«Vértigo de Eternidad» de Douglas Morales Pulido

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La llegada de un cometa siempre fue un alerta para indicarle a la humanidad que somos ante el Universo «mucho menos que átomos» (Gandhi).

Los cometas son mensajeros del infinito recordándonos que Jesús, que también se acerca, nos otorgó un tamaño descomunal cuando señalo nuestra condición de «polvo»… de donde venimos y hacia donde regresamos.

Desde la última visita del cometa «Leonard», 85.000 años han transcurrido, éramos criaturas vagando por las estepas de la última glaciación, cazando mamuts y afilando piedras, y con un promedio de vida de 25 años, y estrenando jabalinas.

Ya el homo sapiens desplegaba su enorme poder ante la naturaleza, ya las fieras estaban a la defensiva en horrorizada huida, el nuevo ser esgrimía fuego en sus antorchas e incendiaba pastizales y guaridas, los animales solo gozaban de treguas cuando los grupos de «monos erectos» chocaban en lucha entre sí, por sus territorios y bienes, por los “excedentes económicos»(Marx).

A pesar del desesperado grito de «amaos los unos a los otros», pronunciado por el dulce rabí de Nazareht hace poco más de 2.000 años, la vocación de exterminio del prójimo y de la naturaleza continuó imperturbable, se llegó al extremo de cazar por «placer» y no por necesidad como los hombres de las cavernas.

El recuerdo fresco del rey Juan Carlos de España, ultimando un elefante amarrado y drogado es tan deplorable que haría retroceder, a pesar de su nombre de boxeador, al cometa «Leonard» de puro horror, nada parecido a las arriesgadas cacerías de los enormes toros salvajes glaciales.

 

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Llega «Leonard» y encuentra a su paso naves espaciales y cápsulas extraterrestres, indicadoras de un fenomenal cambio, pero también arriba a un planeta contaminado, con 10 naciones, entre ellas la patria del que pegó el grito amoroso (Israel) con la capacidad de fuego atómico para destruir 20 planetas tierra, equivalente a la desaparición del Sistema Solar, hogar de «Leornard».

La disposición para la guerra es la misma, la causa la misma: la batalla por el control de  recursos y bienes del otro.

Para el 12 de diciembre Leonard recomenzará su giro musical, girará sobre él mismo y nosotros. Pasarán noches, nieves y solsticios, pasará el «tiempo en minutos y milenios» (Eugenio Montejo) y dentro de 85.000 navidades, quizás, «Leonard» encuentre al fin la felicidad inefable, una  Tierra donde no haga falta hacer «harina» a nuestros iguales para amasar nuestro pan.

 

Douglas Morales Pulido / Ciudad VLC