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Vielsi Arias Peraza autora de la columna Ciudad Escrita

En el marco de la Filven 2023, los días 13 y 14 de noviembre poetas venezolanas contemporáneas prestaron sus voces para que poetas de principios y mediados del siglo XX estuvieran nuevamente con nosotros: Luz Machado, Ana Enriqueta Terán, Emira Rodríguez, Enriqueta Arvelo Larriva, Hanni Ossott, Ida Gramcko y Miyó Vestrini.

De la voz de nuestras poetas: Ana María Oviedo Palomares, Belén Ojeda, Pamela Rahn, Deisa Tremarías, Yurimia Boscán, Indira Carpio, Yanuva León y Vielsi Arias Peraza, pudimos escuchar nuevamente a las fundamentales de la literatura venezolana.

La iniciativa estuvo a cargo del sello editorial Nila ediciones, un sello venezolano independiente centrando en el interés de visibilizar la poesía escrita por mujeres.

En el emotivo encuentro, celebrando en dos momentos, se habló sobre la vida, obra y  la importancia para la poesía venezolana y se leyó una selección de sus textos. Comparto en esta entrega el texto leído sobre la obra de Ana Enriqueta Terán.

 

Ana Enriqueta Terán, con su mano de hoy, únicamente

 

por V. A. P.

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Ana Enriqueta Terán despertó su sensibilidad de escribir en la biblioteca de su padre, Don Manuel María Terán Labastida, un asiduo lector, artesano y campesino que conservaba una gran biblioteca con los clásicos de la literatura: Chateaubriand, Selma Lagerlof, Henry Longfellow, Jane Austen, Edgar Allan Poe, Teodoro Dostoievski, Balzac, Víctor Hugo, Gustave Flaubert, Góngora, entre otros. Estos títulos llegaban por encargo, cada cierto tiempo, al puerto de Maracaibo. Por ello, desde niña cultivó la tradición familiar de leer en voz alta a los clásicos y con siete años de edad, comenzó a escribir su novela Apuntes y congojas de la decandencia novelada en tres muertes.

“Sibila y misteriosa”, custodió en celo de hembra el idioma. Empolló verbo como culto señalado por Dios. TEA nos dice que el poeta está advertido por un dedo invisible para aguardar rituales antiguos, custodiar palabras y sostener un mural de tiempo.

Ya aseveró la poeta Juana de Ibarbouru en el prólogo del libro “Verdor Secreto”, que Ana Enriqueta maneja el idioma como quien lo inventa para sí. Su exaltación del lenguaje para alabar la casa, el paisaje, la memoria familiar le viene dado por la influencia de los clásicos del Siglo de Oro Español (Góngora y Garcilaso ) cuya preocupación está centrada en tallar las palabras, esculpirlas exactas; celebrar la naturaleza, su tierra que es también su sangre.

 

Desde su primer libro Al norte de la sangre, hasta el último, Ana Enriqueta celebra la vida en una voz que oficia ceremonias sagradas. Se nos presenta como “una sacerdotisa” que construye un lugar: su casa natal. Una hacienda de 1918 donde los oficios alaban la casa: hacer el pan, hacer ropas claras, sembrar alimentos. Todo era hecho con las manos.

Ungida de estos principios, la poeta consagra una vida al oficio de artesana de la palabra y se dedica a esculpir “los ríos del alma”: ríos de Venezuela que van a dar al Sur.

Su entrega amorosa devela aquello que San Juan de la Cruz llamó “las profundas cavernas del sentido. Nuestra poeta, a pesar de haber experimentado con el verso libre, prefiere las formas clásicas por sentirse en absoluta libertad.

Como nos advierte Patricia Guzmán en el prólogo del libro Casa de Hablas, TEA apoyada en esta tradición, nos propone una poesía que al igual que Petrarca muestra el paisaje del Sur como correspondencia de sus sentimientos. Urgando en la memoria familiar nombra ríos, flores, árboles, paisaje que celebra y en el que se funde.

A su juicio, estas formas obligan a un manejo más profundo del idioma. Por esta razón, siempre mostró interés por escuchar a los jóvenes con el ánimo de guiar y acompañar su proceso de escritura. Era severa con la crítica y generosa con las voces auténticas.

