Al reeler a Vicente Gerbasi en su obra cumbre, “Mi padre el inmigrante”, no puedo dejar de hacer un parangón con el mío.
Cuenta mi papá que cuándo se atrasaba en el pago de la luz y llegaba el técnico de Cadafe, alicate en mano, a «cortar la luz» o más bien la acometida eléctrica, simplemente le decía: «Usted cumpla con su trabajo que yo me alumbro con una vela». Sus vecinos, por el contrario, además de discutir con el funcionario y amenazarlo, al apenas descender del poste, subían a reconectar la energía eléctrica.
Y es que en casa habría a lo sumo tres o cuatro bombillos de los amarillos, una cocina de kerosén, una nevera también de kerosén (¿las vieron alguna vez?). No había lavadora y mucho menos televisor, la “chaca-chaca” y la TV en blanco y negro fueron inventos futuristas que llegaron a nuestro hogar en la década de 1970…
Así pasaban algunas semanas a la luz de tenues candilejas, hasta lograr reunir el monto de la bendita factura. Ojo: NO se pagaba reconexión, simplemente te reconectaban al poste y ya, listo.
Y es que papá venía de combatir en la mal llamada 2da. Guerra mundial (1939-1945), que no fue mundial, sino europea con participación de EEUU.
Allá, en esos campos de batalla de Italia, se forjó su estoico carácter.
Papá nos contaba muchas anécdotas sobre la infamia de una guerra que detestó y que estalló mientras cumplía el servicio militar obligatorio. De hecho, desertó en el último año y fue condenado a 2 años y 7 meses de prisión por un tribunal militar. ¡Nunca lo capturaron!
Ya su padre (mi abuelo Costantino) había participado en la 1a. Guerra (1914-1918). Ahora le tocaría a él defender el tricolor patrio “verde, bianco, rosso”.
Aunque sus relatos eran repetidos, para mi oírlos era como ver una buena película una y otra vez.
Contaba que muchos «carros armados» (así llamaban a los tanques de guerra) se quedaban varados por falta de combustible.
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Esto debido a que los tambores de hierro que contenían la gasolina eran vaciados por los mismos soldados para convertirlos en ollas gigantes.
En tales ollas improvisadas preparaban sendos minestrones con algo de espagueti. Y si se atravesaba algún gato de la comarca también se añadía al menú de la tropa.
Al igual que mi abuelo, papá enrollo sus diplomas junto a sus medallas y las engavetó: «Y al que me vuelva a hablar de Patria le doy un palo por la cabeza».
Ciudad Valencia / Ismael Noé, periodista independiente*













