En octubre del año ’80 (siglo XX) entrevisté en Madrid al poeta español Luis Rosales. Para ese entonces yo vivía transitoriamente en Sevilla. La obra de Rosales me atrapó a mitad de su camino, justo en esa especie de transición que vivió la poesía española cuando surgieron varios caminos desde la religiosidad de la generación del ’98 (siglo XIX): aparecieron estilos conversacionales, lenguajes y hasta nuevos temas, apegados a los motivos clásicos de la poesía escrita en España y también en Europa.
Por casualidad, en Sevilla, en una librería que frecuentaba, “Pretil” se llamaba, «descubrí» Diario de una resurrección, libro de Rosales que representó para él «una encrucijada» y también para muchos poetas de esa generación que Dámaso Alonso denominó «la generación sin nombre», como así me lo dijo Rosales en esa entrevista perdida:
Cuando uno llega a un cruce de caminos
lo único que sabe es que tiene que elegir
y aún eligiendo,
siempre tendrá que seguir haciéndolo.
Ese aspecto de la modernidad poética española fue objeto de estudio prolijo del poeta, historiador y filólogo Dámaso Alonso.
Después de un protocolo telefónico y postal, acordé la entrevista. Me fui lo más documentado posible sobre su obra, pero, confieso, ignoraba el caso de Rosales con la muerte de Lorca y por lo tanto su filiación y la de su familia granadina con la Falange.
Sobre el particular, leí años después un esclarecedor libro de Félix Grande, La Calumnia.
Ya en la oficina, conversando y haciendo anotaciones, de pronto, un tanto bruscamente, aparece en el umbral de la puerta de una habitación contigua un hombre largo, delgado, con el cabello revuelto y unos anteojos medio desbaratados entre ojos y nariz: era Juan Carlos Onetti, a quien no había visto ni leído.
Según dicen, amaba estar acostado. Cuentan los pocos que pudieron visitarlo en su apartamento de Madrid, que había puesto en la cabecera de su cama un cartel que rezaba:

Se nace cansado y se vive para descansar.
Ama a tu cama como a ti mismo.
Descansa de día para dormir de noche.
Juan dormía, comía, leía y hacía el amor todo en la cama, porque consideraba que era donde pasaba todo lo importante, «pero en realidad era pereza», comentó Dorotea Muhr, Dolly, cuarta y última esposa del escritor.
Es así que de tanto apoyarse sobre su codo derecho para leer, se le había deformado y en ocasiones le generaba bastante dolor.
A Onetti no le interesaba que la habitación tuviese una ventana, de hecho, cuando lo instalaron en una lujosa habitación en El Escorial con una hermosa vista, dio vuelta la cama para quedar mirando la pared.
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Para culminar esta anécdota, volvemos a citar a Dolly: «Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie».
Seguramente ese día estaba durmiendo y recordó que estaba pendiente un viaje con Rosales. Y salió medio dormido y le dijo: «Luis, es tarde, y tú no manejas de noche».
Rosales le contesto unas lenguaradas, que le permitió el brandy que bebía, mientras me hablaba asombrado de mi interés por su poesía.
***

Federico Ruiz Tirado (Barinas, 1955): Escritor, poeta, diplomático. Miembro Fundador de la Red de Escritores Socialistas de Venezuela. Autor de Un puñado de pájaros contra la gran costumbre (antología sobre el 4F), Un día para siempre, La Patria está en otra parte (MPPCULTURA, PDVSA) y del poemario Víspera (El perro y la rana).
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