UN FANTASMA ESCURRIDIZO (2×2)
Un fantasma escurridizo (2×2) se refiere a la novela «El fantasma de Prospect Park» (2015 y 2017) de Albo Aguasola. JCDN.

El Fantasma de Prospect Park. Albo Aguasola (Ronnel Alfonso Mejías Ortega). Grupo Editorial Negro sobre Blanco, primera edición, Caracas, 2015, 153 páginas.
El Fantasma de Prospect Park. Albo Aguasola (Ronnel Alfonso Mejías Ortega). Grupo Editorial Negro sobre Blanco, Caracas, 2017, 200 páginas. Esta segunda edición incluye como apéndice una antología mínima de la obra anterior del autor (Fragmentos deotras obras Aguasolenses).
Esta extraña novela, como fantasmagoría etérea, pareciera ubicarse entre lo literario y lo sub-literario: Asume la mezcla del relato fantástico medieval [la épica del Amadís de Gaula o El Cantar de Rolando] y su revisita contemporánea [Borges, Julio Garmendia y su tocayo Cortázar] con la literatura digital de cordel que evade en apariencia cualquier posición ideológica y estética respecto al mundo globalizado y post-industrial.
La literatura de folletín no sólo involucra la novelística de aventuras, los cómics, el drama amoroso, o un texto clásico de la consolación como “Los Misterios de París” de Eugene Sue; también incorpora sus realizaciones lights de hoy, desde el redescubrimiento de Tolkien, la didáctica invertida de Harry Potter, el manga japonés, la insulsez neorromántica de las sagas novelísticas como “Crepúsculo”, hasta esa ensayística inofensiva y baladí de los libros de auto-ayuda desprovista de la indudable poesía de la literatura sagrada [la Biblia, el Corán, los diálogos socráticos o los Vedas hindúes].
En este caso, a diferencia de César Aira en la novela “Los Fantasmas”, el autor no pretende parodiar el sub-género literario de terror o miedo para desmontar el orden socio-económico y político de su tiempo. Por el contrario, el pastiche narrativo apunta a develar [o encriptar] las contingencias y contradicciones de la voz narrativa, el oficio literario como tal y la problemática de la identidad que supone el exilio físico e interior.

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¿Acaso esta novela apuesta por una propuesta fauvista que le distancie de la desilusión ideológica y estética, dadas las coordenadas equívocas del mundo actual? El fantasma comunista de Marx y Engels aún espanta al orbe, incluso en regímenes monárquicos teñidos de rojo como el caso de Corea del Norte.
Sólo que se ve acompañado y confrontado por el Brexit anti-global y reduccionista de Theresa May, Donald Trump y la familia Le Pen [por supuesto, con su repulsión por la diversidad y la cultura del Otro: el Islam, la americanidad estadounidense y afro-caribeña, los refugiados y los inmigrantes latinoamericanos, por ejemplo].
La voz falsificada en el exilio, imperante a lo largo de la novela, se ocupa de su propio malestar de identidad que le inmoviliza entre el alma mestiza latinoamericana y la tarjeta verde. La tensión escritural vertida tanto en el estilo como en la psicología de los personajes, se desenvuelve en una estética neorromántica afín a Poe y su traductor venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde.
El móvil es la alusión referencial por vía del plagio aparente o la imitación hiperrealista de la voz antecedente, bien sean los cronopios y famas de Cortázar [“Información sobre fantasmas. // Si usted encuentra uno por allí, no trate de acercársele para tomarse un selfie, existen miles de cosas que podrían irritarlos y hasta intentar pegarle” (p. 28)] o los dibujos de Doré y Goya e incluso la pintura de Roger Dean que ilustra los discos del grupo de rock sinfónico Yes.
Hay también una marcada arista egotista y autorreferencial como factor posible de identidad, cuando Aguasola alude a sí mismo: “debería leer también Vasonegro y otras obras de este autor” (p. 34). A este respecto, el prólogo del libro [firmado por el profesor Eney Silveira Morales] es sumamente curioso, pues su superficialidad y el tenor didáctico, esteticista y moralizante rayan en lo caricaturesco y el galimatías, sin siquiera atisbar sus fortalezas y debilidades: “reflexiona sobre su propia forma de situarse ante la creación literaria para definir el estilo con que ha de direccionar su trayectoria como hombre de letras” (p. 23). Por tal razón, se nos antoja más bien la impostura de un heterónimo o, peor aún, la desencaminada buena intención de un amigo entrañable.
