La ciudad amanece con un rumor que no viene del tránsito ni de los vendedores que ya encienden sus voces, sino de algo más antiguo, más íntimo, como si en el aire circulara una pregunta que nadie formula en voz alta: cómo vivir sin que el futuro nos apriete el pecho y sin que el pasado nos tire de la camisa.
En Valencia, esa pregunta se siente en los semáforos, en las colas, en los portones que se abren a medias. Se siente en la gente que camina rápido porque teme llegar tarde a un sitio que tampoco desea. Y sin embargo, entre ese apuro cotidiano, hay una enseñanza que regresa como un eco de siglos: la que dejó un hombre que entendió que la vida se nos escapa cuando la dejamos en manos del miedo.
Ese hombre dijo que el futuro no existe y que el pasado ya no nos pertenece. Que lo único que tenemos es este instante que se mueve como un pez inquieto entre las manos. Y que si lo dejamos ir, si lo dejamos pasar sin mirarlo, entonces la vida se convierte en una sucesión de fantasmas: lo que pudo ser, lo que tal vez será, lo que no nos atrevimos a tocar.
Camino por la avenida Bolívar y pienso en eso. En cómo la ciudad vive atrapada entre dos fuerzas que la desgarran: la nostalgia y la incertidumbre. La nostalgia por lo que fuimos, por lo que recordamos con una luz que quizá nunca existió. La incertidumbre por lo que vendrá, por lo que imaginamos con una sombra que tampoco es real.
Pero hoy, mientras el sol cae sobre los techos y los árboles sueltan un verde cansado, intento hacer lo que enseñaba aquel filósofo: detenerme. Respirar. Mirar lo que tengo delante.
Una mujer vende café en un termo abollado y sonríe como si el mundo fuera sencillo. Un niño corre detrás de una pelota que no sabe de inflación ni de política. Un anciano se sienta en una banca y deja que el sol le caliente las rodillas. Ninguno de ellos parece estar pensando en el futuro ni en el pasado. Están aquí, completos, sin fracturas.
Quizá la fórmula de la felicidad sea eso: no permitir que el tiempo nos gobierne. No dejar que el mañana nos robe el sueño ni que el ayer nos robe la fuerza. Vivir como quien sostiene una fruta madura y la huele antes de morderla. Vivir como quien sabe que este minuto es irrepetible y que, si lo dejamos pasar, no habrá réplica posible.
En Valencia, donde todo parece urgente, donde la vida corre como si la persiguieran, esa enseñanza es un acto de resistencia. Un modo de decir que no nos rendimos ante el ruido ni ante la prisa. Que todavía podemos elegir la calma. Que todavía podemos elegirnos.
Hoy escribo esta columna para recordármelo y para recordártelo. No temas lo que no ha llegado. No cargues lo que ya se fue. Quédate aquí, en este instante que respira contigo.
La ciudad seguirá su curso, con su caos y su belleza. Pero tú, si quieres, puedes detenerte un momento y escuchar. A veces la felicidad es apenas eso: un silencio breve en medio del día, un gesto que no se apura, una certeza pequeña que cabe en la palma de la mano.
Y si logras sostenerla, aunque sea un minuto, ya habrás entendido lo que aquel viejo sabio quiso decirnos.
MÁS DEL MISMO AUTOR: LA CIUDAD QUE SE TIÑE DE ROSA
Séneca lo dejó escrito con una contundencia implacable. Su cita más célebre y exacta sobre esto es:
«Sufrimos más a menudo en la imaginación que en la realidad.» (Cartas a Lucilio, Carta 13)
Otras dos frases donde lo define a la perfección son:
«El miedo sigue a la esperanza.» (Advirtiendo que vivir pendientes del futuro nos quita el presente).
«Nadie es libre si es esclavo de su propio cuerpo.» (Refiriéndose a que el miedo a morir es la raíz de toda cobardía).
Cuento
La mañana en que la ciudad despertó sin miedo, nadie lo notó de inmediato. Fue un cambio tan leve como el temblor de una hoja antes de caer, pero suficiente para alterar el pulso de las cosas. Los gallos cantaron un poco más tarde, los perros no ladraron a los fantasmas que suelen rondar las esquinas y el aire tenía un brillo que no venía del sol sino de algo más profundo, como si el tiempo hubiera decidido quedarse quieto para escuchar.
En una casa cercana al río, un hombre abrió los ojos y descubrió que el futuro no estaba esperándolo en la puerta como de costumbre. No había esa presión en el pecho que lo acompañaba desde niño, ni esa sensación de que el día venía cargado de cuentas pendientes. Se levantó sorprendido, como quien encuentra un objeto perdido sin haberlo buscado, y al poner los pies en el suelo sintió que el piso respiraba con él.
Al salir a la calle vio que la ciudad tenía un color distinto. Los techos parecían recién lavados por una lluvia que nadie recordaba, las aceras estaban más anchas y los árboles inclinaban sus ramas como si quisieran decir algo. La gente caminaba sin prisa, con una serenidad que no era normal en un lugar acostumbrado a vivir entre sobresaltos. Era como si todos hubieran recibido una noticia silenciosa durante la noche.
El hombre avanzó hasta la plaza y allí encontró la explicación. En el centro, donde antes había una estatua cubierta de polvo, ahora crecía un árbol que nadie había sembrado. Sus hojas eran tan claras que parecían hechas de agua detenida y cada una contenía un destello que no pertenecía a este mundo. Los vecinos se acercaban con cautela, pero al tocar las ramas sentían un alivio tan hondo que algunos lloraban sin saber por qué.
Pronto descubrieron que el árbol tenía un don. Quien se acercaba a él perdía el peso del pasado, como si las memorias dolorosas se deshicieran en el aire. Y quien se quedaba bajo su sombra dejaba de temer al futuro, porque el árbol mostraba que el tiempo no era una amenaza sino un río que fluye sin exigir nada. La gente comenzó a visitarlo al amanecer, al mediodía, al caer la tarde, buscando ese instante en que la vida se volvía ligera.
El hombre regresó cada día, no para pedir nada, sino para aprender a mirar. Comprendió que la felicidad no era un lugar ni una promesa, sino un modo de estar en el mundo. Que el presente era un animal pequeño que había que sostener con cuidado para que no escapara. Y que el árbol no había venido a salvar a nadie, sino a recordarles lo que siempre habían sabido y habían olvidado.
Con el tiempo, el árbol dejó de brillar. Sus hojas se volvieron opacas, como si ya hubiera cumplido su tarea. Pero la ciudad no volvió a ser la misma. La gente había aprendido a vivir sin cargar con lo que ya no existe y sin temer lo que aún no llega. Y aunque el árbol siguió allí, silencioso, ya no necesitaba hacer milagros.
El hombre, cada mañana, pasaba frente a él y lo saludaba con un gesto leve. Sabía que la verdadera magia no estaba en las ramas ni en la luz, sino en ese instante que se abre cuando uno decide habitar el día sin huir hacia atrás ni hacia adelante.
Y así, en una ciudad que siempre había corrido demasiado, por fin alguien aprendió a quedarse.
Poesía
Abro las manos
y el tiempo deja de doler
el futuro ya no muerde
el pasado ya no exige
solo este instante
como una luz que insiste
como un latido que aprende a quedarse.
Y yo
que tantas veces temí perderme
descubro que basta un segundo
para volver a nacer.
José Luis Troconis Barazarte.
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Ciudad Valencia/RM













