En situaciones de emergencia extrema y desastres naturales, el voluntariado joven no es solo una fuerza de apoyo: es el motor que impulsa la respuesta inmediata, la innovación en el terreno y la esperanza colectiva. Los jóvenes capacitados aportan dinamismo, resistencia física y una notable adaptabilidad técnica ante escenarios impredecibles.
Sin embargo, su valor más significativo radica en la empatía y en la disposición absoluta de poner sus capacidades al servicio del prójimo cuando el entorno parece colapsar. La labor de las nuevas generaciones en la primera línea de rescate reafirma que el compromiso social y la preparación rigurosa son pilares indispensables para la resiliencia de toda sociedad.
Hoy les presentamos una conversación con el joven rescatista y enfermero Moisés Cruiz, quien comparte su testimonio operativo, los retos técnicos de su labor y la visión humana que deja la atención de contingencias de gran magnitud.

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Perfil y especialización
Moisés, para comenzar, compártenos un poco sobre tu trayectoria y tu formación en el área de rescate y atención pre-hospitalaria.
Soy oriundo de la ciudad de Naguanagua y nací el 1° de noviembre del año 2000. Me dedico al área del voluntariado desde aproximadamente el año 2008, cuando inicié mi camino en el movimiento Scout. Ya para el año 2018 ingresé formalmente a los grupos de rescate voluntario, prestando apoyo al Sistema Integrado de Bomberos, Protección Civil y demás entes competentes en materia de prevención y gestión de riesgos de desastres.
En este ámbito he desempeñado labores de atención pre-hospitalaria, análisis de daños y formación continua en la capacitación para el área de rescate, tanto en el estado Carabobo como a nivel nacional.
Actualmente me desempeño como voluntario de la Cruz Roja, soy estudiante de Enfermería en la Universidad de Carabobo —carrera que curso para potenciar mis competencias en la atención intra y pre-hospitalaria— y me especializo en el área de rescate vertical.
¿En qué consiste exactamente la especialidad de rescate vertical y cómo se aplica en la práctica?
El rescate vertical se trabaja mediante sistemas de cuerdas y abarca tanto el ámbito industrial como el deportivo y el de emergencias. En el área de rescate, se emplea en cualquier operación de recuperación que amerite el uso de líneas de cuerda para realizar ascensos o descensos controlados, con el objetivo de acceder a la víctima y extraerla de la zona de peligro. En el sector industrial, se vincula directamente con la prevención durante trabajos en altura —ya sea en estructuras de techos, elevadores o escaleras— garantizando una respuesta inmediata para la recuperación y evacuación de un trabajador en caso de accidente.
Despliegue operativo y respuesta inmediata
¿Qué te motivó a dar el paso y ofrecerte como voluntario tras el evento sísmico?
Es algo que llevo en las venas; mi padre y mi madre también han sido voluntarios, por lo cual desde muy pequeño he tenido la vocación de servir al prójimo. Siento que esta emergencia reafirmó mi vocación, pues nuestra máxima de «ayudar al prójimo en cualquier circunstancia» quedó plenamente demostrada durante mi despliegue operativo posterior al terremoto.
Como estudiante de enfermería y rescatista, ¿de qué manera sentiste que tu formación previa te preparó para enfrentar los primeros momentos en el terreno?
El aspecto más complejo de preparar es el factor psicológico y mental. Mi experiencia previa en labores de rescate y en situaciones de alto impacto me brindó la fortaleza mental necesaria para afrontar la contingencia desde el primer minuto. En cuanto comenzó a fluir la información sobre lo sucedido, empecé a prepararme mentalmente y a trazar un panorama táctico de la situación a la que nos íbamos a enfrentar.
¿Cuáles fueron las labores específicas que asumiste y qué retos técnicos o logísticos tuviste que resolver sobre la marcha?
Mi primer despliegue operativo duró 24 horas y se concentró en la zona de Tucacas. Mientras la atención principal del país se dirigía a La Guaira, existían múltiples reportes y notificaciones de afectación en el eje costero de Carabobo y Falcón. Nos desplazamos a Tucacas para prestar apoyo junto a la Brigada de Rescate y Auxilios Médicos (BRAM). Allí trabajamos ininterrumpidamente durante 16 horas para intentar extraer a una persona con vida; lamentablemente falleció en el proceso y solo pudimos recuperar su cadáver. Fue mi primer choque frontal con esa dura realidad.
