En  El cuaderno de Blas Coll, Eugenio Montejo (Alfadil Ediciones, S. A. Caracas. Venezuela. 1983), acentuará los rasgos de tipógrafo, maestro de escuela, tertuliante, humorista (más bien sarcástico) e inquisidor verbal (hasta los extremos del delirio y la mudez) para recrear a nuestro personaje, cruzando la alambrada de la ficción con el nombre de Blas Coll.

Su descripción física, en este caso, producto de averiguaciones entre vecinos de Puerto Malo y de testimonios de un pulpero, un barbero y una posadera, es la siguiente: “Menudo, de mediana estatura y rostro ovalado. Llevaba siempre unas gafas doradas y un sombrero de fieltro, al parecer su prenda más definitoria, junto con un lápiz achatado sobre la oreja derecha. Solía vestir un delantal de dril oscuro, manchado por la tinta de imprenta” (Montejo, 1983, 12).

Como se habrá notado, las “gafas doradas” no se asemejan a los “lentes turbios” que refiere Uslar Pietri. Quizá son doradas por la luz, una imagen constante en las sentencias de nuestro maestro, metaforizada a través de su aspiración a fabricante de velas para iluminar América. El lápiz sobre la oreja se distancia de la pluma, la tinta y el papel, que algún cronista observa sobre el bufete del maestro, objetos por los que Don Simón clamará, en medio de sus penurias, en cartas de sus últimos años.

¿Dónde comenzó todo con este retrato esfuminado? Quizás con un niño abandonado en una cesta, a la puerta de la casa del cura Alejandro Carreño (¿padre de Don Simón?). “Expósito”, dice su presunta partida de nacimiento, que ni apellido tiene, y “expósito” repite la partida de su matrimonio con María de los Santos Ronco. Carece de padre reconocido. Cualquiera puede ser su padre en esa ciudad aldeana que es Caracas, dice Uslar Pietri en su novela.

Su primer nombre, “Simón”, lo asociará para siempre al Libertador, huérfano aunque no expósito. Su segundo nombre, “Narciso”, encierra el estigma de quién persigue su propia imagen y muere ahogado entre las ondas expansivas de su rostro reflejado en el agua. Su tercer nombre, “Jesús”, lo signa con la cruz de la redención de los pobres y el sacrificio de sí mismo. El cambio de apellido aumenta la confusión: primero usó “Carreño” y luego “Rodríguez”.

 

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“(…) no tiene patria ni hogares ni familia ni nada”, escribe Bolívar en carta del 27 de junio de 1825 a Cayetano Carreño. “Mi patria es el mundo”, escribió el maestro en una carta. Como Bolívar, derrotado, quiso retirarse a Europa, sin lograrlo, en búsqueda de la felicidad que decía haber disfrutado allá.

En su infancia carece de hogar, propiamente: en un censo aparece en casa del cura Alejandro Carreño y en otro, en casa de Rosalía Rodríguez. Más tarde, su hogar también es el mundo que recorre hasta morir. De su familia dice bastante su temprano abandono de Caracas, sin la compañía de su esposa y también su muerte, acompañado sólo de uno de los jóvenes que adopta (Camilo Gómez).

Semejante hombre (sin árbol genealógico establecido), por grandeza, desamparo y errancia, nos deja  con el escozor de la incertidumbre sobre su rostro, que se nos acerca en lo hondo de nosotros, se nos pierde en la inmensidad de sí mismo y del naufragio que le impide todo retorno.

 

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Juan Medina Figueredo

Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.

Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.

Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)

 

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