Desde las primeras luces del miércoles, a las siete en punto, comienza en Patanemo la construcción del altar mayor en la Casa de la Cultura de los Diablos Danzantes.
A mediodía, tres danzantes salen a ejecutar los tres brincos, ordenados por el capataz mayor y guiados por otro capataz, rumbo a la iglesia Nuestra Señora del Socorro.
Estos brincos, realizados en forma de cruz, cierran los caminos del mal y abren sendas de limpieza espiritual para el pueblo. Se ejecutan justo en la puerta del templo y luego los danzantes regresan al altar mayor.
Ya entrada la noche, se congregan todos los danzantes y promeseros del Santísimo Sacramento para iniciar el rosario, conocido como el Velorio de los Diablos o las Vísperas del Corpus Christi.

Durante la velada se reparten café, chocolate y galletas entre los presentes, mientras se lleva a cabo un ensayo general en el patio, sin trajes. Al culminar, cerca de la medianoche, los danzantes se persignan ante el altar.
A las cinco de la mañana del jueves, el noveno después del Jueves Santo, escoltados por los capataces, parten hacia el río para un baño de purificación. Allí se limpian de toda mala influencia, preparándose para vestir el traje de danzante.
Luego de un desayuno reparador, se dirigen a la sabana, donde cada uno busca un rincón del monte para vestirse. Una vez listos, el capataz Camilo Monteverde los santigua y resguarda con oraciones. Así salen a pagar sus promesas.

Para ser un Diablo Danzante de Patanemo es requisito estar bautizado por la Iglesia Católica y tener una promesa que motive la danza. Esta manifestación mágico-religiosa, exigente, se sostiene por la fe, que siempre está por encima del sacrificio físico.
Los danzantes se mueven en hermandad: donde va uno, van todos. Se acuestan ante el altar, cruzan las piernas en forma de cruz y se rinden ante el poder divino del Santísimo Sacramento.
El velo que cubre sus rostros simboliza que el maligno no tiene cara, puede aparecer de cualquier forma. Actualmente, más de cien danzantes activos pagan promesa, junto a muchos otros devotos que, aunque no bailan, ofrecen flores, aceites y otros dones.
El siguiente jueves, los diablos vuelven a recorrer las calles, visitan las casas de los danzantes caídos —aquellos que ya partieron— y repiten los rituales de limpieza. Finalmente, regresan al altar mayor donde los capataces y danzantes realizan la tumbada del altar, cerrando así el ciclo de las promesas al Santísimo Sacramento del Altar.

Wuillian Rodríguez preside la Cofradía de los Diablos Danzantes de Patanemo, una de las más antiguas del país, con orígenes que se remontan a 1721. Andrés Lugo y Julián Lugo, capataces y músicos del cuatro, acompañan.
Entre los personajes más singulares está el Diablo Perdido, un danzante desobediente que se escapa del grupo y, al ser atrapado, es azotado en el círculo de los demás diablos o forzado a bailar o saltar como penitencia.
El evento contó con la presencia de autoridades estadales y municipales; así como también con miembros del equipo promotor estadal de la Gran Misión Viva Venezuela. Asimismo participaron el sacerdote de la parroquia, Emil Armando Croce, y los encargados de la Casa de la Cultura Diablos Danzantes de Patanemo, Mauricio Rodríguez y Wilfredo Chacón, quienes compartieron con la comunidad este acto de profundo arraigo y devoción.
Esta manifestación fue reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en el año 2012.
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Su permanencia no solo honra la tradición, sino que reafirma la identidad de un pueblo que, generación tras generación, se rinde ante el bien con máscaras, danzas y fe.
En Patanemo, el diablo no se vence: se transforma y baila. Porque aquí, ¡el mal se arrodilla y el alma del pueblo se levanta!
Ciudad Valencia / Marhisela Ron León