Posteriormente, retorné a mi residencia en Naguanagua, preparé mi equipaje operativo y me reporté de inmediato en la sede para salir desplegado hacia La Guaira.

¿Cómo lograste mantener la concentración en medio de escenarios tan complejos?
Es fundamental reconocer las limitantes operativas, tecnológicas y de tiempo. Al tratarse de un doblete sísmico, la disposición y el colapso de las estructuras presentaban patrones que no habíamos estudiado previamente ni sobre los cuales contáramos con una capacitación específica previa.
Representó un verdadero reto técnico trabajar en esas estructuras colapsadas. Nos mantuvimos sumamente estrictos en los protocolos técnicos para preservar la seguridad del personal, aplicando controles y mitigación de riesgos. Hicimos todo lo humanamente posible para salvaguardar cada vida.
Operaciones en La Guaira e interacciones en el terreno
¿Qué intervenciones marcaron la pauta en el trabajo que desempeñó tu equipo en La Guaira?
En la Guaira ejecutamos labores de búsqueda y rescate en estructuras colapsadas, trabajando de manera conjunta con equipos multidisciplinarios e internacionales de búsqueda y rescate urbano (USAR) en sus niveles Intermedio y Pesado. Asimismo, realicé evaluaciones preliminares de Análisis de Daños y Necesidades (EDAN) en la zona. Nos prestaron un vehículo tipo motocicleta con el que realizamos recorridos, interactuamos con las comunidades y levantamos un diagnóstico claro de cómo canalizar la ayuda según las necesidades prioritarias. La población demandaba apoyo urgente para la recuperación de cuerpos de sus familiares y el despliegue de maquinaria pesada.
En el plano emocional, ¿cuál consideras que fue el momento más complejo de la misión?
Lo más difícil en este trabajo es decir «no». Lo que más me afectó en La Guaira fue tener que comunicarle a un padre que no podíamos ingresar a rescatar el cuerpo de su hija, debido a que la estructura presentaba daños severos que la hacían inestable, representando un riesgo inminente e inviable para la vida del personal de rescate.
¿Cómo fue la dinámica de trabajo con las delegaciones internacionales y las organizaciones presentes?
La articulación fue altamente efectiva. Logramos acoplarnos con equipos internacionales de gran nivel técnico. Ante nuestras limitantes operativas en cuanto a tecnología y herramientas de corte o penetración, el respaldo de estas delegaciones fue clave, ya que contaban con equipamiento de alta gama. En lo personal, trabajé durante unos siete días hombro a hombro con efectivos de la Brigada de Topos Azteca de México y miembros del equipo Azteca de Panamá.

El aporte de la juventud y el trabajo en equipo
A menudo se asocia la juventud con la inexperiencia; sin embargo, en esta emergencia la primera línea estuvo integrada por muchos jóvenes. ¿Cuál es el valor diferencial de la juventud en estas labores?
Hablando con base y fundamentos operacionales, la gente y los mandos se dan cuenta de tu capacidad y te delegan responsabilidades de alto nivel cuando observan tu preparación, tu método de análisis paso a paso, tu diplomacia y el trato humano. Cuando ven todas esas herramientas aplicadas en conjunto, confían en el criterio del personal joven.
En nuestro equipo de extracción, por ejemplo, la persona de mayor edad tenía 32 años, y nuestro líder asignado era Miguel Cervantes, un Topo Azteca de México con amplia trayectoria. El resto éramos jóvenes; Rodrigo, el integrante más joven, con tan solo 20 años, trabajó a la par de nosotros dentro de la estructura colapsada.
¿Qué aprendizajes personales e interdisciplinarios te deja haber operado en esta contingencia?
El aprendizaje personal y profesional es enorme. Trabajar en escenarios de alto impacto, bajo extrema presión y con recursos y tiempo limitados te lleva a límites operativos que debes superar para seguir adelante. Fue una experiencia enriquecedora que me capacitó a fuerza de exigencia real sobre el terreno.
En cuanto al binomio entre la enfermería y el rescate, reafirmé la importancia crucial del abordaje pre-hospitalario inicial dentro de la estructura. De nada sirve extraer a una víctima si no se logra estabilizar adecuadamente sus signos vitales; de ser posible, la atención médica debe iniciar de forma intra-paredes, entre los escombros. Esa sinergia me permite abarcar al paciente de manera integral en el sitio del evento.
¿Qué lecciones te dejó esta experiencia que no se aprenden en un aula de clases?
