La Isla de Róbinson es una novela de Arturo Uslar Pietri (1983), con tanta referencia histórica alrededor de Samuel Róbinson (identificación apócrifa utilizada por Simón Rodríguez a su salida del país y arribo a Francia), que muchos confunden dicha narración con una biografía.
Para Uslar Pietri, Simón Rodríguez es una isla en la aldea caraqueña, en el destierro y en la puna andina. Isla por su presunta participación en la conspiración de Gual y España, en una sociedad colonial que aún no despertaba con ideas y sentimientos de independencia y libertad.
Insular en su proscripción perpetua por antimonárquico, anticlerical, antiesclavista y anticolonialista. Islote su vida como expósito en la casa del sacerdote Alejandro Carreño, en su escuela, su discurso, su pedagogía, su insobornable conducta, su rebeldía irreductible, la fidelidad a su oficio docente, su defensa de Bolívar, sus Sociedades Americanas, su utopía con geografía de rigurosa cartografía, su arcón de manuscritos, su escritura de pizarrón.
Róbinson será náufrago capaz de atender a sus necesidades (“no me den, ocúpenme”, repetirá muchas veces el viejo Simón). Ese naufragio lo aventará en una balsa hasta un refugio de indios (con los de abajo me entiendo, escribirá tras una de sus inútiles solicitudes de ayuda) y desde allí a una casucha en las afueras de Amotape, un pequeño poblado del Perú, adonde el cura no le permitió entrar por hereje.
Esa covacha, de cama de poyo y apenas una silla, será su barca de Caronte. Allí sostendrá su última entrevista y discusión con el cura de Amotape. Los restos del naufragio –dos cajones de libros y de cartas, su retrato– serán aventados hasta Paita, un pequeño puerto del Perú y las manos temblorosas de Manuela Sáenz, de la cual se había despedido lapidariamente, afirmando: “dos soledades no pueden permanecer juntas”.
Las sombras de los calificativos, peyorativos la mayoría de las veces, acompañan su nombre por toda “la América antes española”, en contraposición al juicio y afecto de Simón Bolívar. “Sócrates de Caracas”, ”filósofo cosmopolita”, “el hombre más extraordinario del mundo”, “genio, portento de gracia y talento”, lo llamó El Libertador. Para confirmarlo, Juan David García Bacca (1990) establece un paralelo con Sócrates y Diógenes Laercio.
El Mariscal Sucre, en carta a Bolívar, califica al maestro como “muy instruido, benéfico cual nadie, desinteresado hasta lo sumo y bueno por carácter y por sistema; pero lo considero también con una cabeza alborotada, con ideas extravagantes y con incapacidad para desempeñar el puesto que tiene”… Otros epítetos de quienes lo conocieron, lo trataron y lo maltrataron fueron los de loco, judío, hereje, derrochador de los dineros públicos y protector de ladrones y prostitutas.
Siguiendo las huellas de Francisco Herrera Luque (1979), un psiquiatra, Arturo Guevara (1977) ha realizado un estudio para demostrar la dromomanía de Don Simón “por quítame estas pajas”.
Quienes han tratado de descifrar e identificar la personalidad y la escritura de Simón Rodríguez han girado alrededor de calificativos como extravagante, excéntrico, santón, rebelde, pensador criollo, andariego, invencionero, reiterativo, profeta, rebelde, original y sabio. Él mismo prefirió calificarse como educador y amigo de la causa social.
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Se ha tratado de fijar su cuerpo y su indumentaria, observando el par de retratos que se salvó del extravío y del olvido y leyendo algunas crónicas. De “corpachón áspero” y “manazas de alfarero”, vestido a la diabla, con un viejo y raído chaquetón, sombrero pringoso con zapatones de eternidad, con lentes o sin lentes, con lentes turbios sobre la frente, con un bastón (de alguna madera tallada por el viejo, seguramente), lo describe Uslar Pietri en su novela.
Más benigno es otro retrato verbal, seguramente más fiel: “Era un viejo enjuto, transparente, de cara angulosa y venerable, mirada osada e inteligente, cabeza calva y de ancha frente”; así lo pinta José Victorino Lastarria (1885).
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Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.
Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.
Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)
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