¿Los desastres naturales producen epidemias? Aunque la intuición popular vincula la destrucción con brotes automáticos, la ciencia médica demuestra que las catástrofes no crean enfermedades por sí solas.

‎Las imágenes de desolación, agua estancada, cadáveres y servicios colapsados refuerzan la creencia popular de que los cadáveres y la destrucción engendran, de la nada, brotes masivos de enfermedades mortales.

 

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Para que una enfermedad infecciosa se propague tras una catástrofe, es un requisito indispensable que el virus o la bacteria ya esté presente de forma endémica en la región. Los eventos climáticos o geológicos alteran gravemente el entorno y destruyen la infraestructura básica, pero no tienen la capacidad de crear microorganismos peligrosos de la nada.

Por lo tanto, el riesgo sanitario real surge del colapso posterior en los servicios de agua potable y saneamiento. ‎La Organización Mundial de la Salud (OMS) insiste en que los cadáveres de las víctimas de desastres naturales no representan un riesgo epidemiológico.

Al combatir este mito tan arraigado, la OMS busca evitar el pánico innecesario en la población. De este modo, se garantiza que los recursos económicos y humanos se dirijan a las verdaderas prioridades de la emergencia.

‎“Contrariamente a la creencia popular, los cuerpos de las personas fallecidas como consecuencia de desastres naturales no provocan brotes de enfermedades infecciosas como el cólera, la tifoidea o la peste”, señala la organización en sus manuales de gestión de crisis.

La ciencia demuestra que las víctimas de catástrofes mueren por traumatismos o ahogamiento, no por infecciones; por lo tanto, sus restos no transmiten enfermedades. Los microorganismos que actúan en la descomposición humana son inofensivos para la salud pública y difieren totalmente de los patógenos que originan una epidemia.

‎‎La prisa desmedida por enterrar a las víctimas en fosas comunes, motivada por un miedo infundado a la peste, no solo carece de justificación médica, sino que añade un profundo trauma psicológico a los sobrevivientes y viola los derechos de identificación de las familias establecidos en leyes internacionales.

‎‎¿Cuál es el verdadero factor de riesgo? Las sociedades de infectología coinciden en que la atención médica debe centrarse en los sobrevivientes y no en el desastre o las víctimas fatales. El verdadero riesgo de transmisión surge semanas después, impulsado por el desplazamiento de personas y el colapso del saneamiento básico.

Cuando un desastre destruye el alcantarillado y la red de agua potable, los sobrevivientes se ven obligados a hacinarse en refugios. Si enfermedades como el dengue o la hepatitis A, ya circulaban de forma aislada en la región, la insalubridad facilitará su contagio. En otras palabras, no es la catástrofe la que crea el peligro, sino la vulnerabilidad social posterior la que transforma un caso aislado en un brote local.

‎‎La medicina moderna y las directrices internacionales demuestran que la mejor respuesta sanitaria tras una catástrofe no es el miedo a lo invisible, sino la acción logística inmediata: garantizar el suministro de agua potable, asegurar sistemas de eliminación de excretas en los refugios, controlar los vectores (como mosquitos en zonas inundadas) y restablecer la atención médica primaria.

‎Las sociedades de infectología advierten que el verdadero peligro de los mitos epidémicos es que provocan una mala gestión de los recursos de emergencia. ‎‎Las víctimas de un desastre natural mueren por causas físicas (aplastamiento, asfixia), no por enfermedades.

‎Las bacterias de la descomposición humana son saprófitas, microorganismos inofensivos para la salud pública que difieren de patógenos peligrosos como el cólera o la tifoidea. Un cadáver solo implicaría un riesgo biológico real si la persona hubiese muerto por una infección altamente contagiosa y activa, escenario ajeno a los desastres naturales comunes.

¿Qué produce una epidemia?

  • Presencia previa o introducción. El patógeno ya debe vivir en la zona (endémico) o ser introducido por alguien que viajó. No aparece de la nada.
  • Alta virulencia o infectividad. Debe tener la capacidad de invadir el organismo del huésped y multiplicarse rápidamente.
  • Mutación o novedad. Si el patógeno muta (como pasa con la influenza o los coronavirus) y se vuelve una cepa nueva, el sistema inmune de la población no lo reconocerá y los dejará indefensos.
  • Bajas tasas de vacunación. Si los niveles de vacunación caen por debajo del umbral de inmunidad de rebaño, el patógeno encuentra caminos libres para saltar de persona a persona.
  • Factores de debilidad inmunológica. Desnutrición, estrés severo prolongado o falta de acceso a servicios de salud básicos que debiliten las defensas de la comunidad afectada por el evento natural.

 

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Fuente: Últimas Noticias

Ciudad Valencia/FM/RM