Según el diccionario de la RAE, la palabra “academia” se define, ante todo, como una sociedad, la cual puede ser científica, literaria o artística, y que goza de autoridad pública. Entre sus sinónimos se encuentran otras voces cargadas de similar relevancia: corporación, institución, agrupación.

Al gozar de “autoridad pública” se entiende que una academia tiene un impacto social notable  (aunque les conste a unos pocos, los especialistas, los letrados…), pero en todo caso una academia, para ser tenida como tal, desarrollará actividades cuyos resultados concitarán el favor general, dados sus beneficios al momento de preservar un legado, material o espiritual, favoreciendo con ello a las nuevas generaciones, entre quienes se desarrollarán futuros y orgullosos académicos, y así por los siglos de los siglos…

Una academia se ocupará entonces de preservar, pero también de divulgar. Es decir, limpiará, sacudirá el polvo, reparará, ordenará, pero también multiplicará los haberes, los actualizará, los hará pertinentes al momento en que se vive y al lugar donde vive; los hará trascender en suma.

Tratándose de la lengua, pongamos por caso, resuenan en nosotros (quienes nos hemos ganado la vida como profesores de Castellano y Literatura, licenciados por una de las universidades de más prestigio en el país, la de Carabobo, la UC, y orgullosos siempre de esos particulares ductores que nos formaron, la mayoría de ellos fundadores de la mención), resuenan, repito, nombres como Real Academia de la Lengua Española (RAE) y Academia Venezolana de la Lengua (AVL), así como los nombres de estudiosos enciclopédicos como Andrés Bello, Rufino J. Cuervo, Pedro Pablo Barnola, Alexis Márquez Rodríguez…

Hablamos pues de recintos de autoridad pública y de innegable peso social, cuyas actividades no pasan desapercibidas y cuyos miembros, escogidos con mucho celo e idoneidad, gozan de indiscutible prestigio académico en virtud de años dedicados, desde sus particulares afanes, a “limpiar, fijar y darle esplendor” a esa lengua que heredaron de sus mayores y con la cual se comunican y crean con particular y ejemplar estilo.

Y cuando resaltábamos aquello de nuestro orgullo por quienes nos formaron en la UC, destacan nombres como los de Laura Antillano, Luisa Plá de Sánchez, Carmen de Esteller, Orlando Chirinos, José Bianchi, José Napoleón Oropeza; este último un gran intelectual venezolano en el más amplio sentido de la palabra, inolvidable para nosotros por sus iluminadoras clases de “Análisis Literario I”, quien concretaría su doctorado en Literatura en Londres y quien, en 2015, sería incorporado como individuo de número a la AVL.

Y así como recordamos a estos profesores de excepción, no podemos dejar de destacar asimismo a quien fuera nuestro joven preparador en las materias de Morfosintaxis I y II, un disciplinado y muy exigente discípulo de la profesora Esteller, Francisco Freites Barros, uno de los mejores estudiantes que se formara en la mención de Castellano y Literatura, hacia principios de los ’90; quien finalmente se vincularía como profesor a la Universidad de los Andes (ULA), en su núcleo del Táchira, logrando también doctorarse en Lengua Española y Lingüística General en Madrid… pues bien, este prometedor muchacho de entonces es hoy miembro correspondiente, por el estado Táchira, de la AVL, formando parte también, con toda justicia, de sus comisiones permanentes de Lexicografía y de Gramática, tras haber sido distinguido por esta institución con el Premio Andrés Bello, en 2008, por su libro De hablantes, gravedad y péndulos. Identidad andina fronteriza y uso Lingüístico, nada menos…

Pues bien, de toda academia que se relacione con la lengua que hemos heredado como materna no se puede esperar algo distinto a los objetivos que se resumen en ese lema que la RAE ostenta desde su fundación en 1713: “limpia, fija y da esplendor”, esto es, eliminar lo extraño, consolidar las reglas y dar ejemplo del bien decir al hablar o escribir… por ahí van las cosas.

Se espera, por tanto, una presencia tangible, vigilante, laboriosa, con resultados de corto, mediano y largo plazo en pro de la lengua; estudios serios sobre tantos aspectos de lexicografía, de gramática, de literatura que deriven en publicaciones periódicas y en puntuales divulgaciones de resultados desde encuentros especializados o desde tantas ferias del libro a la mano en el país, como la Feria Internacional del Libro de Venezuela (Filven) y la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (Filuc), entre otras tantas tribunas de prestigio.

