«Del culto a Bolívar y el mito de la Gran Colombia» por José Carlos De Nóbrega

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El caudillo José Antonio Páez fue quien patentó y diseñó el Culto a Bolívar como legitimación de su propio poder y su proyecto político conservador. El 17 de diciembre de 1842, con las pompas fúnebres del caso, trajo los restos del Libertador a su Caracas natal. No obstante, Páez tuvo que sortear la oposición de sus mismos partidarios y del Congreso controlado por él. Desde 1833, hizo la propuesta a un poder legislativo temeroso pues se evidenciaría el despropósito de la Cosiata y el parricidio al Padre de la Patria en el Congreso de Valencia de 1830 en La Casa de la Estrella, lo cual supuso la proscripción de Bolívar y la muerte de la Gran Colombia.

En el tomo 2 de «Historia política de Venezuela», Manuel Vicente Magallanes (1979) lo evidencia sin atenuantes: «Al gobierno no le quedaba otro camino que conceder la amnistía y afrontar la traída de los restos de Bolívar» (p. 143, tomo segundo). No en balde transcurrieron nueve largos años, para que Páez lograra sus objetivos por partida doble, lavar sus culpas respecto a Bolívar y valerse de su estatura histórica como fetiche funerario e ideológico del proyecto político conservador y caudillista. La jugada ajedrecista se resaltó con la crónica magistral de Fermín Toro respecto al evento: En 1843 circuló la primera edición de «Honores fúnebres a Bolívar», documento literario y político del Canon venezolano publicado de forma facsimilar en 1984 por Cementos Caribe C.A..

El Culto a Bolívar, pues, se prolongó a lo largo de nuestra historia republicana escindida de la Gran Colombia, en tanto puntal de procesos políticos caudillistas ulteriores: Guzmán Blanco el Ilustre Americano, Juan Vicente Gómez el Benemérito y Rómulo Betancourt el Padre de la Democracia de Punto Fijo. Hugo Chávez y el bolivarianismo revisitado en revolución socialista del siglo XXI sería una propuesta liberadora a contracorriente de las antes mencionadas. Más que Culto es un Gran Relato de múltiples usos ideológicos y pragmáticos, fundamentado en una interpretación sesgada y entenebrecida de referentes como Simón Rodríguez, Rufino Blanco Fombona, Augusto Mijares, José Luis Salcedo Bastardo y Vinicio Romero.

Asimismo, estableció una tipología historiográfica de la cual se alimentaría y cimentaría la clase política gobernante tan variopinta. Tenemos entonces los apólogos como José Martí, Blanco Fombona, Mijares, Vicente Lecuna, nuestro Samuel Robinson, Salcedo Bastardo y Romero; y luego los anti-bolivarianos críticos al estilo de Luis Castro Leiva, Elías Pino Iturrieta y Germán Carrera Damas. El Culto a Bolívar por parte de apólogos y díscolos del bolivarianismo, responde a la realidad de la institucionalidad política dominante en la Venezuela republicana de las denominadas Repúblicas que oscilan entre conservadores y liberales. Se trata de la sociedad de cómplices que de la esfera política toca al resto de la sociedad venezolana, desde los estratos más populares hasta los más culteranos.

En un discurso pronunciado el 24 de junio de 1983 en el Palacio de las Academias en Caracas, con motivo del Bicentenario del Natalicio de Simón Bolívar, el polígrafo José Manuel Briceño Guerrero denuncia el Culto a Bolívar en tan mezquino contexto histórico-social: «El culto a Bolívar es una fachada; el poder político se asumió como reparto y rapiña, erigido sobre el desvencijado aparato institucional de la colonia española, apuntalado por instituciones emprestadas a la Europa segunda» (Briceño Guerrero, 2010, en «Zona Torrida», p. 40).

Briceño, a contracorriente del boato funcionarista, lo desmonta describiendo al Libertador bajo la óptica clásica de Tucídides en el discurso de Pericles: la condición de hombre excepcional, su legado vivo y sembrado en todo el mundo, ser objeto de culto oficial y su presencia innominada en la ciudadanía» más cercana a su corazón que a sus actos» (Briceño Guerrero, 2010, p. 40).

Claro está, con una honestidad personal e intelectual despiadada, Briceño rasga el velo de las Academias y del país político y nacional, describiendo a Bolívar y su proyecto integracionista latinoamericano en el contexto de la crisis estructural de pueblo de Venezuela a finales del siglo XX (y extensible al XXI): «Yo sé que Simón Bolívar no es el Padre de la Patria. Yo sé también que Venezuela no es una patria» (Briceño Guerrero, 2010, p. 39). Esto no es una contradicción de la que el pensador de Palmarito incurre en frágil consideración de la Historia de Venezuela y América Latina. El sueño bolivariano, como punto de partida y no como calco ahistórico, no trajo consigo una nación sino una entelequia geográfica y administrativa a merced de los partidos en tanto facciones, grupos de intereses y sociedades cómplices. Más adelante, Briceño lo especifica en lamento profético e histórico: «El culto oficial a Bolívar, característico y definitorio del estado republicano, no guarda continuidad con la presencia innominada de Bolívar en nosotros más cerca de su corazón que de sus actos. El poder político venezolano, después del corto lapso de estupor que siguió al parricidio, recuperó el cadáver de Bolívar y lo hizo objeto de un culto supersticioso que encubre el terror de su resurrección y garantiza su muerte, separándolo de la tierra donde podría germinar» (Briceño, 2010, p. 40). Equivalió también a escindir a Bolivar de su proyecto político más ambicioso, La Gran Colombia. La opción anti-bolivariana apostó por la Doctrina Monroe y no por la tesis americanista del argentino Drago.

