El filósofo y ensayista español José Antonino Marina cuestiona un paradigma extendido en los modelos educativos actuales. La premisa de que la felicidad individual debe ser el fin supremo de la enseñanza y que su consecución es un proceso sencillo.

Según el especialista en desarrollo cognitivo e inteligencia, esta postura resulta contraproducente para el desarrollo personal de los jóvenes.

 

Los límites de la felicidad como fin único

Fomentar la idea de que el bienestar debe ser un estado permanente genera expectativas irrealizables. Al enfrentarse a inevitables episodios de frustración, pérdida u obstáculo, los jóvenes carecen de los recursos emocionales necesarios para gestionar dichas situaciones.

Para Marina, una formación integral no debe perseguir la erradicación del malestar o la incomodidad. Por el contrario, requiere enseñar a tolerar la frustración y a responder ante la adversidad. La propuesta no busca desmerecer el bienestar, sino evitar que este se transforme en un mandato imperativo.

 

Los riesgos de la sobreprotección y la infantilización

El autor advierte sobre una tendencia a proteger en exceso a los adolescentes ante cualquier circunstancia desfavorable. Esta sobreprotección desemboca en un fenómeno de infantilización prolongada, el cual priva a los jóvenes de las herramientas prácticas necesarias para encarar conflictos reales en la vida adulta.

«Estamos infantilizando demasiado a los adolescentes bajo la premisa de que así los protegemos».— José Antonio Marina.

 

La felicidad como consecuencia, no como meta directiva

En lugar de concebir la felicidad como un objetivo que debe perseguirse de forma directa, el filósofo plantea redefinirla como un resultado emergente. Para el filosofo, la felicidad no es un destino autónomo:No constituye una meta que pueda alcanzarse de manera aislada.

Asi mismo, Marina aclara que la felicidad es el subproducto de una vida con sentido: Surge como acompañamiento reflexivo y emocional de las acciones, los proyectos significativos, los vínculos sólidos y la toma de decisiones autónoma.

En conclusión, educar no consiste en asegurar un estado de agrado instantáneo y continuo, sino en dotar a los individuos de las competencias críticas y emocionales indispensables para desenvolverse con autonomía ante la incertidumbre.

Así, el bienestar no dependería exclusivamente de evitar los momentos difíciles. También estaría relacionado con la capacidad de construir objetivos, tomar decisiones, mantener vínculos y desarrollar actividades que tengan sentido para cada persona.

 

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Fuente: TN

Ciudad Valencia / LH /

Foto: TN