El desarrollo del pensamiento crítico continuo. En el sitio del suceso, la realidad y la dinámica social a veces sobrepasan la teoría de los manuales. Operar en estructuras inestables con configuraciones inéditas exige un nivel de adaptación elevado. Dentro de una estructura colapsada se experimentan todas las emociones; sientes miedo, pero el trabajo en equipo genera confianza y construye un entorno operacional seguro.
El trabajo en equipo lo es todo: mientras unos apuntalan las estructuras, otros ejecutan labores de búsqueda. Tal fue el caso de Edgar Guariguata, quien apoyó de manera extraordinaria con su ejemplar canino de búsqueda para el marcaje de personas vivas y fallecidas. Figuras como Miguel Feo y Miguel Cervantes fueron pilares fundamentales en este despliegue cuyo único fin era el bien común.

Mensaje a la comunidad y visión de vida
¿Qué mensaje le envías a aquellos jóvenes y estudiantes de la salud que evalúan sumarse al voluntariado?
Mi mensaje principal es la capacitación constante. Este mundo abre puertas valiosas a nivel laboral, de relaciones interpersonales y en la adquisición de competencias técnicas aplicables a la vida diaria, el senderismo o el sector industrial. Asumir este compromiso cambia tu ritmo de vida y tu perspectiva del mundo. Me siento honrado de formar parte de esta generación de relevo que aporta soluciones concretas al país.
A la ciudadanía en general la exhorto a incorporarse a programas educativos de prevención y mantenerse actualizada. Participar activamente es el primer paso para foguearse en la gestión de riesgos.
Reflexión sobre el entorno familiar y la labor del rescatista
Las emergencias nos recuerdan la fragilidad de la vida: hoy estamos aquí y mañana la realidad puede cambiar en un segundo. Estar alejado de la familia durante jornadas de alta peligrosidad invita a valorar profundamente las llamadas, el contacto diario y a mantener informados a nuestros seres queridos sobre la labor que desempeñamos.
Detrás de cada rescatista hay una familia que espera noticias; por ello, cuidar el vínculo familiar, expresar el afecto a tiempo y valorar los pequeños detalles cotidianos se convierte en el ancla emocional fundamental para quienes arriesgan su vida en el terreno.
Respecto a la fotografía tuya que se viralizó en redes sociales durante la emergencia, ¿qué ocurrió realmente en ese momento?
Esa imagen se salió de control en plataformas digitales. La persona que aparece a mi lado no era una víctima atrapada en la estructura, sino un ciudadano que nos estaba prestando su apoyo voluntario con sus conocimientos de albañilería. Al ingresar a la estructura y presenciar la recuperación del cuerpo sin vida del joven fallecido, entró en un severo cuadro de shock emocional. Lo tomé del hombro y lo alejé de la estructura hacia una zona segura para que pudiera respirar, tomar aire y estabilizarse hemodinámica y emocionalmente. Aprovecho esta vía para expresarle mi profundo agradecimiento por todo el apoyo que nos brindó en Tucacas.
A pesar del contexto técnico, la opinión pública transformó esa imagen en un símbolo de esperanza.
Mi teléfono colapsó con mensajes en WhatsApp e Instagram, pero en ese momento yo me encontraba enfocado en las labores operativas en La Guaira. Aunque la realidad técnica era otra, comprendo que, en medio de la tragedia, la imagen se transformó en un símbolo de fe, consuelo y esperanza para el pueblo venezolano.
¿Cómo gestionan el desgaste físico y la salud mental durante y después de la misión?
Nos ceñimos a los estándares internacionales. Las normativas establecen que las misiones de búsqueda y rescate deben tener un límite operativo —generalmente de un máximo de 15 días— recomendando pausas de descanso para evitar la sobreexposición a factores traumáticos. Tras mi regreso, requerí unos días de recuperación reactiva y contamos con un sólido acompañamiento psicológico. Es vital reconocer los límites del cuerpo y de la mente, parar, descansar y reincorporarse solo cuando se logre una recuperación integral.
En el terreno, las jornadas de trabajo no tienen un horario definido: una vez que ingresas a la zona de impacto, no sabes cuántas horas durará la maniobra.
Para finalizar, ¿tienes planeado regresar a las zonas afectadas en La Guaira?
Sí, tengo proyectado regresar, pero bajo un enfoque orientado hacia la atención integral y el apoyo humanitario en las comunidades afectadas.
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