Semejantes aportes solo pueden derivar de comisiones integradas por individuos de número y miembros correspondientes de probada capacidad, profesionales cuya cultura con la lengua haya sido refrendada y ampliada con grados universitarios de prestigio, así como por una actividad literaria modélica y habitual en medios masivos de comunicación e información (aunque también caben los estudiosos de otra índole, pero en todo caso privan la disciplina y la entrega, así como lo admirable y ejemplarizante al hablar y escribir)… por ahí siguen las cosas, tal como hemos destacado en los casos particulares de los doctores Oropeza y Freites.

Y este desenvolvimiento académico que describo, a propósito de la lengua y ante cualquier duda, se puede verificar con una somera revisión de las páginas web de las dos prestigiosas academias a las que he aludido, donde se pueden constatar tanto la identidad y pertinencia de quienes han integrado estas asociaciones desde sus inicios, nombres de notables, así como las diversas tareas y actividades que se promueven desde allí en pro del idioma.

De tal manera que cualquier otro proceder ajeno a estos fines, toda actividad que meramente se centre en la apariencia, en el boato, en protocolos rimbombantes y caricaturescos, en la forma sin fondo ni sustancia, levanta serias sospechas; ya que un colectivo que se denomine “academia de la lengua” y del cual nadie sepa un paradero cierto ni de qué se ocupa, aparte de incorporar a “nuevos miembros” muy conocidos en su casa, sin relevancia probada en cuanto al uso de la lengua se refiere (que debe ser la principal razón, más allá de la profesión que se ejerza, que no tiene por qué ser necesariamente humanística), pues, enfatizamos, da mucho qué pensar, por cuanto no generan ni respeto ni admiración y sí una muy incómoda sensación de “pena ajena” por los desprevenidos, por aquellos “sorprendidos en su buena fe” y que van por ahí haciendo el papelón de ostentar una banda que, de golpe y porrazo, los equipara, nada menos, con Fernando Paz Castillo, con Ramón J. Velázquez o con Óscar Sambrano Urdaneta, entre otros de aquellos notables que alguna vez convocó don Arturo Uslar Pietri para amonestar a los politiqueros que negociaban el país en las últimas décadas del siglo XX…

Y si bien en todo este marasmo “no son todos los que están, ni están todos los que son”, también estos y estas pecan por irresponsables, por bajar la guardia y dejarse deslumbrar por la sonoridad de las palabras, por no tomarse tiempo para hacer las preguntas de rigor, por no averiguar de qué va la cosa, por no interrogar cautamente: “Disculpe, ¿academia de qué, y la AVL y la RAE saben de esto?”…  

Se comportan pues como aquellos del cuento proverbial que no querían pasar por desubicados e ignorantes y simulaban ver una tela fastuosa donde no había nada… Así que seamos claros en que estos convocados por tales academias de dudosa reputación están bastante creciditos como para dejarse llevar nariceados, cual bueyes, sin tomarse la molestia de averiguar en qué se están metiendo; ese sospechoso lugar donde quienes fungen como máximos directivos han sido sorprendidos cometiendo flagrantes errores de ortografía, por decir lo menos.

Y lo anterior viene a cuento porque, hace poco, esta suerte de ente colectivo cuasi clandestino, cuyos miembros, ni de casualidad, reiteramos, se hacen notorios por aportes lingüísticos o literarios de peso en esas tribunas periódicas relacionadas con el libro y el idioma, tanto en Carabobo como en Venezuela, se hizo patente vía WhatsApp al anunciar la entrega de la orden “tal y cual” (y no nombro al prócer aludido por respeto) “en su única clase”.

El hecho es que en esta oportunidad se veía involucrada una alcaldía en aquella convocatoria, la cual “galardonaba” a un muy querido compañero nuestro de trabajo, joven profesional del periodismo y muy competente, pero todavía con mucho camino por recorrer en estas lides de la lengua y sus vericuetos, y a quien dimos a conocer todas nuestras reservas con aquella controvertida institución… Sin embargo, él acudió al llamado, para no pasar por descortés, y de paso lo acompañaron otros dos compañeros para ver en qué terminaba la cosa (que nos había hecho en verdad reír y bromear mucho los días previos).

