El terremoto fueron dos, dos fallas, dos sismos que se encontraron: uno de 7.2 y otro de 7.5, y sin duda la zona más afectada fue La Guaira. También son dos terremotos según la ocupación humana del territorio: hubo el terremoto urbano (Caracas, La Guaira…) y el terremoto rural. De este último me quiero ocupar.
El terremoto rural fue el que ocurrió en Morón con una decena de fallecidos (frente a los más de dos mil del sismo urbano en el estado La Guaira, principalmente, zona residencial y turística de alta densidad, de edificios y hoteles, y de urbanismos populares, en un día feriado).
En Morón observé la otra cara del sismo. Visite poblaciones de Urama, Alpargatón, Río Abajo, Río Arriba y La Granja. Es de mi experiencia personal y de la observación directa que salen los siguientes comentarios: el sismo en caseríos rurales.
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La vía (desde Puerto Cabello, pasando Morón y llegando casi a Yaracuy) es una vía paralela y poco transitada, porque la autopista nueva sí fue afectada por grietas de varios metros de profundidad.
Esta zona de la costa es curiosamente ganadera. En la vía nos accidentamos y recibimos inmediatamente el apoyo y la solidaridad de varios motorizados: buscaron herramientas, baterías e incluso mecánicos vinieron de parrilleros en nuestro auxilio, y no cobraron nada: fraternidad.
Reparado el vehículo (era cosa de un solo botón que apagó el motor, vehículos inteligentes con pequeñas computadoras que los hacen misteriosos), seguimos nuestro destino: Alpargatón, sector La Granja.

Nos recibió una líder comunitaria, que a pesar de haber perdido toda su casa (la planta baja era de la madre, el primer piso era de ella y el segundo piso de su hija) su preocupación era atender a otro poblador bastante lejos de ahí, que necesitaba apoyo prioritario: igualdad.
Se montó en el vehículo y por el camino nos contó cómo no hubo víctimas fatales: los niños salieron rápidamente del segundo piso a la calle, pues en estas casas el adentro no está tan separado del afuera, es una vida a puertas abiertas.
Y también nos comentó que el terremoto no se desplaza para ellos en ondas, sino en líneas, como las ramas de un árbol, pasa de una casa a otra, dejando intactos los lados, y luego tomó el camino de un río y se fue… así destruyó su casa y otra, la que sigue, y se perdió.
Ven al terremoto como el desplazar de un reptil (en la vía vimos cruzar muy rápido una lagartija entre amarilla y turquesa, pasar de un lado a otro de la vía); llegamos subiendo y bajando lomas a Río Abajo (o Río Arriba…), pasamos por una escuela y llegamos al caserío. Ahí nos esperaba la comunidad organizada.
No vi desnutrición, llevan libretas donde toman notas, se respira seguridad: libertad. Atendimos al paciente más bien crónico y que refería que le faltaba el aire, y la combinación del sismo y la angustia que generó, más su patología de base, le hizo pedir ayuda.
Curiosamente los que nos buscaron sí perdieron su casa. Ya las autoridades los visitaron y censaron. Esperan que los apoyen con la vivienda cuya destrucción fue total. Los vecinos les improvisaron una tienda de campaña en el patio donde esperan.

Nos mostraron con orgullo el pilón de la familia. Eso es lo que salvaron de los objetos de la vivienda de entre los escombros. Ese pilón es el símbolo de su resiliencia. La señora de más edad de la comunidad nos explicó que lo hizo con su esposo cuando se juntaron. Del tronco de un árbol fueron tallando y dice que lo más difícil fue el orificio central donde se muele el maíz y otros vegetales.
Le preocupa que el pilón, que tiene más de setenta años (no preguntamos la edad de la señora) se pueda rajar porque no hay techo. En ese pilón se piló el maíz para alimentar a toda su familia. Las manos arrugadas de la abuela se juntaban con las de su nieta enseñando como usaba como mortero está sagrada pieza de madera con forma de cáliz gigante. La casa se cae y el pilón sigue en pie: fraternidad.
Entre los escombros pisamos una delgada cabilla que atravesó la bota de seguridad, pero no nos hirió, lo que demuestra que los escombros continúan representando el riesgo y la afectación del sismo, y deben ser removidos, lo que han venido haciendo los miembros de la comunidad, independientemente de si han sido afectados en directo o no: igualdad.
En los claros, entre escombros, los niños juegan con metras. Los animales, las gallinas, parecen no darse por enterados de la tragedia. Esto es cosa de humanos que ejercen su libertad frente a la situación límite que se les presenta.

Regresamos al sector La Granja, otra vez conducidos por la líder que perdió su casa de tres plantas (la única de más de dos pisos en la zona, donde no hubo víctimas fatales); a una cuadra de la de ella, otra donde una pareja fue psicológicamente afectada. Otra casa destruida: en pie solo en un portarretrato de la pareja. Les donaron un colchón y un tanque de agua, y esperan en una habitación improvisada por la rehabilitación de su vivienda.

¿Por qué una casa se cae y otra no?, parece un misterio. Tal vez tenga que ver con ese desplazamiento como de reptil, como describen estos campesinos el movimiento telúrico. Los demás vecinos nos acompañan en la atención. Ningún damnificado está solo. Recordamos el neologismo de Chávez cuando la tragedia de Vargas: «dignificado». Solo que en aquel entonces (apenas iniciaba su gobierno) lo que era una política de Estado, ahora es un comportamiento de la sociedad civil.
La dignificación de damnificados por parte de sus vecinos es un nuevo fenómeno. Venezuela cambió entre estas dos tragedias. Decía Bolívar: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”… ¿Y cómo? El lema de dos revolucionarios del siglo de las luces: “libertad, igualdad, fraternidad”, que en la Revolución Bolivariana resumimos en democracia participativa y protagónica.
El sismo en sociedad rural, que es el que observé personalmente, es distinto, como vemos, en la afectación de las viviendas sencillas y, tal vez, en el comportamiento de la comunidad, pero objetivamente no puedo compararlo con el sismo urbano, pues no tengo la experiencia directa.
Una cosa importante: en Morón hay fallecidos, pero no desaparecidos. No hay el residente anónimo. Todos saben quién falta y donde debería estar, parece que la soledad del hombre de la ciudad no está presente: igualdad.
Regresamos de Alpargatón como vinimos, en una ambulancia de 0800 Bigote, y con el conocimiento de la clave para luchar contra la naturaleza cuando se opone: La sociedad organizada, la democracia participativa y protagónica, que hacen que la naturaleza finalmente nos obedezca, o al menos eso pareciera…
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Pedro Téllez (Valencia, 1966): Psiquiatra y escritor. Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Carabobo, donde también cursó las Maestrías de Historia de Venezuela y Literatura Venezolana. Ha sido profesor de estética en la Escuela de Arte «Arturo Michelena» y coordinador del Postgrado de Salud Mental en el Hospital Psiquiátrico de Bárbula.
Ha formado parte del comité de redacción de las revistas Poesía y La tuna de oro. Entre sus libros se encuentran: Añadir comento (1997), Fichas y remates (1998), Tela de araña (1999), La última cena del ensayo (2005), Un naipe en el camino de El Dorado (2007), Elogio en cursiva del libro de bolsillo (2007), Valencia sulaco (2019).
Ciudad Valencia/RN













