(A la mystérieusse)
Toda tradición poética se basa en una serie de rupturas y reformulaciones, como ha escrito Georges Steiner: «Hay en todo movimiento literario una parte de rebelión y una parte de tradición». Este ha sido el estigma de la modernidad.
Pareciera que la tesis de Nietzsche sobre el eterno retorno se cumpliera a cabalidad dentro del campo de la poesía: vamos en busca de una voz propia negando la voz de nuestros padres, que en algún momento resonará con elocuencia extraordinaria en la voz de nuestros hijos.
La modernidad poética norteamericana comienza con Whitman. Su poesía pretende abarcar el cosmos partiendo de un sujeto único: «Soy el poeta del cielo y del alma / los placeres del cielo son míos y los tormentos del infierno también». Cantor de la Democracia y del Hombre, Whitman libera a sus versos de la pesada carga de la rima métricamente cuidada, abriéndose paso a un ritmo cónsono con el continuo movimiento del universo.

Menos altruistas, pero conscientes de la necesidad de socavar en la búsqueda de una expresión auténtica, Ezra Pound y T. S. Eliot se internan en el bosque de la tradición y buscan en los antiguos la fuente de luz que irradie hacia sus versos una nueva vida: Cavalcanti, Confucio, Dante, Shakespeare… se renuevan en el discurso de estos jóvenes que en el futuro se convertirán en un punto de referencia del arte universal.
William Carlos Williams, E. E. Cummins y Wallace Stevens deciden mirar hacia adentro, haciendo del poema un laboratorio para la reflexión de la vida a través de la creación. Ante su vista los objetos más insignificantes pueden convertirse en poesía, gracias a un riguroso trabajo de depuración en que la palabra y el objeto se unen de manera indivisible en un mismo acto:
cuánto
depende
de una carretilla roja
reluciente de
agua de lluvia
junto a blancas
gallinas
(W. C. W. / trd: O. P.)
Robert Lowell mira al hombre oculto tras el poema. Su poesía es un recorrido hacia sí mismo, pero no se trata de un canto de armonía universal, sino de desolación sobre sus miserias familiares frente al empeño del hombre en propiciar guerras y desolación.

Esa misma desolación pasa a la generación siguiente: Jack Keroac, Lawrence Farlinghetti, Gregory Corso y Allen Ginsberg complementan el periplo iniciado con Whitman: también cantan a la democracia, pero no a aquella donde se reflejan las ansias de libertad del hombre, sino la que traiciona a sus ciudadanos, la que asesina a sus líderes y regula el pensamiento.

Como Whitman, buscan la unión con el cosmos, pero el sendero es otro: la experiencia mística es el reflejo de un viaje psicotrópico. Ellos culminan el camino de encuentros y rupturas de todo un siglo de poesía.
Este grupo de poetas reunidos bajo el epíteto de Generación Beat, hacia los años ‘50 del siglo pasado, irrumpe en la historia de la poesía norteamericana, desde la Costa Oeste, con un criterio distinto no sólo de los temas hasta esos años ejercitados, sino con un talante diferente del oído poético.
Sus composiciones dejan pasar un sonido irreverente con la misma intensidad y urgencia que comienzan a emplear desde el sur los profetas del Rock and Roll.
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En la fundación del movimiento beat se unieron diversos factores sociales e históricos: por un lado la Guerra de Corea y por el otro la lenta gestación de una sociedad basada en la opulencia. A esto se une la efervescencia musical del Jazz que para entonces buscaba nuevos derroteros, aparte de la introducción del budismo y el orientalismo en EEUU por figuras como Aldoux Huxley y Allan Watts.
Todas estas condiciones fueron necesarias para que cuajara el movimiento como la vanguardia tan necesitada, capaz de crear una nueva sensibilidad.
Ciudad Valencia / Manuel Cabesa*













