#Opinión: “Repensar los Derechos Humanos” por Ismael Noé

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«las ideas, antes de materializarse, poseen una extraña semejanza con la utopía»                                                                                   Jean-Paul Sartre

 

Al releer los postulados del abogado y filósofo Josetxo Ordóñez, colaborador del excelente Centro de Estudios catalán Cristianisme i Justicia, nos asalta la imperiosa necesidad de comentar sus reflexiones en torno a los Derechos Humanos, tan ignorados y tergiversados, pero sobre todo en el actual contexto de atrocidades perpetradas contra el pueblo colombiano y el palestino.

En el primer caso, asombra la saña represiva del presidente Iván Duque contra los jóvenes manifestantes resueltos a poner freno a la ola neoliberal y las consabidas medidas fiscales que asfixian a las grandes mayorías de la población neogranadina.

En segundo lugar, la nueva escalada criminal del gobierno de Israel contra la población civil en la Franja de Gaza, a decir de Chomsky, “El campo de concentración a cielo abierto mas grande del mundo”. En ambos casos, preferimos augurar el advenimiento de nuevos ciclos históricos, quizá los dolores de parto de ambas comunidades (Colombia y Palestina) anuncien el alumbramiento de nuevas realidades, el fin del uribismo y sus tonton macoutes y la extinción de la era Netanyahu, respectivamente.

A decir de Ordóñez, los derechos humanos se encuentran en un momento de pasión y muerte: pisoteados en muchas partes, y cuestionados tanto por determinadas posiciones políticas de carácter xenófobo y autoritario, como por sectores que los consideran un instrumento de colonización y homogeneización cultural.

Es por esta razón que necesitan ser puestos de nuevo en valor, quizás a partir de una redefinición en profundidad. El autor plantea resucitar los derechos humanos para que den respuesta a las necesidades del momento presente y ayuden al reconocimiento de todas aquellas personas que quedaron excluidas de la primera formulación formal (1948), enfocando la mirada en la actualidad y el aquí y ahora.

“No hay derecho”

“No son pocas las situaciones que vivimos en que se pueda decir, y con razón, «no hay derecho», (…). Yo mismo no puedo evitar pensar en ejemplos vivos de realidades migratorias, fuertemente interpeladoras: fronteras, muros, concertinas, naufragios, ahogamientos, centros de internamiento, deportaciones…”. Sostiene el filósofo.

“El lugar de los derechos es un lugar simbólico, un espacio que, como dice Pepe Laguna, es «toda construcción social que reconoce, acoge y posibilita el desarrollo de identidades individuales y colectivas». Antes, Hannah Arendt había descrito esa especie de cartografía de los derechos humanos cuando afirmó que la privación fundamental de estos se manifiesta primero y sobre todo «en la privación de un lugar en el mundo en que se haga significativas a las opiniones y efectivas a las acciones». Así que, negar de cualquier forma ese lugar en el mundo que reconoce las opiniones e identidades y permite las acciones es lo mismo que privar de los derechos humanos”.

En resumen, los derechos humanos se entienden como un lugar fundamental de reconocimiento, reconocimiento sinónimo de apreciación social, entendida esta, a su vez, de dos maneras: por un lado, como reconocimiento de identidad y, por otro, como un reconocimiento político y jurídico.

Lo contrario del reconocimiento es el menosprecio, que, según el filósofo Axel Honneth, se expresa de tres formas: la primera es el maltrato o la humillación físicos y morales, la segunda es la privación de los derechos y la exclusión social, la tercera es la degradación del valor social de las formas de autorrealización. En otras palabras, las tres formas de reconocimiento son el amor, el derecho y la solidaridad. Y son las condiciones que permiten relaciones donde los humanos puedan ver garantizadas su dignidad o su integridad.

Ante la injusticia concreta, es más sencillo que todos aquellos que la contemplan lleguen a un acuerdo y proclamen: «No hay derecho». En esta expresión coloquial se encierra una profunda verdad: la injusticia es el lugar del no derecho, sinónimo de sin derecho. Con razón, la apabullante multiplicación de las injusticias nos hace afirmar que los derechos humanos quedan inermes; es como si ya no hubiera derechos humanos.

Para concluir este abreboca, Ordoñez nos recuerda que los derechos humanos fueron proclamados en solemnes declaraciones, tratados y convenios internacionales. Se dice en ellos que son también «irrenunciables, inalienables e imprescriptibles». Irrenunciables porque no dependen de la voluntad; el sujeto titular de los derechos no tiene capacidad de disponer sobre esa titularidad: le es, de algún modo, inevitable.

