Bolívar-Rodríguez-Monte Sacro

Una generación de caraqueños ilustres cruzó los cielos de Europa y América en el siglo XIX, todos ellos nacidos a mediados y finales del siglo XVIII. Entre ellos se encuentran Francisco de Miranda  (1750-1816), Simón Rodríguez  (1769-1854), Andrés Bello  (1781-1865) y Simón Bolívar  (1783-1830). A todos ellos los caracteriza un pensamiento que trasciende las fronteras de su patria chica.

A Miranda se le atribuye la paternidad de un proyecto de incanato, bajo el nombre de Colombeia, que inspirara a Bolívar la república de la Gran Colombia y su congreso anfictiónico de la América Española.

Simón Rodríguez creó su proyecto de educación popular (concentrado en lo que se ha conocido como escuela primaria, escuela taller, escuela granja) para fundar las nacientes repúblicas de “nuestra América” (según la expresión de Bolívar y Martí), y su libro más conocido es precisamente “Sociedades Americanas”.

 

DEL MISMO AUTOR: VIDRIOSO Y ESQUIVO ANDRÉS BELLO

 

Andrés Bello concibió su proyecto cultural, desde Londres, a través de las revistas “Biblioteca Americana” (1823) y “ Repertorio Americano” (1826-1827), y lo desarrolló versátilmente en Chile a través de toda su labor de publicista, poeta, lingüista, diplomático, legislador y universitario, con una proyección americanista.

Estos insignes americanos vieron la luz por primera vez en Caracas y se encontraron en momentos muy significativos. Bolívar y Bello, en Londres con Miranda, su universo y su leyenda. Bolívar logra  el retorno a Venezuela de este último y luego, tras la capitulación del año 1812, trágicamente lo hizo prisionero, situación en la cual las autoridades españolas aprehendieron a Miranda en La Guaira y lo aherrojaron hasta su muerte (1816) en la prisión de La Carraca, en Cádiz.

Bello y Rodríguez fueron maestros del Libertador, en Caracas, y se entrevistaron un par de veces en Chile. Bolívar y Rodríguez se reencontraron en momentos estelares, cuando el primero forja la convicción de su destino en Europa  (recordándose particularmente su paso frente a la coronación de Napoleón y el juramento del Monte Sacro), y cuando alcanza la gloria en América, se abrazarán  en Lima, jurarán mantenerse juntos y viajarán hasta el Alto Perú, con un proyecto educativo común, y la separación marcará el camino hacia la tragedia de ambos.

Después de su mutua compañía en Londres, Bolívar no vio más a Bello y fue inútil su gestión epistolar ante la embajada de Colombia en aquella ciudad para que nuestro maestro retornase a Colombia.

Si Bolívar y Miranda son cosmopolitas, tienen el genio del guerrero, la vocación de libertadores, la erudición y la pasión de escritores y publicistas. Bello y Rodríguez son sus pares en tales cualidades, pero sin un pelo de guerreros, son intelectuales por oficio y educadores por vocación.

A Bello le animará siempre la admiración y la gratitud por el hombre de mundo, el erudito, el excelente anfitrión y guía que fue Miranda (a cuya biblioteca siempre pudo acudir en afán de estudio y consulta).

Entre Bello y Bolívar existirá admiración mutua, pero diferencias de carácter y de oficio provocarán reticencia y distancia entre ambos por el destino diplomático del primero. Bolívar intentará saldar la diferencia y conservar a Bello para el gobierno de Colombia cuando éste se embarcaba para Chile. El tiempo dará la razón a Bello sobre su afortunada decisión, en momentos en que declinaba la gloria de Bolívar y la unidad de Colombia. Ese mismo tiempo borrará cualquier reticencia entre ambos.

De la simpatía y cordialidad entre Bello y Rodríguez hablará la noticia y anécdota de sus entrevistas en Chile. Pero el carácter, el pensamiento y la conducta política de uno y otro fraguarán desenlaces opuestos en sus vidas.

Bello morirá en su hogar, rodeado del  respeto de sus compatriotas chilenos. Rodríguez tendrá destino errabundo y náufrago, agonizará en la pobreza y soledad de una casucha en un apartado pueblo del Perú, y de su tumba en la iglesia de este pueblo nunca se tendrá verdadera certeza.

A Pedro Pablo Paredes (en Visión Diversa de Bolívar, 1984, p. 586) le resulta muy hermoso y expresivo de suma admiración que Bolívar aceptase como su maestro al joven Bello, casi de su misma edad.

Pero dirá Mario Torrealba Lossi (en Visión Diversa de Bolívar, 1984, pp. 545-553) que, a pesar de la cercanía generacional, apenas dos años de diferencia, entre Bolívar y Bello no existió afinidad de carácter y sí más bien una respetuosa pero notable distancia. El Libertador nunca tendrá para Bello la afectuosa exaltación que tuvo para con Rodríguez, como se desprende de la famosa carta de Pativilca.

Para comprender tanta distancia frente a Bello y tanta cercanía e intimidad frente a Rodríguez, de parte del Libertador, Mario Torrealba Lossi traza un diagnóstico de la personalidad de Bolívar y Rodríguez que los emparenta.

 

30 de octubre de 1950: la rebelión de Puerto Rico por su soberanía | José Ramón Rodríguez

 

Bolívar: huérfano, impetuoso, de imaginación volcánica, perseverante, soñador, depresivo, de sueño muy inquieto y dromómano, escritor por erudito y necesidad. Rodríguez: expósito, cosmopolita, indisciplinado, liberal, dromómano, de sueño con trastornos y escritor de urgencia frente al olvido. La perseverancia de Bolívar frente a las dificultades lo diferencia de Rodríguez, pero ambos se sentirán finalmente condenados al exilio.

Recuérdese cómo el maestro rechazaba los árboles, que nacen y mueren en un mismo sitio, en tanto que lo atraían las corrientes de los ríos, que viajan y viajan sin cesar. Esta misma carga de hiperestesia y dromomanía obligaba a Bolívar a estar siempre sobre los lomos del caballo, buscando enemigos y tejiendo sueños, como Don Quijote, perseguidor de molinos y de fantasmas (Torrealba, en Visión Diversa de Bolívar, 1984, pp. 549 y 550).

Tan accidentados rasgos de personalidad quizá expliquen la distancia no sólo de Bolívar con Bello, su antípoda, sino también entre ambos maestros, a pesar de la simpatía y cordialidad que permitió un par de afortunadas entrevistas entre ellos.

 

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Juan Medina Figueredo

Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.

Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.

Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)

 

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