobre lo que cenarían los tigres en la noche de navidad pero yo le contestaba que como era noche de navidad seguro que los tigres se portaban bien y hasta jugaban con los patos y los demás. Y yo creo que si son tigres domestica­dos… bueno. Pero aproveché que mi mamá hablaba de tigres y de cena para explicarle mi plan.

Mamá había hecho un rico queso relleno con gallina que le en­señó a hacer mi tía Lucía y que además a ella se lo enseñó la abuela, y mamá dice que ese plato se comía siempre en su casa por navidad. Entonces tenemos ese queso rico para nosotros solos, y tenemos un jamón, que ella mandó a cocinar en el horno de la pa­nadería, y tenemos una rica torta negra, y bueno…resulta que mi abuelo y mis tíos y mis primas están en Maracaibo y no pueden ve­nir, y nosotros no vamos a ir, y en este barrio somos nuevos, y …mamá prepara los regalos y las tarjetas y todo lo envía; pero la cena, bueno, la cena es para nosotros dos …Entonces …seguro que ustedes ya saben lo que yo pensé… bueno, eso fue lo que le propu­se a mamá… Ella se me quedó mirando como siempre me mira cuando necesita buscar una respuesta y tiene dudas, pero dijo:

—Pero, en noche de navidad debe estar cerrado el zoológico—

—Sí mamá, pero alguien debe cuidar los animales, seguro que a algunos de los guardias les toca tumo esta noche—

—Verdad que sí, y habrá luces también—

 

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—Sí, y los felinos no se van a sentir tan solitos, y si no sabían lo que era eso de la navidad esta noche se enteran— Y…Aquí esta­mos, mi mamá arregló todo en una cesta grande, dividió el queso en porciones, buscó platos de cartón, cubiertos, servilletas, prepa­ró ponchecrema (que también le enseñó tía Lucía), hizo jugo de parchita, termo son agua, dulces, pan de jamón, y con eso nos vi­nimos aquí, y mamá arregló todo sobre un mantel en la grama, y aquí están los señores que cuidan los animales y que limpian de hojitas secas los caminos sentados con nosotros, y hay uno que has­ta ha cantado canciones esta noche, y yo estoy contento porque me gusta como mi mamá se ríe y porque, ustedes no lo creerán, pero, a estos felinos sí que les gusta el queso relleno de gallina que pre­paró mi mamá, además, estoy seguro de que ahora ellos saben lo que es esto de la navidad…

 

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Biografía de Laura Antillano

Nació en Caracas, en 1950. Cuentista y Novelista. Realizó estudios literarios en la Universidad del Zulia y se desempeña como docente en la Universidad de Carabobo, es guionista de cine y televisión y articulista de diversas publicaciones.

En 1977, ganó el premio del concurso de cuentos de El Nacional y en 1983 el Primer Premio del Concurso de Cuentos Julio Garmendia.

Sus obras: La Bella Época (1969); Un carro largo llamado tren (1975); Los Haticos, casa N° 20 (1975); La muerte del monstruo comepiedra (1970); Perfume de Gardenia (1979); Dime si adentro de ti no oyes, tu corazón partir (1984) y Cuentos de películas (1985).

En el año 2015 fue galardonada con el Premio Nacional de Cultura, mención Literatura.

 

Comentario tomado del prólogo de María Elena Maggi:

(…) “¿Cenan los tigres la noche de Navidad?”, en el que Sergio, el pequeño protagonista, nos cuenta como des­pués de una visita al zoológico, él y su mamá terminan compar­tiendo su cena de Navidad con los temidos felinos. Es un hermoso cuento que transmite el sentimiento navideño de una manera ori­ginal y novedosa, ubicando la cena en un marco insólito, jugando con situaciones cotidianas y fantásticas, sin que el dominio de los recursos narrativos anulen la frescura y expresión de los senti­mientos.

 

Tomado de “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985) / Ciudad VLC