A muy temprana edad, cuando ya sabia leer gracias a la enseñanza amorosa de las Hermanas Buisse, adorables pero severas ancianitas cuya escuela estaba ubicada en una pequeña casita de la calle Martín Tovar y que para la fecha subsiste, mi abuelita Carolina solía llevarme a conocer la Estación Alemana.

Lo que hoy es el Paseo Cabriales y el conocido parque de los Enanitos, que Julio Centeno evoca en una bella canción, era el asiento del pintoresco hogar de vagones y locomotoras cuyo conjunto integraba «El Gran Ferrocarril de Venezuela» íntimamente ligado a la historia de Valencia.

Por la calle Rondón, después de atravesar el Río Cabriales, que para la época se mantenía limpio y lleno de vida, la vía describía una ligera curva frente al Parque Humboldt, donde se solazaban poetas y pintores, como Virgilio D,hers, Otto de Sola y Manuel Alcázar, o como Luis Guarenas, Braulio Salazar y Guevara Moreno, el «Gran Luis de la Pastora», a la sombra de frondosos camorucos y bucares, percibiendo a la vez el aroma de jazmines y rosas.

La calle se ampliaba hasta llegar al Puente Morillo permitiendo el acceso al gran salón de espera de la estación, rematado al fondo por un barandal que lo separaba del andén.

Dos grandes y tupidos trinitarios, proporcionaban sombra acogedora a los viajeros. A la izquierda del amplio salón, se expedían los boletos, mientras que a la derecha, un simpático señor de apellido Castro, ofrecía golosinas y refrescos.

– Mira abuelita..! Conserva de coco «melcochoza»…!

– Deje eso, niño que el dulce es malo para las lombrices!

– Yo no sabía que las lombrices «comían dulce…!

– Si hombre..! Hay muchas cosas que no sabes…!

 

Minutos mas tarde, veíamos acercarse la locomotora, rugiente, exhalando humo y vapor por todas partes, para detenerse mas allá del andén y dejar ver los vagones de lujo para los pasajeros, que combinaban hierro, madera y bronce en el exterior, con terciopelo y cuero en el interior, donde dos filas de tos dobles se alineaban a lo largo pasillo central, de cuya parte superior, pendían largos pasamanos y curiosas lámparas de carburo.

En un día cualquiera de Julio…

– Venga, niño…! Vamos a prepararle maleta…!

– Yo no quiero ir para Tinaquillo…! -Y quien dijo que íbamos para Tinaquillo?

– Bueno, casi siempre vamos para allá..!

– Esta vez, vamos a visitar a tu tía Mercedes…!

– Que viva…! Vamos entonces para Caracas, abuelita?

– Si señor!… Esta noche, nos acostamos temprano, porque el tren sale a las seis..! Después de rezar el rosario…!

-Pero es que hoy pasan una película bien buena!

-Hoy no habrá cine… y shhhh.. ni una palabra más!

Durante toda la tarde estuve preparando la maleta con devoción!

– No vamos a llevar esos patines tan feos para Caracas..!

– Vicentico me le va a poner las ruedas nuevas…!

– Ah bueno… Así si…! Pero los envuelves bien en periódicos y los metes en una mochila aparte… no lo vayas a poner con la ropa…! Ya lo sabes…!

La noche del Viernes, ya que el viaje era el sábado, mi abuelita se esmeraba en preparar el «bastimento» para desayunar en el tren y en un «thermo» había chocolate y en una cajita, arepas rellenas y biscocho de butaque…!

– Abuelita, abuelita, ya es la hora…!

– Son las tres de la madrugada… Duérmete!

– Pero es que ya cantó el gallo..!

– Los gallos cantan a toda hora. duérmete..!

Por fin amaneció y me moría de sueño, pero un poco de agua fría en la cara, me despertó y minutos después, estábamos en la Estación, en medio del bullicio de la cantidad de viajeros esperando el dichoso tren.

De pronto… fuerte pitazo y aquel monstruo de hierro aparecía con su carga de vagones: el 31!… uno que decía: Caribbean Petroleum Company; otro sin puertas ni techo, con un par de carros Ford de «tablitas» encima..! De pronto, una voz muy fuerte..:

– Atención! atención! Pasajeros al tren..!

