Hace cincuenta años, a mediados de 1975, yo era un aburrido estudiante que soñaba con escribir grandes obras teatrales… y muy poco interesado en la poesía hasta que descubrí en la vitrina de una librería un poemario con un título por demás atractivo: Manual de extraños de Juan Calzadilla.
Luego de algunos titubeos decidí comprarlo y su lectura fue para mí una revelación. Aquellos poemas estaban lejos de las impenetrables glosas y las tediosas elegías que mal enseñaban mis profesores de bachillerato; al leer esos textos me di cuenta de que existía otra posibilidad para la poesía: el verso largo, sin atadura a la métrica, el tono conversacional, sin arcaísmos ni palabras ostentosas:
Un aire de muerte bien cimentada me empuja a trechos,
cuadra por cuadra, hacia el reconocimiento de los campanarios
donde el silencio silueteaba en flecha el perfil de los ángeles…

A esa edad deduje que si ese tal “Calzadilla” podía escribir así, yo también podría hacerlo. Tal pretensión, por supuesto, no fue otra cosa que un síntoma de demencia precoz. Aun así, en los años siguientes, llené y destruí muchos cuadernos colmados de poemas que no eran más que malas imitaciones de todo cuanto leía entonces.
Una década después, en 1986, fue el mismo Juan Calzadilla quien autorizó la publicación de unos poemas míos en la revista Imagen, de la cual era director, convirtiéndome luego en colaborador habitual con reseñas y poemas, que le enviaba por intermedio de Juan Carlos Santaella o Esdras Parra.
Pero no fue sino hasta 1997 cuando por fin nos conocimos en Maracay donde nos presentó la poeta Claudia Hernández, quien lo había invitado a dar una charla en el Ateneo de la “Ciudad Jardín”.

Desde entonces nuestra amistad quedó circunscrita al entorno maracayero donde compartíamos cada vez que venía a dar una charla o a algún recital. Oportunidad que se abría no sólo a las conversaciones entre nosotros, sino con muchos amigos reunidos a nuestro alrededor con quienes se dialogaba amenamente sobre poesía y arte, mientras él escuchaba todos los planteamientos y nos relataba cualquier cantidad de anécdotas.
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Pues resultaba que Juan (como todos lo llamábamos) más allá de ser uno de los nombres fundamentales de la poesía venezolana del siglo XX, era ante todo un ser humano abierto, dado a compartir con los más jóvenes y en muchos casos a apoyarlos cuando descubría algún talento para la escritura y para las artes.

De allí, tal vez, que su Manual para talleres literarios sea entre sus libros uno de los que tiene más ediciones, porque Juan siempre tuvo la virtud de compartir generosamente su pasión y sus conocimientos acerca de la poesía y las artes plásticas con toda la gente interesante en estos temas.
De allí, también, que Juan sea uno de los poetas más queridos por quienes hemos tenido la fortuna de conocerlo.
Gracias Juan, padre y maestro mágico, por los años y la amistad.
Ciudad Valencia / Manuel Cabesa*











