María Alejandra Rendón, autora de la columna Nos (Otras)-Un abrazo para Valencia
María Alejandra Rendón, autora de la columna Nos (Otras)

El problema del romance, tal y como lo conocemos, está en su vinculación intrínseca con el sufrimiento, la entrega, el perdón, la devoción y la sumisión. La idea de fusión que forma parte de los postulados del amor romántico hace que, tras la decisión de compartir la vida con una persona, nos veamos involucradas, muchas veces, en relaciones de dependencia emocional, económica e, incluso, física.

Existen casos en los que se desdibujan los límites propios y damos prioridad a la idea de pareja que nos han construido; esa en la que las decisiones propias y la identidad se ven comprometidas. A veces no estamos seguras de cuáles decisiones forman parte de nuestra voluntad consciente y cuáles hacen parte del pacto romántico que está preconcebido desde una absoluta asimetría.

 

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“Después de la revolución sexual, llega la revolución amorosa: las mujeres que queremos dejar de sufrir por amor (romántico) estamos trabajando para desengancharnos de una de las drogas más potentes del mundo, y para evitar que más mujeres se conviertan  en constantes idealizadoras”. (Coral, H.)

No podemos dejar solas a las niñas y adolescentes mientras las bombardean con cuentos de princesas y películas con final feliz. Hay que prepararlas para que no vayan desarmadas a la guerra mundial contra las mujeres, creyendo ingenuamente en los mitos que nos ponen de rodillas: el mito romántico, el mito de la familia feliz, el mito de la conciliación o la trampa de la exclusividad. Se trata de interpelar y desmontar los principios sobre los cuales se erige una idea de amor que resulta esclavizante y destructiva para la autoestima.

 

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Convocarnos, junto a los hombres, a cuestionar la práctica del sufrimiento (normalizado) para ir construyendo fórmulas liberadoras y que nos permitan compartir un vínculo afectivo sin sacrificar nuestra autonomía. Una nueva ética-AMOROSA que prescinda del contrato de exclusividad cosificante y establezca relaciones basadas en el reconocimiento mutuo y el crecimiento continuo, tanto en lo individual como en la vida pareja, es decir, en el ejercicio permanente de una autocritica amorosa que vaya más allá de la fosilizada idea que tenemos del amor por resultar realmente castrante.

 

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La idea que tenemos del amor, asumiendo que en su nombre todo se vale y se puede, es una completa estafa, y es allí donde principalmente compramos el primer boleto a la inconformidad y el sufrimiento; empezando porque la idea que tenemos del amor está complemente distorsionada, puesto que no se relaciona con lo que hay por construir diariamente, sino con la emoción como condición preexistente y suficiente para que todo el contrato social  que se desprende de dicho vínculo, no sólo se dé por sentado, sino que sea razón suficiente para no revisar las decisiones cotidianas y poder subvertirlas a favor de la felicidad de quienes integran el lazo. Si una de las partes no es feliz no podemos llamarle amor, porque cuando éste es una construcción común, pertenece y beneficia a ambos y nadie toma ventaja alguna dentro de ese pacto, siendo que cuando ello sucede ya no estamos decidiendo amar, sino que nos convertimos en personas esclavas de una relación que de amor NO ES.

 

 

El éxito de la gran narrativa del Amor romántico está en la des-racionalización del amor, convirtiéndole en una idea externa a las personas o una pulsión involuntaria  que toma control de las emociones, los sentimientos, la sexualidad y el deseo sexual. Asimilamos estas ideas desde que tenemos uso de razón y nos relacionamos en una sociedad patriarcal.

