“Tradición y ruptura, insurgencia y revolución” por Christian Farías

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Christian Farías-La Ventana Dialéctica-Nicolás Maduro-tiempo histórico

La tradición de los pueblos es la fuerza histórica, profunda y permanente en todas las culturas. En la tradición está la memoria colectiva que funciona como un acuerdo de legitimación de los valores, la moral, la ética y la estética, sobre los cuales emergen las creencias, conductas y saberes, que determinan el carácter y la fuerza de la espiritualidad y la racionalidad de los individuos, las familias, las comunidades, los pueblos y las naciones que conservan, si no todo, al menos lo más sólido, firme y consistente de su propia tradición.

En el lado opuesto o paralelo a las tradiciones están las rupturas, los inventos y los nuevos conocimientos de las ciencias y los avances e innovaciones de las tecnologías que, a su vez, modifican o revolucionan las formas de vida y sus costumbres, las creencias, la moral, la ética, la estética y hasta los hábitos de la vida cotidiana.

Las modas, por ejemplo, son invenciones temporales que consisten en posicionar o imponer determinados productos o artefactos (ropas, calzados, bebidas, ritmos musicales, formas de bailar, creencias religiosas, aparatos electrónicos, etc.) que alteran, desconocen o violentan las tradiciones. Generan rupturas en las costumbres, hábitos y formas de vida. En ese sentido, la tradición y las rupturas son opuestos, se enfrentan y generan nuevas tradiciones y nuevas rupturas, en esa especie de dialéctica negativa y sin fin.

En la historia de la geopolítica mundial, por ejemplo, la tradición indica que los pueblos se constituyen como naciones libres y soberanas, conservan y resguardan sus modos y formas de vida social colectiva a lo largo del tiempo; y con sus propios ritmos de evolución, avanzan y modifican sus propios sistemas civilizatorios. Todo ese proceso fortalece la tradición del trabajo, la unión, la paz, el desarrollo, la convivencia, la solidaridad, el amor, y todo el sistema de vida en general.

En contraste con ese paradigma de la soberanía integral de los pueblos, la historia también indica que los imperios nacen y se desarrollan a partir de procesos de expansión de sus fuerzas (económicas, militares, políticas, religiosas y socio-culturales) superiores y hegemonistas frente a la de otros pueblos que son invadidos y sometidos a ese poder extranjero.

De esa manera, para el pueblo invadido se ha producido una ruptura de su tradición, y para el pueblo invasor se genera un fortalecimiento de su tradición imperial. Es exactamente lo que ocurrió en la historia de Nuestra América y El Caribe a partir de los invasores europeos de 1492 y todo el siglo XV (españoles, portugueses, franceses, ingleses) y finalmente norteamericanos con su nefasta Doctrina Monroe de 1823, hasta el actual siglo XXI.

Los Estados Unidos de Norteamérica nacen como resultado de esa dialéctica destructiva de la ruptura contra la tradición. Los ingleses llegaron, destruyeron y exterminaron a los nativos pieles roja. Y sobre sus cadáveres y esclavización, construyeron la Nueva Inglaterra en una nueva tierra con nuevos mares y la misma raza blanca de origen anglosajón del viejo continente,

Ubicados ahora en el siglo XX y lo que llevamos del XXI, encontramos más rupturas que fortalecen el desarrollo y la intensidad del paradigma de la modernidad capitalista imperialista, neoliberal y destructiva de los mejores valores de nuestras tradiciones. Particularmente, las mejores tradiciones de las formas de convivencia y la producción económica de nuestros pueblos aborígenes, campesinos, costeros y urbanos.

Igualmente, durante el siglo pasado, nuestra tradición comercial y alimentaria, fue sometida a los embates destructivos que han padecido los pueblos y naciones de nuestro planeta. Por ejemplo, la tradición de comer sano con base en los productos del campo, fue violentada y casi destruida por las rupturas impuestas por la moda expandida de la comida chatarra (los Hot Dog, MacDonal, gaseosas, etc.).

El nuevo paradigma consumista se impuso y generó la llamada “cultura del consumismo” que, desde el punto de vista médico-psiquiátrico o de la patología consumista de todo lo que ese mercado genera, constituye una verdadera anomalía socio-cultural que a su vez genera anomalías nutritivas y de salud pública.

