“Pink Floyd The Wall Siglo XXI” por José Carlos De Nóbrega

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José Carlos De Nóbrega autor de la columna "Salmos y Proverbios"

Esta gran obra conceptual de Pink Floyd no sólo comprendió la propuesta musical como tal de 1979, sino también la cinematográfica dirigida por Alan Parker a principios de la década de los 80. En la historia del rock sinfónico, hard o metal no es extraño tal discurso transgenérico, pues tenemos por ejemplo la Ópera rock «Tommy» y el film «Quadrophenia» vinculados al grupo británico The Who y llevados al cine por Ken Russell. En 1974, Peter Gabriel y Genesis presentaron «The lamb lies down on Broadway», álbum doble conceptual cuyo drama, el del protagonista puertorriqueño y paria Rael, se ambienta en Nueva York. Lamentablemente, Gabriel no pudo completar la película derivada de tan ambiciosa obra musical, lo cual supuso su separación definitiva de la banda. Es causal, pues, que este músico se asociara con el director Parker en 1985 para llevar a cabo el filme «Birdy» y luego con Martín Scorsese en «La última tentación de Cristo» de 1993.

Evidentemente, Pink Floyd tenía ya experiencia en proyectos de esta índole. Citemos «Animals» y, por supuesto, «The dark side of the moon». Sobre todo este último hito de 1973 que marcaría el primer punto de inflexión de la agrupación: La baja por enfermedad mental de Syd Barret, referente esencial en el sonido psicodélico de la primera república del grupo inglés. El siguiente momento sería la década dominada por el bajista Roger Waters hasta este disco doble levantador y destructor del muro como metáfora neurálgica del siglo XX.

La película y antes el doble acetato me marcarían muy joven, recién adquirida la mayoría de edad en 1982. Creo que vi la película siete veces en la semana de su estreno en Valencia. Sólo me superarían Daniel y Sergio Siugza, amigos míos de esa época. Sergio era mi mejor proveedor de discos y cassettes en la discotienda Billboard del CC Avenida Bolívar. Le buscaba coincidencias forzadas entre la vida de Pink, el protagonista de The Wall, y mi propia biografía. No era niño durante la guerra, pero sí quedé sin papá José treinta años después en la Caracas de la renta petrolera. Fui un joven desgarbado hijo de portugueses que no quería ser comerciante. No fui astro del rock, sino escritor a partir de los 28 años. Ello pese a comprar nuestra propia batería con los hermanos Camarán en Naguanagua. Al ser más adultos, mis tambores y platillos, el bajo de Álvaro y la guitarra de José Gregorio se quedarían cogiendo polvo en la casa de ellos,  frustrado nuestro sueño hard rock tipo Ritchie Blackmore’s Rainbow o, mejor todavía, rock progresivo a lo Rush.

Para Pink, la condición de rock Star se le hacía pesada entre la viudez y sobreprotección materna, además de la desilusión ideológica y estética durante la Guerra Fría duelista entre USA y URSS. El pasón estético se desparramaba sobre la desencaminada lista de éxitos Billboard o Melody Maker adosadas a las payolas transnacionales del disco. El rock duro y facha del espectáculo alienante, «Run like hell» o el querer una mujer sucia, dará paso a los temas depresivos antes del dark punk como el piano de «Nobody home», el diálogo patético entre guitarra acústica y violín luego de que Pink destruyera el cuarto de hotel,  o «Confortably numb» con ese par de solos memorables de guitarra de David Gilmour. «Another break in the wall» es un engañoso single promocional que despotrica con ira y motín contra el sistema autoritario escolar en Inglaterra.

Ingresé en ese tiempo a la Facultad de Educación de la UC. En la asignatura de Pedagogía, expuse sobre la educación bancaria, represiva y burguesa bajo la fluencia de la película de Parker y el disco de acetato comprimido en un cassette. Usé una lámina dibujada por Juan Carlos Fernández, hoy maestro de escuela y caricaturista del diario Ciudad Valencia, en la que un molino convertía a los alumnos en carne de cañón y de embutido, composición alusiva a los dibujos animados ácidos del film. Lamento hoy haberla perdido y no poderla utilizar en este blog a modo de ilustración. Todavía extraño el haber destruido mi primer cuento de río Cabriales y viejos vagabundos, además de mi colección de El Santo el enmascarado de plata.

 

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En este caos de ideas, The Wall fue no sólo el muro en el que Pink y yo nos disgregamos del contexto que nos tocó vivir, sino un pretexto inútil para justificar nuestra adolescencia eterna. El rock Star se dejó despedazar por el juicio de las voces autorizadas de la matriarca viuda, el maestro, la esposa descuidada e infiel y el abyecto juez cara de culo que en un tsunami de miasmas derriba sus muros. Era la década nefasta de Reagan, Margaret Thatcher, el Khemer Rouge de Camboya, el post estalinismo más estalinista de Breshnev y Andropov. Hasta que en 1990, Waters monta y desmonta la pared en el derruido muro de Berlín con un concierto histórico en el supuesto Fin de la Historia de Fukuyama, la escuela de Chicago y la estandarizada Globalización.

Entretanto, padecí con el rock argentino la desastrosa empresa de Las Malvinas. Los pibes descuartizados por los ghurkas, la marina y la aviación británicas, más la cobardía homicida de los milicos, fueron afrenta lavada sólo un ratico por Maradona en México 1986 con dos goles de placa, el del bribón y el del mago, ambos de factura justiciera poética. En el 90, los helicópteros Black Hawk desaparecieron el barrio El Chorrillo en Panamá y no mejora lo de la peste de narcos, paracos y malos gobiernos en América Latina. Siguen abaleando a Gaitán y Galán en Colombia. Los saqueos de 1989 me pillaron desempleado y separado de mi primera esposa en casa de mamá Augusta. Aún nos quieren meter los corsarios protestantes la globalización de la miseria hoy.

Este segundo año de Pandemia, cumplo hoy viernes 7 de mayo de 2021, mi primer año de viudo de Yudi, quien andará de lo más contenta en el Paraíso de su gusto, con los suyos que habían arribado un poco antes. Ella y mi gran familia política, consanguínea y de panas me quitaron de las garras mortales de la depresión que heredé intoxicado por The Wall, según la cultura del reguetón y el resto de la música idiota. Sigo escuchando en Soda 95.1 FM la música que me provoca la rebeldía melómana. No sé si ojos selva que no me miran ahora, leerán esto, pero sí los azules, glaucos, pardinegros, negros de hembra brava y todos los maravillados de mujer. Claro los de mis camaradas hombres también obrarán a mi favor. Pero me sostiene escribirles con este Amor Loco que los abraza apretao bien apretao desde esta Cueva de Platón.

 

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José Carlos De Nóbrega es un ensayista y narrador venezolano (Caracas, 1964). Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura, de la Universidad de Carabobo (UC). Ha publicado los libros de ensayo Textos de la prisa y Sucre, una lectura posible, ambos en 1996, y Derivando a Valencia a la deriva (2006). Fue director de la revista La Tuna de Oro, editada por la UC. Forma parte de la redacción de la revista Poesía, auspiciada por la misma casa de estudios. En 2007 su blog Salmos compulsivos obtuvo el Premio Nacional del Libro a la mejor página web. En el año 2021 ganó el concurso de Ensayo de la VII Bienal Nacional de Literatura Félix Armando Núñez y el concurso de Crónica de la V Bienal Nacional de Literatura Antonio Crespo Meléndez, convocado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, por intermedio del Centro Nacional del Libro (Cenal) y la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

 

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