Los derechos están fuera del ámbito de la voluntad, por eso se proclaman también inalienables: no pueden cederse o transmitirse a otros sujetos. Inalienables porque no pueden ser arrebatados por nadie, tampoco por el Estado ni por el derecho del Estado. Imprescriptibles porque el transcurso del tiempo no los invalida, los derechos humanos no caducan. Los derechos humanos son intemporales. Estas características de los derechos humanos –universalidad, inherencia, irrenunciabilidad, inalienabilidad e imprescriptibilidad– son el humus2 de la tierra en que fueron sembrados.

Los derechos humanos fueron derechos basados en una radical igualdad compartida: todos somos humanos.

Sin embargo, los derechos humanos modernos son conceptualmente occidentales, pero también son coloniales, imperialistas en lo cultural, y han forzado el desperdicio de la experiencia del mundo no occidental. Han sido «epistemicidas», como escribe Boaventura de Sousa Santos. En el mundo de los derechos humanos también subyace el mundo de la modernidad con estructura caníbal. La idea dominante de los derechos humanos, que ha sido y es la que exporta Occidente, ha devorado los otros modos de pensar y de decir la justicia y los derechos de otros lugares del planeta.

Derechos humanos resucitados

“El siguiente elenco de derechos es una humilde propuesta de gigantes (…) No pretende ser un catálogo o un decálogo perfecto, cerrado y autorreferencial, sino una aproximación a las respuestas inéditas y viables que se pueden pensar y realizar ante las urgentes interpelaciones acerca de los derechos humanos.”

  • Derecho al reconocimiento de las dignidades diversas en los seres humanos. Las dignidades deben estar en el fondo de los derechos humanos interculturales y cosmopolitas.
  • Derecho a conocimientos alternativos. El epistemicidio masivo perpetrado por la modernidad occidental implica este derecho.
  • El derecho a la restitución, a la reparación y a la justicia ante la violación individual y, sobre todo, masiva de los derechos humanos.
  • El derecho a una transformación del derecho a la propiedad orientada a la solidaridad. Más allá del Estado y del mercado, hay que reinventar un tercer ámbito de dominio: un dominio social colectivo, no centrado en el Estado; privado, pero no orientado al lucro.
  • El derecho al reconocimiento de derechos humanos a entidades incapaces de ser titulares de deberes. Concretamente, la naturaleza, nuestra casa común, y las generaciones futuras.
  • El derecho a llevar el capitalismo histórico a juicio en un tribunal mundial. El capitalismo debe rendir cuentas por su alto grado de responsabilidad en la muerte de los derechos humanos en forma de «creación masiva de miseria, empobrecimiento cultural y destrucción ecológica».
  • El derecho al desarrollo a escala humana y a la paz. Desarrollo no es lo mismo que crecimiento y el desarrollo no se refiere a objetos (como el PIB o la balanza de pagos), sino a personas, en cuanto capaces de mejorar su calidad de vida y de cubrir sus necesidades humanas fundamentales.
  • El derecho a la autodeterminación democrática.
  • El derecho a la sentimentalidad, al cuidado, a la ternura y a la misericordia.
  • El derecho a organizar y a participar en la creación de los derechos. Este derecho humano debe ser un principio político básico.

El desafío para estos derechos humanos interculturales y cosmopolitas está en escuchar y tomar en serio los saberes de las comunidades locales de las diversas partes del mundo. La práctica de estos derechos humanos es una forma de enderezar lo torcidas que pueden ser las acciones humanas, y reconocer la dignidad para incrementar la convivencia y hacer las paces.

No sabemos si tras la pasión y la muerte de los derechos humanos alcanzaremos a vivir su resurrección. Solamente creemos en esa resurrección, que, como tal, no es a una vida anterior, ya vivida, sino a una existencia nueva y renovada.

Parafraseando a Vicent Martínez Guzmán, los derechos humanos hay que inventarlos, imaginarlos, iluminarlos. El proyecto puede sonar más bien iluso o inconcreto. Está formulado así a sabiendas, pero, como en una ocasión apuntó Jean-Paul Sartre, «las ideas, antes de materializarse, poseen una extraña semejanza con la utopía».

 

 (1) Tonton Macoute (Tonton macut, el hombre del saco en español) es el término utilizado para designar a la policía secreta y milicia personal del dictador haitiano François Duvalier (Papa Doc), organizados en forma de grupos de paramilitares que prestaban apoyo a su régimen. Su hijo y también dictador, Jean-Claude Duvalier (Baby Doc), igualmente se sirvió de ellos para perpetuarse en el poder.

(2) La palabra humanidad deriva de “humus”, de origen latín “humanus”, formada por “humus” que significa “tierra”, y el sufijo “-anus” indica “procedencia de algo”, en virtud de la referencia que se hacía de que el primer humano fue hecho con arcilla, tierra, o lodo.

 

Ismael Noé / Ciudad VLC