La consecuencia de este proceso de rupturas forzadas contra la paz de las tradiciones es que lamentablemente, los seres humanos quedamos reducidos a lo que Erich Fromm denominó el nuevo “Homo consumens” (el consumismo generado por las rupturas de la buena alimentación) que ha sustituido sobremanera al Homo sapiens (la inteligencia) de la tradición de las culturas avanzadas y de la propia modernidad burguesa.

En las ciudades, no producimos nada; sino que consumimos todo lo que la tecnología moderna genera para ampliar y fortalecer el poder y la hegemonía económica, política y socio-cultural del capitalismo imperialista, destructivo y criminal.

Esa conversión ha disminuido nuestras facultades para crear, reconstruir o construir lo necesario dentro de la propia tradición que combina la vida del campo (donde realizamos la producción primaria para la alimentación y continuidad de la especie) con la ciudad (donde funciona la industria, el comercio y los servicios públicos que reinventan los modos de vida, según los intereses económicos monetarios de las clases dominantes).

Vale recordar que, a partir de las revoluciones científicas y tecnológicas, la modernidad capitalista adquirió sus primeros y extraordinarios impulsos; prometió bienestar, dicha, confort y felicidad.

Pero, en su fase de expansión imperialista transnacional, esa modernidad se convirtió en un poder supranacional, internacional y universal; omnipotente, hegemónico, inmoral, opresor, mecanicista, perverso y anti humano.

Los actuales supra-poderes de la vieja Europa y los Estados Unidos, son los principales responsables de todo lo malo, destructivo y perverso de la actual civilización capitalista-imperialista.

Con estos elementos iniciales, nos proponemos estimular el debate y la reflexión teórica-metódica en torno a estos cuatro elementos fundamentales en todo proceso de transformaciones que he puesto como título de este artículo de opinión:

La tradición nos permite descubrir y conocer el valor histórico de los elementos o características originarias del pasado que dieron nacimiento al presente histórico. Vale decir, la génesis de los fenómenos y las realidades históricas del presente.

La ruptura nos muestra las acciones o acontecimientos históricos que, desconociendo o derrotando las tradiciones, generaron nuevos escenarios y realidades históricas que se mantienen hasta el presente.

La insurgencia se refiere a los eventos o acciones que irrumpen inesperadamente contra el orden establecido. La insurgencia ha quedado vinculada a las acciones de sorpresas, los estallidos insurreccionales civiles o militares insólitas, súbitas o inesperadas, que pueden resultar fracasadas o victoriosas; pero, igual dejan su huella para la historia y la posteridad.

La revolución existe como realidad cuando se da inicio al proceso de cambios profundos, radicales y trascendentes en las estructuras y superestructuras del sistema económico, político, militar, social, cultural, ético, moral y estético de toda la sociedad, del sistema de vida económica-social y cultural, junto a los valores predominantes de una población determinada; o de una nación.

A lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, hemos visto la profundización de las contradicciones antagónicas que se generan en nuestras sociedades, sin perspectivas ciertas de superación, por un lado; pero, igualmente, estamos frente a procesos inéditos de nuestra historia con perspectivas favorables para nuestros pueblos y naciones.

 

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La continuidad y permanencia del proceso revolucionario de la hermana República de Cuba, después de la partida física del gran líder Fidel Castro. El retorno y la permanencia de la Revolución Sandinista en Nicaragua. El retorno de Evo Morales en el gobierno de Bolivia. El triunfo de Gustavo Petro en Colombia. El regreso del presidente Ignacio Lula en Brasil. La permanencia de nuestro presidente Nicolás Maduro y su próxima reelección que será una gran victoria presidencial.

Estos seis países y los otros que los acompañan en la misma batalla por la independencia, la soberanía, la libertad, el bienestar de nuestros pueblos y naciones, constituyen la evidencia más clara del proceso dialéctico social e histórico de nuestro continente.

Pareciera que las viejas tradiciones de las convivencias sociales horizontales, libres e igualitarias de nuestros ancestros indígenas originarios, que fueron destruidas por los invasores europeos; resucitan o emergen genéticamente, como las nuevas rupturas de este tiempo de insurgencias populares y patrióticas que claman y construyen la revolución bolivariana, liberadora y socialista del siglo XXI.

 

Christian Farías / Ciudad Valencia