 

Durante su estadía en Morrocoy y Jajó se dedicó a enseñar a leer a los niños que frecuentaban su casa. En Valencia, a menudo recibía a jóvenes poetas de la ciudad y del país que iban a leer sus textos. Aunque no estaba de acuerdo con los talleres de poesía, para ella se corre el riesgo de escribir como el ductor, consideraba que cada quien va encontrando una voz propia en la medida que escucha y lee a otros. De esta manera entraba el idioma y era posible escribir sin dejar ver la costura del poema.

Ante los cambios suscitados en el contexto literario de su época, como consecuencia de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, TEA se inscribió en la influencia  hispanizante asumida por un grupo de escritores que prefirieron sostener la estructura clásica, de la que Andrés Bello sería su máximo exponente.

 

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Juan Liscano afirmó que nuestra literatura siempre ha expresado cierta rebeldía, como consecuencia de ese proceso transitorio que llevó a Venezuela a convertirse “de una sociedad agraria latifundista, a una sociedad regida por los ingresos petroleros y gobernada bajo la amenaza de la imposición de un régimen militar”. Según su apreciación, esta rebeldía sufrió procesos graduales de interiorización y complejidad del lenguaje, tomando como punto de partida el medio ambiente geográfico, social y psicológico del ser.  La literatura trascendió la referencia de la naturaleza para insertarse en un espiral cada vez más íntimo, en lo que él denomina una interioización yoica.

Después del grupo Viernes, la poesía venezolana se diversificó en muchas tendencias. Sin embargo, la poeta se inclinó por las formas heredadas del barroco español, dando lugar a una voz propia en su anhelo por nombrar la naturaleza mostrándola en todo su esplendor. Al contrario de los poetas de su generación, se afianza en solidez de las formas clásicas del poema.

La obra de Ana Enriqueta Terán se inscribe en el florecimiento de la voz femenina dentro de la poesía venezolana. Proceso que se inicia a principios del siglo XX gradualmente  y que ocupa el escenario, con insurrección poética a la que paulatinamente se le otorga organicidad dentro del mapa histórico de la literatura del país.

Se le reconoce así en la trilogía de las voces precursoras de la poesía escrita por mujeres en la que se encuentran: Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1968), y Luz Machado (1916-1999). De allí que viene a dar peso a la sincera desnudez de todo pudor.

Ninguna mujer aparte de nuestra Delmira, tiene como Ana Enriqueta Terán ese místico y ciego arrebato que da al desnudo de cuerpo y alma, tal divina pureza de antigua estatua. Ana Enriqueta Terán tiene, entonces, la oportunidad de abanderar la voz mayor que signará mandatos en el lenguaje a las sucesivas generaciones, apoyada en las voces que esculpieron idioma en su casa: Andrés Bello, don Luis de Góngora y Garcilaso de la Vega.

Ana Enriqueta Terán, nace en Valera en una hacienda de caña en 1918.

Cumplió funciones diplomáticas como agregada cultural en la Embajada de Venezuela en Uruguay y Argentina entre 1946-1949.  Fue Presidenta del Ateneo de Valencia entre 1959-1961. Doctora Honoris Causa en Educación por la Universidad de Carabobo. En 1990 recibió el Premio Nacional de Literatura de manos del Presidente de la República. Fue la escritora homenajeada de la III Feria Internacional del Libro de Venezuela y de la IV edición Festival mundial de poesía.

Publicó, entre otros, Al norte de la sangre (1946); Presencia terrena (1947); Verdor secreto (1949); Testimonio (1954); De bosque a bosque (1970); El libro de los oficios (1975); Casa de hablas (1975-1980); Libro de Jajó (1980-1987); Casa de Paso (1981-1989), y Albatros (1992), Autobiografía en tercetos trabados con apoyos y descansos en Don Luís de Góngora.

 

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Vielsi Arias Peraza, Venezuela 1982. Poeta, docente, investigadora, columnista y promotora cultural. Ha publicado: Transeúnte (2005), Los Difuntos (2010), con el que obtuvo la mención honorífica en poesía del Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca; La Luna es mi pueblo (2012), Luto de los Árboles (2021) y Mandato de puertas (2022). Es miembro del Consejo de Redacción de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo, miembro de WPM, capítulo Venezuela, y miembro del equipo promotor de la Escuela Nacional de Poesía de Venezuela.

 

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