El silbato en la boca de un señor gordo, con una gorra de visera corta, invitaba a abordar al vagón 31… Que emoción! más temprano que tarde, estábamos todos muy cómodamente instalados escuchando el chás chás lento, acompasado, sintiendo leves golpes en el asiento, que fueron aumentando paulatinamente, a la vez que se escuchaba el pito fortísimo de la locomotora dejando atrás el Puente Morillo y enfilando hacia el cerro de El Morro, a un lado de la carreta hacia Los Guayos, donde se hacia la primera parada, para recoger impacientes viajeros. Minutos después, una segunda parada en Guacara, divisándose a un costado el imponente Lago de Valencia, en toda su extensión…!

En cada estación, el tren se detenía para anexar vagones con ganado en San Joaquín, Mariara, La Cabrera… y a media mañana, llegábamos a Maracay. Aquí la parada era mas larga, más vagones, mas enganches, descargas y cargas..!

– Atención, parada de media hora, a estirar las piernas..!

Mas tarde, el mismo señor gordo sonaba su silbato:

– Pasajeros al tren..!

El pasaje cambiaba en cada estación y quienes nos habían acompañado se despedían y otros llegaban saludando. Una aventura!

 

 

También cambiaba de cara el paisaje…! DespuÉs de pasar los cañamelares del Valle aragüeño, marcando la hora del almuerzo, se detenía el gusano del ferrocarril en «Las Mostazas» y Tejerías.

Ricas empanadas de carnes y queso! Delicioso guarapo de caña! De allí en adelante, aire fresco de la montaña y la emoción de los túneles, iluminado el vagan con los candiles de carburo y el pito del tren antes de entrar en ellos. En total: 108 momentos de polución, respirando carbonífera humareda..! Piiii!…piii..!

Para mí, el chas chás incesante, marcaba con su ritmo compases musicales y parecíame escuchar un concierto extraordinario:

– Abuelita! …No escuchas la música?

– Cual música..?

El tren hacia su penúltima parada: la estación de «El Encanto»! con razón escuchaba esa música! Ya el sol apaciguaba sus rayos!

Las fuentes, suministraban agua heladísima! En el andén, alguien ofrecía chocolate caliente!… Los montes, mostraban increíble vegetación de helechos, orquídeas, flores exóticas, magueyes, pinos, palmeras de singulares formas.. ¡Un verdadero Encanto..!

Provocaba permanecer allí, ante aquella mítica fascinación…

Sin embargo el viaje debía continuar y así:

– Pasajeros al tren..! Atención Pasajeros al tren!

Allí no se descargaba ni cargaba mercancía pero si un enjambre de jóvenes alegres, que decidieron esperar el último tren, el de Valencia, para regresar a Caracas señorial de la época!

Corto tiempo después, atravesábamos el túnel más largo para llegar a las estación de Palo Grande, en Antímano y concluíamos el viaje, al anochecer en aquella vieja estación final de Caño Amarillo! A un lado, el Cerro de El Calvario y La Planicie…! Más adelante, el barrio de El Silencio… La Zona Roja..!

De repente, me pareció escuchar la voz del poeta José Antonio Pérez Bonalde en su «Vuelta a la patria»…:

Estación del Ferrocarril Valencia Pto. Cabello actual Rectorado de la Universidad de Carabobo

 

– Caracas, allí está…! Sus techos rojos…!

Y la vez me parecía oír aquel canto suyo que decía:

Madre aquí estoy de mi destierro vengo…!

Y solo tengo que ofrecerte pueda..

Esta flor amarilla del camino

Y este resto de llanto que me queda..!

*****

 

Carlos Delgado Niño nació en Valencia el 2 de septiembre de 1928, locutor, publicista, radiodifusor y periodista. Fue profesor de teatro, docente cultural, humorista, actor, escritor, cronista, libretista, poeta, cantautor y compositor.

Estuvo siempre ligado con el mundo del espectáculo en la ciudad siendo organizador del «1er Festival de la voz y la canción juvenil» en el año 1973 y «Valencia le canta a Valencia» en 1996.

Fue también director de varias estaciones de radio, productor radial y escritor de programas radiales cortos, novelados, y noticieros entre otros. Co-fundador de la Escuela de Teatro José Antonio Páez en Guanare, Portuguesa, y miembro de la Asociación de Escritores de Carabobo.

Falleció el 17 de noviembre del 2012, en su vivienda, rodeado del cariño de sus familiares y amistades más cercanas.

 

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