(A la mystérieusse)

Juan Martins (1960) es un renacentista que vive en Maracay y su amor por el arte de la palabra lo ha llevado a indagar en varios discursos: la poesía, el teatro (y no sólo como dramaturgo, sino también como director de escena), el cuento, el ensayo, además de ser editor…
También dirige una revista dedicada a las artes escénicas llamada Teatralidad que me parece está cerca de los diez números, lo cual siempre es asombroso en publicaciones de este tipo.
Ahora bien, como ensayista devenido en crítico literario tiene una bibliografía considerable, lo que pone en evidencia su constancia, dedicándose a estudiar esa nueva especie literaria que se viene conociendo como autores periféricos, es decir, autores que emergen de los marginalias y entran en el canon con relatos híbridos donde todos los géneros se mezclan: Vila Matas, Bolaño, Tavares, Aira, Coetzee, Pessoa, Cortázar, Murakami y pare usted de contar.
Varios de estos autores están reunidos en el volumen Novelas son nombres, ensayos inexactos (Ediciones Estival, 2016).
Ya abierto el volumen, lo primero que se nota es que el autor arranca de una vez con sus ensayos sin la más mínima explicación o justificación del material que estamos por leer; seguro de sí mismo comienza a hablar de su tema sin ningún preámbulo.
Y más tarde, ya avanzada la lectura (pag. 43) del primer capítulo, el más extenso del libro, hallamos lo que habíamos estado echando en falta: el bendito prólogo, introito, programa, inicio, preámbulo, intención, o lo que sea que justifica la existencia del libro:
Novelas son nombres me exige buscar el lector que se asocie con esa escritura. Siendo así este libro no es más que un ensayo de acercamiento con aquellos. Es, por ende, una proyección de ese tipo de lector y, seguido, la representación en un tipo de lector.
Y uno se dice: «¡Recorcholis!, menuda tarea se impuso este hombre y qué raro que lo diga justo en este momento».
Porque desde entonces la perspectiva de la lectura cambia: ya no estamos leyendo una simple colección de reseñas literarias, sino algo más ambicioso: la definición de un tipo de lector; la puesta en escena de una poética de la lectura y finalmente una autodefinición del tipo de lector que es Juan Martins.
Si pudiera escoger, diría que se trata de «ensayos ficcionales» y que Juan Martins no es el autor del libro, sino un personaje ficticio que comenta y se comenta a sí mismo en cada lectura que realiza:
De alguna manera formaremos parte de ese relato en una relación abierta con el enunciado, soy yo/lector quien establece el discurso. (pag. 128).
O sea que quien lleva los hilos de las tramas es precisamente el lector convirtiendo su lectura en una aventura metaficcional:
El lector se arroja a la aventura del personaje sobre la construcción del ejercicio del lector, de la novela como placer. (pag. 115).
Aunque no se vaya uno a creer que por llamar a la aventura, estos ensayos no tienen también su escalada, quizá por su formación académica hay momentos que pueden resultar algo ásperos para su comprensión:
Si algún lugar tiene la relación entre la interpretación y el significado está acá producido en su significancia, es decir, cómo es asimilado el contexto de ese discurso en la estructura de la novela y recrear su sentido con la historia de lo narrado. (pag. 118).
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Sin embargo, como decía Lezama: «Sólo lo difícil es estimulante…», así que a pesar que de vez en cuando tropezamos con estas asperezas, el interés se mantiene activo y continuamos por esta galería de nombres que son novelas y que se van revelando a cada página, porque lo importante es lo que el mismo Juan Martins platea como ética, poética y estética de la lectura:
Todo deviene en el lector, para su gusto y placer por su puesto.
Ciudad Valencia / Manuel Cabesa*












