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“AiméeTorres: trascendencia en post-español” por Manuel Cabesa

(A la mystérieusse)

 

Antes de empezar debo decir que conozco a Aimée Torres. Esta circunstancia no tiene nada de especial porque uno conoce mucha gente, pero en este caso lo que quiero significar es que no siempre sale uno bien librado cuando intenta comentar el libro de una persona cercana al afecto.

Así que sólo pienso compartir unas impresiones, ahora que echo otro vistazo a Trascender en Rosa (Fondo Editorial Nos Une la Poesía, 2025); en todo caso porque siento que es una asignatura pendiente, así que…

Lo primero que puede llamar la atención de estos textos es su sintaxis; a primera vista el lector puede sentir vértigo al no captar al primer golpe de vista su enunciado.

Aimée Torres-Trascender en rosa

Y no es casual: la autora corrompe con mucha gracia el orden de las oraciones, se inventa conexiones sintácticas que pudieran ser sorprendentes; alguno pensará en una escritura apenas boceteada, sin embargo, puesto a analizar con más detenimiento sólo por la estructura de los versos vemos que Trascender en Rosa hereda algo de esa tradición lingüística que impusieran en la lengua castellana los poetas de la primera vanguardia latinoamericana: Vallejo (Trilce, 1922) y Huidobro ( Altazor, 1931); y que siguieron, décadas después, Saúl Yurkievich, Jorge Enrique Adoum y, en nuestro país, Rafael José Muñoz: se trata, según sentencia el ecuatoriano Adoum, de poemas en post-español: «Todo poeta, aún sin saberlo, termina siguiendo una tradición», ha dicho Ludovico Silva.

Y aquí entramos en el contenido: los poemas de Aimée Torres nacen de la experiencia poco afortunada del padecimiento del cáncer de mama, y de la cual pudo sobrevivir.

Para Susan Sontag, uno de los agravantes del cáncer es la estigmatización de la persona afectada, la dificultad de la cura arraiga en el ánimo y la mente del paciente haciendo del tratamiento una especie de infierno físico y mental.

En algún tramo de este proceso, nuestra amiga encontró vía de redención en la poesía y, a partir de ahí, su entregar a ella es total: estos poemas, más que un ejercicio estético en busca de aceptación en algún parnaso establecido, son el testimonio de una resurrección avant-la mort.

Y aquí vuelvo al detalle de la sintaxis: un poeta no es sólo aquel que escribe versos, como diría Dominique Lampiere, sino aquel que escribe versos porque tiene una actitud poética ante la vida: una visión en donde vida, muerte y resurrección se funden en una imagen y trasciende cualquier circunstancia:

 

Aimée Torres-Trascender en rosa

 

Sombras tú aceptas
por tus violentas heridas mentales
como tempestad te resuenan,
igual te cicatrizan en lila
sin que tu vela apague tu espíritu

 

Y esta visión, lúcida, cruel, amorosa exige otro tratamiento del lenguaje, como sucedía con Vallejo cuando:

 

Quiero escribir y me sale espuma,
Quiero decir muchísimo y me atollo

 

Es decir, ante la imposibilidad de la expresión, las palabras se reinventan a sí mismas para  sobrevivirse. Se hace entonces necesario escribir más allá del español: fundir palabra, dolor y esperanza para crear una nueva fórmula que represente la agonía de morir viviendo.

Esta es mi lectura, subjetiva como cualquier otra; sólo habría que razonar algunos detalles como la inclusión de términos que escapan al decir poético como aquello del «meta-verso» que en realidad nada tiene que ver con la poesía:

 

entre la infinitud de tus deseos
y la compañía de mis meta versos…

 

O la insistencia en decir «resiliencia» en lugar de una palabra más adecuada dentro del contexto de la escritura, ya que si bien este concepto define la actitud de emisor del texto, también lo es que rompe con el ritmo de la frase ante su dificultad fonética.

La verdad parecen términos inducidos por esa moda imperante entre los clubes de poetas on line de buscar palabras  extrañas o eufemismos para  nombrar lo conocido: una cosa es subvertir el orden del idioma para redimensionar la expresión y otra es usar ese castellano paralelo de las redes sociales, que se expresa de forma tan errática y que lamentablemente hasta los poetas repiten, no sé si por desconocimiento o para ganar links de gracia en sus portales.

Más allá de eso Trascender en Rosa, en cuanto a escritura, es una experiencia trascendida. Aimée Torres ha alzado vuelo y en los textos que ha venido compartiendo se siente una nueva búsqueda, una nueva mirada introspectiva que desde dentro va al exterior y busca fundirse con él: la unidad integrada a la totalidad, el Uno en Todo como sinónimo de nueva vida:

 

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La soledad en sí puede ser cruel…
Cuando se impone como un muro entre el corazón y el mundo, la soledad ahonda las heridas, amplifica los silencios y convierte incluso los espacios más familiares en territorios hostiles.
Puede ser un espejo que devuelve sin piedad, las preguntas que tememos contestar; y por ello da miedo enfrentarla: para no escuchar nuestras verdades…
Pero también, en su paradoja, puede ser un refugio transformador: un espacio donde enfrentamos nuestras sombras y, quizá, hallamos nuestra propia luz.
La poesía es mi soledad interna, es el río que lava las piedras más ásperas de mi alma.

 

Aimée Torres

 

Ciudad Valencia / Manuel Cabesa* 

*(Caracas, 29/11/1960). Poeta, narrador, ensayista y bibliotecario; reside en el estado Aragua desde 1994. Fue beneficiario de los Talleres de Creación Literaria del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) en tres oportunidades: poesía (1980); narrativa, (1999) y ensayo histórico, (2002). Con el apoyo de la Coordinación de Literatura de la Secretaría de Cultura del estado Aragua inicia en 1999 un taller literario que aún se mantiene activo de forma independiente bajo el nombre de Los Moradores y fue miembro fundador de la Agrupación Cultural Pie de Página. Ha representado a Venezuela en el 1er. Taller Iberoamericano de Poesía (Cuba, 1993); Festival de la Cultura del Caribe (México, 1996) y Festival del Nuevo Cine Latinoamericano (Cuba, 1999).