Creemos que la novela importará a posibles y diversos lectores, por su construcción en un territorio indefinido, escurridizo y ambiguo. He allí su mayor virtud [que lo aleja de las autopsias deterministas, políticas y artísticas en blanco y negro] pero al mismo tiempo su fragilidad relativamente encantadora [el riesgo que supone la fusión de géneros y registros de habla en el discurso narrativo].
Se asimila, por ejemplo, a “Peonía” de Romero García en tanto su antecedente ejemplar: Proponerse la crítica política al régimen de Guzmán Blanco, para decaer en la novela amorosa y pastoril que la emparenta con “María” del colombiano Jorge Isaacs.
A lo largo de su corpus, este Fantasma de Prospect Park musita, susurra y grita en un castellano neorromántico y anglosajón [¿registro neocolonial deliberado?], no obstante las ocasionales interrupciones de la voz criolla: “Entonces le dieron tres paradas por el culo y lo dejaron libre” (p. 113).
La locación umbría, neblinosa e invernal de Prospect Park, Nueva York, constituye no sólo el enclave ideal y aislacionista en el que se mueven Onelio [¿poeta por ósmosis?], el fantasma y sus víctimas degolladas, sino en especial una aproximación pesimista y desangelada del mundo real con sus terroristas islámicos y de Estado, mercenarios militares, politicastros y transnacionales depredadoras.
En una batalla al alba contra el ángel que le esclarezca la problemática de la identidad, Aguasola se vale de un instrumental plástico y estético de escarcha, papel marché y vidrios de colores, para manifestar su disconformidad metafísica con el entorno.
Desde la evasión neo-modernista en el tratamiento del contexto histórico, de incontrovertible sesgo romántico, que apuntala al yo, hasta al anacrónico culto por la palabra “mas” como mantra lírico y de habla que reacomode el mundo.
Onelio no se topa con un fantasma en pena, sino consigo mismo en el marco escindido y esquizoide de su soledad y el proceso doloroso de su propia destrucción. De nada le sirvió engañarlo durante la realización de las tareas de Hércules [recuperar la cabeza del fantasma, enterrarla y secuestrar a su asesino], esto es la primacía del mero ingenio sobre la ética personal, eso sí, resbaladiza y accidentada.
El tesoro como premio al héroe o anti-héroe, representa un artilugio que maravilla y excita el apetito y la ambición, para luego entrampar y devorar a sus incautas y tentadas víctimas. La consolatoria frase final de la novela, Bonus Eventus, ¿es el mapa de la felicidad? o ¿es la llave de la súbita y azarosa fortuna material o de ultratumba? Este Tesoro presuntuoso, como el de la Sierra Madre de Bernard Traven y John Huston, pudiera ser polvo de oro que el viento nos arrebata en una lectura políticamente incorrecta del mundo y el texto literario.
Respecto a la antología mínima que acompaña a la novela en su segunda edición (2017), pareciera una travesura que se tiende a sí mismo (y a los lectores) nuestro autor. En este caso, jugar con la estética de la recepción implica ser sarcástico y egotista con la crítica literaria establecida y su Canon riguroso y artificial. La lectura de estos críticos y profesores de literatura se encuentra mediatizada por el mercado, el academicismo y las modas literarias que se difuminan en poco tiempo.
Tenemos los poemas en prosa de “El color de la noche”, los cuales reviven el neo-romanticismo y el neo-simbolismo de la propuesta gótica aguasolense: la voz poética oscila entre lo enternecedor-erótico y la necrofilia. El fragmento de la novela Vasonegro se forja un infierno naif simulado a la manera del pintor Bárbaro Rivas: esto es la transfiguración ficcional de Cristo en las flacas carnes de un mendigo a la deriva urbana. Mientras que los pasajes de la novela La lluvia y el barro, traslada las preocupaciones del autor al ámbito rural: Se trata de su versión del mito bíblico de Caín (6) y Abel (7), en el que un nazareno desconocido pareciera suspender el asesinato del más manso de los hermanos.
Policarpa es un texto novelístico que se regodea en un homenaje al Modernismo de Darío, de donde la evasión remite a la vindicación del erotismo como modo salvador de vida. Dos textos filosóficos, El energúmeno y El sepulcro de los bonitos, procuran encararse con el individualismo desde la luz cenital del voluntarismo. Las muestras, además de mestizas en la forma y en el fondo, se nos antojan conservadoras, místicas y líricas hasta el delirio.
Albo Aguasola no es un autor de medias tintas: Se cata su discurso con satisfacción, inquietud o repulsión, impresión de algunos ciudadanos (radicalizados o exaltados) en el marco de estos tiempos convulsos que nos embargan.
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José Carlos De Nóbrega / Ciudad VLC