Entonces, la idea es ir un paso más allá y encontrar maneras de querernos y relacionarnos sin hacernos daño y en condiciones de igualdad. El poder quererse bien y desde el disfrute, no desde el sufrimiento; desde la plenitud para compartir y no desde la carencia; desde la construcción de capacidad y no desde la frustración ante  el de-crecimiento individual. “Que podamos amar como adultas, en libertad y, sobre todo, nunca sometidas al poder de un hombre y nunca sufriendo la esclavitud laboral, doméstica y reproductiva que vivieron nuestras abuelas. Esto es esencial porque nos han hecho creer que el sufrimiento es súper necesario para todo, para sacarse una carrera, para aprender, para tener un buen trabajo, para lucir bella y es mentira. El sufrimiento en realidad no sirve para nada,  no es útil y no nos ayuda en nada a las mujeres” (CHG).

 

 

El amor romántico es lo más antagónico al amor, y la sumisión es su rasgo más característico. Pero lo que hay detrás de la sumisión como “valor” es una autoestima completamente deshecha y una identidad desdibujada. Entonces esa sensación de vacío, de cansancio, de estancamiento, de NO SER, se asimila como el sacrificio-sufrimiento necesario por el otro, que a veces no es solo un “otro”, es una familia entera haciendo usufructo de ese acto individual de sacrificio, al cual comúnmente se le llama amor y no esclavitud, aunque duela y haga sentir agotamiento, confusión, insatisfacción e inconformidad. Entonces el amor romántico, tal como lo entendemos, también es sacrificarse de forma exclusiva e ilimitada, aunque ello implique abandonarnos a nosotras mismas.

Creo que, por fortuna, las mujeres avanzan en una búsqueda por dejar de representar el conjunto dependiente, tanto emocional como  económicamente; por aprender a traducir el malestar que implica los vínculos  basados en la desigualdad, así como cuestionar la exclusividad como indicador de “sacrificio amoroso” y darle  también cabida a las categorías correctas y que están asociadas a sutiles y marcadas expresiones de violencia, es decir, llamar las cosas por su nombre: detrás de la sumisión y el “sacrificio” hay, casi siempre, violencia psicológica, miedo, falta de e herramientas, desconocimiento y mucho temor al juicio de una sociedad machista muy punitiva cuando se trata de las libertades individuales de las mujeres.

 

 

Las mujeres hemos estado  haciendo lo propio al problematizar sobre un tema que nos determina en el actuar cotidiano. No existe territorio en el que se exprese mayor nivel de sometimiento y violencia que en el vínculo sexo-afectivo, en el que se da por hecho que amar es admitir cualquier acto que atente contra el más primitivo instinto de supervivencia. La mayoría de casos de violencia (En las más de 20 maneras en las que la misma se expresa, incluidas las más visibles y extremas) se dan dentro del vínculo de pareja, el cual tiene lugar, la mayoría de veces, dentro del pacto de Amor romántico. No son violencias aisladas, sino sistemáticas y casi de manera generalizada en la población de mujeres y, lo que resulta peor, muchas de ellas aún naturalizadas, legitimadas y perpetuadas por una industria cultural que establece una equivalencia entre amor y  sufrimiento, como si se tratase de variables co-dependientes.

La mayoría de veces el final feliz no llega y no tiene porque ser una búsqueda.  El amor compañero sí es real, es construcción diaria y para el disfrute de todos los días. El amor como entidad colectiva no es exclusivo de la pareja, es también  para la familia, amistades, pasiones, trabajo, personas, causas y, sobre todo, para nosotras mismas.  El relato de las telenovelas y las películas oferta esa idea de final feliz para remachar que el sufrimiento vale la pena si es por el desenlace tan esperado, pero en la vida real el final es, por lo general, impredecible o desastroso, a veces mortal.

 

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El amor  real sí tiene condiciones.

El amor real no es una emoción, sino una decisión consciente.

El amor  real no controla y es compasivo.

El amor real no nos niega a nosotras mismas.

No es amor si sentimos frustración o miedo.

No es amor si a la hora decidir no estamos conformes.

El amor real no somete, sino que es una práctica liberadora.

El en amor real nadie es de nadie, las personas se elijen.

El amor real no necesita de finales, sino de presentes.

El amor real no se sufre.

El amor real no pone en peligro el amor hacia nosotras mismas.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

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