Una mujer cruzó medio país desde Lara con un audio en su teléfono. En ese audio su hermano habla desde el estacionamiento de un edificio de Playa Grande, La Guaira, instantes antes de que el primer terremoto se le viniera encima, de su esposa y de su cuñada. Con tan solo unos pocos segundos de grabación, ella lo escucha una y otra vez frente a la montaña de concreto que los cubre, con la esperanza de que él vuelva a hablar como habló aquella vez.

Sin embargo, mientras ella espera, el conteo no deja de subir. El balance ofrecido a la una y media de la tarde de este viernes por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, elevó a 920 los muertos y a 3.360 los heridos del doble terremoto que golpeó a Venezuela el miércoles 24 de junio. El estado La Guaira carga la peor parte, con manzanas enteras reducidas a placas apiladas y bajo esos escombros permanecen 172 personas atrapadas, y las cuadrillas las buscan con la certeza de que cada hora estrecha el margen.

La esperanza persiste bajo los escombros de La Guaira

Los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 dañaron 1.423 estructuras. La cuenta reúne 383 edificios, 25 centros comerciales, más de mil construcciones menores y un golpe que agrava todo lo demás —trece hospitales averiados, justo cuando más manos médicas hacían falta—. 3.007 personas perdieron su casa, y muchas se niegan a perderla del todo. Salen de las ruinas con un electrodoméstico a cuestas, una caja de documentos, lo poco que cabe en los brazos, y regresan a la calle con ese resto de vida encima.

Sobre las áreas verdes que ayer eran jardines crecen las carpas; en las canchas y los campos de béisbol se acomodan hamacas, colchonetas y sábanas tendidas como paredes. Nadie quiere volver a un muro agrietado mientras el suelo siga moviéndose, y el servicio sismológico ya contó 214 réplicas que renuevan el sobresalto cada pocas horas.

 

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En Playa Grande, la urbanización más castigada, una decena de edificios yacen sobre el suelo. El acceso es mínimo y el trabajo, milimétrico. Las cuadrillas levantan las placas una por una, aplazan la maquinaria pesada y callan cada tanto para oír si algo responde bajo el cemento. Esa paciencia ha salvado a 243 personas del área del desastre. Pero cuando falta una grúa, la desesperación de los familiares choca contra la calma de los rescatistas.

La esperanza persiste bajo los escombros de La Guaira

La primera línea la sostienen los vecinos, formando cadenas para pasar baldes de escombro, reparten el agua que escasea, hierven enlatados para el que llega sin nada y cavan junto a la Guardia Nacional Bolivariana. La organización del barrio hace lo que la maquinaria aún no puede hacer, y a ese esfuerzo se suman los que vienen de afuera a buscar lo suyo.

La respuesta del Gobierno se midió en toneladas. Según el balance de Rodríguez, el Estado atendió a 69.500 familias en La Guaira y repartió 2.600 toneladas de alimentos por la costa. En las cocinas de campaña levantadas entre los edificios caídos se sirvieron 208.534 platos de comida, uno tras otro, a una fila que no se acaba. Allí hace cola el que ayer tenía la nevera llena y hoy sostiene un plato con las dos manos.

La entidad amaneció militarizada para custodiar esa logística, y donde la red hospitalaria fija quedó fuera de servicio, los Hospitales Quirúrgicos Móviles de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana levantaron quirófanos sobre ruedas.

La esperanza persiste bajo los escombros de La Guaira

 

Por esos módulos pasan los heridos leves, los niños sacados del concreto y quienes necesitan que alguien los escuche antes de que los venden. La atención se reparte en varios puntos del estado, cerca de donde la gente acampa, para que nadie tenga que atravesar una ciudad rota en busca de auxilio. Curada de urgencia, esa ciudad empieza a contar lo que ya no está.

El litoral perdió mucho más que vidas. La avenida que une el aeropuerto de Maiquetía con Playa Grande quedó forrada de comercios reventados. Donde hubo hoteles, posadas, restaurantes, gimnasios y panaderías, los vecinos señalan montones de polvo y los nombran en voz baja, como quien recita un inventario para no olvidar. Apenas alguna farmacia atiende; el resto del auxilio pasa de mano en mano, salido del propio barrio. Para la ayuda que venía de más lejos hubo que esperar a los aviones.

 

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El auxilio extranjero ya no se cuenta en promesas sino en botas sobre el cemento. Rodríguez registró 1.019 rescatistas de diez países trabajando en suelo venezolano. El contingente más numeroso bajó de los aviones de Estados Unidos, con 328 efectivos, una presencia llamativa entre dos gobiernos de trato áspero. Detrás viene México con 272, El Salvador con 115, Suiza con 90, Colombia con 63, Ecuador con 53, España con 40, Chile con 34, Panamá con 13 y República Dominicana con 11. Repartidos por los puntos más comprometidos, forman el primer relevo de una emergencia que aún no toca techo.

Otros países pesan sin figurar en ese recuento. Brasil despachó nueve toneladas de equipo de búsqueda y anunció para el sábado un segundo vuelo con un hospital de campaña, cien purificadores de agua solares y suministros quirúrgicos. La Federación Internacional de la Cruz Roja comprometió 40 toneladas de insumos y mandó un primer cargamento de 17, para 800 familias, con apenas dos horas de tránsito previsto. Las unidades caninas —mexicanas, españolas, ecuatorianas— olfatean entre los escombros lo que ningún aparato detecta, y la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU ordena el tráfico de brigadas que todavía aterriza en Maiquetía.

En Playa Grande, el ruido de las excavadoras aún cede el paso al de las manos. Venezolanos y extranjeros corren la misma carrera, pendientes de que entre las 172 personas atrapadas quede alguien que todavía escuche. La franja que el miércoles recibía turistas hoy cuenta sus muertos. Sobre los escombros, la joven de Lara aprieta el teléfono con la esperanza de una respuesta. La tierra, al tercer día, todavía no se queda quieta.

 

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Fuente: Telesur

Ciudad Valencia/SkV/DG

Fotos: Telesur