José Antonio Páez lo tuvo claro al asociarse con el Santanderismo: Dividir, vencer y establecer su propio feudo. Así no le resultara simpático el complotado socio neogranadino. Si bien se puede cuestionar a Páez desde la Ética, hay que reconocerle sus dotes de estadista calculador, empoderado consigo mismo y cínico. Sabía muy bien el caudillo llanero que la utopía integracionista bolivariana tenía pocas perspectivas de éxito, dadas las coordenadas poco propicias de partidos que no cesarían de imponer sus intereses por encima de la libertad y la gloria de sus pueblos.

Lo que sí tuvo solución de continuidad fue desnaturalizar la figura egregia de Bolívar y la alternativa continental, civilizatoria y libertaria implícita en la Gran Colombia. Germán Carrera Damas, en el Prólogo a «La Gran Colombia: Una ilusión ilustrada» de Luis Castro Leiva (1985), hace una lectura equívoca o inconfesable del Mito de la Gran Colombia. Subyace una alineación con los Estados Unidos bajo la figura del tutelaje, aduciendo entre líneas que el proyecto bolivariano peca de hipertrofiado y reñido con la realidad del momento entre la globalización capitalista y el Internacionalismo Comunista. «Por eso, Colombia fue una república de un solo ciudadano, y por llamarse Simón Bolívar ese ciudadano, la búsqueda constante de Colombia, tan agudamente percibida por Luis Castro Leiva como el drama de la razón política ilustrada de nuestro continente, es, al menos para los venezolanos, uno más de los caminos de retorno a un Bolívar del cual, sin embargo, no hemos salido» (Castro Leiva, 1985, p. 14). El siglo XXI demostraría que el tremendismo crítico de Pino Iturrieta, Carrera Damas y Castro Leiva sería la cabeza de turco con que la democracia representativa del XX se opondría a la democracia protagónica, socialista y comunal que a partir de la gestión de Hugo Chávez ocuparía los espacios del ejercicio político y la detentación del Poder en Venezuela.

 

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Al centralismo del proyecto de la Gran Colombia, coyuntural en el siglo XIX según los cálculos de Bolívar, hoy defendido por los socialistas bolivarianos, se le responde con el Federalismo tomado de los Estados Unidos. En ese sentido de la confrontación política y académica que nos embarga en los actuales momentos signados por la decadencia del modelo rentista en Venezuela, además de la falta de sinceridad ética e intelectual de ese constructo abstracto que es la economía de mercado según Von Hayek y Friedman, Castro Leiva apuesta por el federalismo y no por la utopía bolivariana: «La unión panamericana sólo resulta concebible, y ‘proféticamente’ practicable, a través de la complejidad del esquema federal (…) Se puede concebir la confederación de una Unión sin que se acepte el historicismo bolivariano» (Castro Leiva, 1985, p. 158). Es el retorno forzado a la polémica entre las tesis contrapuestas que sobre el americanismo concibieron Monroe y Drago. Las alternativas en materia de política internacional son mantener la OEA tal cual bajo el ojo vigilante e insomne de USA o, por el contrario, darle la extrema unción con la CELAC y la UNASUR en proceso de revitalización.

El propósito que alienta este artículo está referido más que a las respuestas concluyentes, a la formulación de preguntas lo más pertinentes y creativas posibles que faciliten la Búsqueda propia de América, más allá de la camisa de fuerza de las ideologías como falsa conciencia y su academicismo subordinado. Unos nos hablan de la Venezuela Faraónica o aparente, mientras Otros dan vivas a un País potencia en el contexto de un modelo republicano y rentista en pleno desahucio. Nos gusta más lo que Mariano Picón Salas escribe en uno de los ensayos de «Comprensión de Venezuela» (1949), catorce años después de la muerte de Juan Vicente Gómez, esto es entrar con más de treinta años de retraso al siglo XX: Que nuestro país ejerza la soberanía sin asfixiante tutelaje extranjero y se desarrolle como país modesto y autogestionario en el establecimiento de relaciones claras y respetuosas con el resto del mundo. Tarea esencial empero de una difícil realización posible.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Bolívar, Simón (1979). Doctrina del Libertador. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Bolívar, Simón. (2015). Carta de Jamaica y otros textos. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Briceño Guerrero, José Manuel (2010). Recuerdo y respeto para el héroe nacional. En revista «Zona Tórrida», número 42. Valencia, Venezuela: Universidad de Carabobo. Pp. 36-45.
Castro Leiva, Luis (1985). La Gran Colombia: Una ilusión ilustrada. Caracas: Monte Ávila.
Magallanes, Manuel Vicente (1979). Historia política de Venezuela, tomos 1-3. Caracas: Litografía Melvin.
Picón Salas, Mariano (1976). Comprensión de Venezuela. Caracas: Monte Ávila.
Toro, Fermín (1984). Honores fúnebres a Bolívar. Caracas: Cementos Caribe C.A.

 

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José Carlos De Nóbrega es un ensayista y narrador venezolano (Caracas, 1964). Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura, de la Universidad de Carabobo (UC). Ha publicado los libros de ensayo Textos de la prisa y Sucre, una lectura posible, ambos en 1996, y Derivando a Valencia a la deriva (2006). Fue director de la revista La Tuna de Oro, editada por la UC. Forma parte de la redacción de la revista Poesía, auspiciada por la misma casa de estudios. En 2007 su blog Salmos compulsivos obtuvo el Premio Nacional del Libro a la mejor página web. En el año 2021 ganó el concurso de Ensayo de la VII Bienal Nacional de Literatura Félix Armando Núñez y el concurso de Crónica de la V Bienal Nacional de Literatura Antonio Crespo Meléndez, convocado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, por intermedio del Centro Nacional del Libro (Cenal) y la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello.

 

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