Y sucedió lo que se temía (aunque imaginábamos que quizás cuidarían un poco más las apariencias esta vez, por aquello de la alcaldía involucrada, cuyo rol en ese jaleo en verdad nos intrigaba), es decir, allí se pavoneaban los mismos carcamales trajeados de negro luciendo sus galas académicas en amarillo, con esa misma impuntualidad e improvisación que reducen toda aquella parafernalia a una buena excusa para seguir la juerga a costa de otros, ya que los distinguidos (cuando por fin empezó aquel acto tras una larga espera por el alcalde) fueron todos empresarios de la región (uno de los cuales llegó incluso con el uniforme de trabajo y solo le faltó la carrucha que le sirve para acarrear las gaveras, aparte del facturero…).

Y digo esto sin menospreciar los méritos de ningún empresario, que bien puede ser un humanista consumado en sus ratos libres, sino porque al final mi amigo periodista “y sin empresa” no recibió nada, ninguno de esos papeles que aguantan todo, ninguna de esas constancias de nada, ni para disimular, pues lo que parecía estarse consolidando allí era un “reconocimiento” en pro de futuras “incorporaciones” de algún desprevenido empresario a la susodicha academia, que ni limpia ni fija ni da esplendor, de tal manera que banquetes, bebidas y pasapalos estén nuevamente garantizados, así como ese oportuno club tan alejado de cualquier aula de clase y sí muy cerca de una partida de dominó o de bolas criollas (juegos que no tienen nada de malo, informalmente hablando)…

Ya en otro momento fuimos testigos de una de esas muy convenientes “incorporaciones académicas”, en ese caso se trataba de un laborioso y próspero vendedor de repuestos automotrices, sin mayores estudios formales, y sin que afirmemos que una ocupación como esa, o la de concesionario de gaseosas, no merezcan ser reconocidas socialmente, pero se entiende que no es precisamente a una  “academia de la lengua” que se respete a la que le corresponde esta tarea; descartando que estos vendedores resulten ser en verdad unos “gallos tapados”, unos lectores y estilistas consumados que, cuales Kafkas tropicales, se encierran en su habitación cada noche, tras arduas horas de monótono trabajo, para crear una obra cumbre que solo se descubrirá póstumamente…

Así están pues las cosas, alguien se inventó por aquí este cuento académico, supuestamente avalado desde España y su RAE (según consta en no sé cuáles actas firmadas por no sé quién, tras muchos viajes y fatigas —la verdad no nos imaginamos al altivo y monárquico doctor Santiago Muñoz Machado, actual director de la RAE y presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española, ni a ninguno de sus directos asistentes, ni a ninguno de sus predecesores, avalando este dislate—).

 

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Y el hecho es que la agrupación de marras ha logrado colarse entre instituciones serias, como puede apreciarse en ese flayer que anunciaba, con bombos y platillos, la referida orden a tantos empresarios “incorporables”, más temprano que tarde… Tal parece que muchas autoridades han optado por hacer la vista gorda, o por escurrir el bulto o por correr la arruga, cuando escuchan expresiones altisonantes como “Se invita al canciller tal a conferir la orden cual”… Aunque puede que muchos no quieran, siendo sinceros, pasar por incultos, pues, qué dirían de ellos, se trata nada menos que de “una academia de la lengua”, “imagínense cuánto hay que saber para estar ahí con esa banda terciada”…

Pero la triste verdad es que, como pregona el evangelista, por sus frutos los conocerán, y a esta sociedad oscura usted no la verá avalando ningún estudio serio sobre cualquier aspecto de nuestro idioma, local al menos; no la encontrará donde se hable de libros, no la verá voceando luminosa en una tribuna universitaria, pues no publica ni ejerce crítica literaria ni lingüística que amplíen horizontes, pero sí parece estar muy presta para la fiesta, para los tragos, para la comilona… siempre y cuando paguen los incautos, se entiende.

Lo cierto es que ante realidades como esta, ante estos bochornos cada vez más reiterados donde siguen callando muchos por ignorancia supina, la creciente pena ajena de que venimos hablando va haciendo afirmar a muchos despabilados, como aquel niño inocente y sincero del cuento El traje nuevo del emperador: “¡El rey está desnudo!”, es decir, “¡Estos ‘académicos’ están pillados!”…

 

Ciudad Valencia / Ramón Núñez