A esos muchachos, genios todos en el curioso arte de dejar de parecer lo que parecen, para terminar siendo lo que verdaderamente son, toda vez que baja el telón, vuelan hoy hacia el calor del hogar y su sazón, porque son como unas marionetas movidas por los tramoyistas del circo provocador, afiliado a ese tipo de las Ong’s, quienes se afanan en defender lo indefendible, de coleccionar simpatías de una generación cuyo horizonte no está más allá de sus cuatro dedos de frente o de sus narices.
Ya están de vuelta a sus casas comiendo felices por haber sido súper héroes, víctimas y victimarios de lo mediático y con un vago sentimiento mezclado entre el martirologio proximal a la década del ‘60 y una muy bien diseñada orquesta fraguada contra la dictadura universal, que puede ser la de Maduro como la San Quintín de los Palotes de los Últimos Días, menos, por supuesto, contra los insospechados temores generados por el Henry Ford que nos apunta desde un lugar del Caribe y todo lo que simboliza ese bicho como poder imperial portátil, incluyendo los demonios sueltos en las redes de Goicoechea, la Sayona, las matrices que desde afuera se disparan hacia dentro del territorio y se convierten en postales esquizoides, que dan cuenta de las andanzas de los matones dirigidos por Trump o los tentáculos que quieren deglutir a Maduro en salsa de tinta sangre sin corazón.
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Tal vez les faltó un buen plato de espaguetis con caraotas y suero con arepa: tal vez entonces hubieran comprendido que, en Estado de Conmoción Externa, no pueden andar con esa gracia de buscar un par de días de propaganda a costillas del Sebin.
Tomar fotos a la fachada de Tocorón, filmar, hacer tesis o «trabajos» de arte, y viniendo de la «U-U-UCV» es como una morisqueta que no iba a ser recibida con aplausos.
¡¡Ah, si se hubieran ido hacia los lados de la Sierra Nevada a filmar las peripecias del oso frontino, otro gallo cantaría!!
En la Sierra Nevada de los Andes venezolanos hay mucho arte que contar, narrar o llevar como celuloide a los laboratorios de la UCV: el oso frontino, por ejemplo, que según muchos está en extinción por abusador, debido a su olfato para vigilar y abrazar por la espalda a las mujeres de los parameros, que salen al campo a recoger sus cosechas y caen a balazos cuando son descubiertos.
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O las Águilas Blancas de Don Tulio, que según Eduardo Osorio no eran blancas sino negras, exceptuando una anaranjada que se comía las gallinas y a picotazos acababa con sus huevos. Esta aguilucha también fue baleada, según reza la tradición (clasificada) por los campesinos. Son temas que debieron ser tomadas en cuenta por estos muchachos a la hora de irse a los predios del antiguo Tren de Aragua a fotear las puertas de la cárcel.
Parece que esas Ong,s no son remuneradas para el show mediático, sean muchachos bellos, hijos de amigos de viejos amigos, buena gente, que se duermen temprano, pero inquietantes pensando que nos van a invadir y que “la banda está borracha”.
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Federico Ruiz Tirado (Barinas, 1955): Escritor, poeta, diplomático. Miembro Fundador de la Red de Escritores Socialistas de Venezuela. Autor de Un puñado de pájaros contra la gran costumbre (antología sobre el 4F), Un día para siempre, La Patria está en otra parte (MPPCULTURA, PDVSA) y del poemario Víspera (El perro y la rana).
Ciudad Valencia / RN










