En Patanemo, celebrar el Día del Libro exige más que efemérides, exige cortar distancia entre el papel y la calle. Esta actividad de mediación lectora, ideada y conducida por la poeta Marhisela Ron León, no comenzó con discursos solemnes, sino con un intento de despojar al libro de su aura de objeto inalcanzable para mostrarlo como lo que es: un artefacto para narrar la propia vida.
Se dio inicio en horas de la mañana en la Unidad Educativa José Laurencio Silva. Allí, frente a alumnos de quinto grado y la docente Liliana Mendoza. Ron León cambió el lenguaje académico por su propio testimonio doméstico: hablar de cómo la lectura se ha cruzado con su memoria personal y su maternidad.

Ese fue el cruce para la lectura compartida de La Garrapata distraída de Arnaldo Jiménez y Granizo de Armando José Sequera. El silencio inicial dio paso al alboroto natural de los niños describiendo, en voz alta, las imágenes que esos cuentos les detonaban en la cabeza.
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Lo mejor llegó cuando los estudiantes tomaron la palabra para compartir sus cuentos con dibujos realizados por ellos mismos, adivinanzas y refranes de la tradición oral. Poner esas voces, crudas y cotidianas, en el mismo espacio de autores como Ida Gramcko o Ramón Díaz Sánchez, fue la estrategia no para buscar una similitud forzada, sino para demostrarles algo más vivo: que su entorno y sus palabras también son recursos literarios válidos.

Por la tarde en el Liceo Creación Patanemo
Con los adolescentes de primer año, bajo la mirada de la docente Yeitsi Rada, el reto era distinto: derribar el escepticismo. Acompañada por Sofía Rada, fundadora del Club de Lectura de Puerto Cabello, Ron León buscó un anclaje físico para la literatura. Mencionar Deshabitados de Arnaldo Jiménez funcionó como un interruptor.

Descubrir que una novela ocurre en las mismas calles de Puerto Cabello que ellos transitan logró que la literatura dejara de ser un adorno lejano para convertirse en un espejo. Para cuando Rada introdujo el suspenso de Música Concreta de Amparo Dávila, la curiosidad ya le había ganado al aburrimiento.
Hablar de lectura hoy en Patanemo obliga, sin embargo, a mirar las pantallas. Ante la evidente falta de acceso a bibliotecas físicas bien dotadas, el celular se presentó en la charla no como un enemigo, sino como una biblioteca digital imperfecta.
Sin ignorar las limitaciones de conexión o eléctricas que sufren en la zona, se compartieron herramientas para explorar diversidad de libros y géneros desde la misma tecnología que ya habitan a diario.
El resultado de la iniciativa fue la intención de varios liceístas de armar su propio club de lectura en el liceo. Un entusiasmo que puede resultar frágil, sino se supervisa. Esta experiencia confirma que la lectura entra por la cercanía, por reconocer el propio terreno en un párrafo.
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Ciudad Valencia/Marhisela Ron León/RN












