La 20ª FILVEN Carabobo no solo fue encuentro de hombres de letras: libros, lectores, escritores, editores, también de pintura, teatro, títeres, música y danza en los espacios de un museo (de la Cultura) y de un parque (el “Miranda”, mejor conocido como “Los Enanitos”).
Asimismo fueron posibles otros encuentros “satélites” en espacios como la Casa Pocaterra y el Centro Cultural Mandela, los cuales fueron escenario de talleres y conversatorios sobre el libro y sus autores
Hubo editoriales de libros nuevos, pero los mesones de los libros viejos fueron una oportunidad para seguir el trayecto longitudinal del libro usado, o el encuentro transversal con la novedad literaria. Y aunado a esto, lo que una feria del libro posibilita: el encuentro cara a cara entre el autor y el lector: conversar con el escritor, firmar el ejemplar, responder las inquietudes del que hasta hace poco era su amigo invisible.
Entre los muchos mencionaré mi experiencia con tres libros y sus autores.

“Víspera” de Federico Ruiz Tirado
Federico Ruiz Tirado (1955) cronista, editor y poeta, además de diplomático revolucionario y columnista del Diario Ciudad Valencia (ciudadvalencia.com.ve). Un francotirador escritural desde Barinas, Cabudare o Caracas, que ahora nos trae un libro reposado.
“Víspera” viene de esa tradición de escritura sobre el padre que en los años ‘60 Caupolicán Ovalles, Pepe Barroeta, Ramón Palomares o Carlos Contramaestre asumieron a manera de rebelión edípica o de homenaje en clave “Jorge Manrique”.
La figura del Padre aparece en tiempos turbulentos, entre libros de vanguardia. Y en estos tiempos, de nuevo revolucionarios, una generación posterior de hijos de aquella derrota (sin la mayúscula de Rafael Cadenas) reivindican a los padres revolucionarios, en libros como “Río Quemado” de Jorge Rodríguez o “Víspera” de Federico Ruiz Tirado.
El primero marcadamente tanático, como corresponde a la elegía de un padre mártir; este más bien erótico: mezclando prisiones y viajes, mujeres y lecturas, militancia entre líneas, como un tronco que florece.
En ambos, Rodríguez y Ruiz, el río es la metáfora de la vida y la muerte, pero son ríos que no convergen, y ambos libros, a su manera, con estilos diferentes, aportan significativamente a la Poesía del Padre en Venezuela.
En “Víspera”, el padre es vegetal, cedral. El libro está lleno de árboles: sauce, cedro y ceiba, robles. El árbol es adjetivo y sustantivo en este poemario bosque. Pero J. E. Ruiz Guevara (el padre) escribió poemas sobre árboles humanos, novelista prisionero. La liberación ocurre en el centro del libro encerrado entre dos textos del padre: El árbol al morir nace de nuevo, reencarnado en el utensilio simple o complicado que el hombre usa en la vida desde que nace hasta que muere, y el hombre también al morir reencarna en el recuerdo.
Quisiera evocar por su fragmento al poema de Catulo que trata de una barca, la más rápida ahora anclada. «(…) Barca después, que fue antes bosque frondoso: en la cumbre del Citoro silbo a menudo con su sonoro follaje…».
Es la cima del Topoi de la transmutación en libros y flautas. Transmutación del árbol en utensilio como quiere J. E. Ruiz Guevara. Ecos de ese silbido encontré en Sandoval (Eugenio Montejo): la guitarra está en el árbol/ no ha nacido todavía,/ pero cuando sopla el viento/ se escucha su melodía.
Cierran los Ruiz: A veces quiero ser como los árboles: que mis pies echen raíces y se vendan en las profundidades de la tierra, y que mis brazos se eleven al cielo y se crucen, torcidos, como ramas, y que formen los signos misteriosos que guardan la leyenda de los bosques.
Recuerden que el autor viene de Barinas, donde al llanero al nacer le entierran el ombligo: «…no termina de despegar el ombligo de la tierra…». Los garabatos de la última piedra del río siguen ahí. Entre el permanente petroglifo y la fugacidad de la vida, escrituras sobre la piedra o entre la piel como palimpsesto de prisiones y viajes, donde aparece el «enantes» o “víspera”, cuando el hijo escribe sobre el Padre.

“Sin domar nada” de Benjamín Eduardo Martínez Hernández
“Sin domar nada” es el título que obtuvo el premio de literatura Solar en 2023 y fue motivo de un conversatorio donde participaron tres generaciones literarias: los estudiantes de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla, poetas maduros como Antonio Trujillo (Premio Nacional de Literatura 2024) y Luis Alberto Angulo, y Benjamín Eduardo Martínez Hernández (1980), de una generación intermedia, el autor de “Sin domar nada”.
Ya ese encuentro con representantes de tres generaciones, donde unos podían ser hijos y nietos de otros, era ya de por sí muy interesante. Se comentaron muchas cosas: la rareza del libro donde se inicia con poemas en prosa, de carácter marcadamente visual, seguidos de poemas de sustrato oriental.
El poema sobre un pez que empieza: En la curva/ que hace mi lengua/ al silbar/ duerme un pez/ sin adorno… fue objeto de discusiones y distintas lecturas desde la erótica hasta una posible ars poetica.
Distintos tonos, variados registros y formas no afectan una unidad de fondo. La preocupación por la escritura misma: «Hasta llegar al poema» que termina: «centinela me digo/ y ella voltea/ y me vuelve a callar/ hasta llegar al poema».
Otros libros de Benjamín Martínez son de poesía o una novela y comparten esa creación sobre la creación, escritura sobre la escritura, pero despojados de toda intensión narcisista: sencillamente empieza por el mismo.

“La canción del Trueno” de Jorge Álamo Homsy
Se trata de un libro integrado por una noveleta, “Los siriacos”, seguida por cuentos en la tradición simbolista y fantástica de Poe, pero impregnados de la postmodernidad del siglo XXI.
Jorge Álamo Homsy (1993) es psicólogo, no se puede dejar de serlo, y por eso el retrato de los caracteres no es ingenuo. Lector más bien de novelas, nos confiesa que admira a Dostoveski; sus cuentos son de situaciones y de caracteres.
“El Cuentista” es un cuento sobre el oficio de escritor y sus pactos con la muerte. Fumar y escribir consumen su vida en una carrera contra sí mismo. El pacto mefistofélico está en la vida literaria como condena o como salvación. La obra es producto de una alquimia personal.
La atmósfera de misterio oriental de los cuentos es la misma que en la noveleta «Los Siriacos». Estamos frente a un estilo, un trazo que es difícil de obtener en un primer libro. El helenismo de Los Siriacos, con esa combinación del Oriente y la Grecia clásica ¿es común a la antigua Siria con nuestros días?
En una escritura sobre el poder donde entran y salen personajes (la palabra “persona” viene de “máscara”) que se quitan la careta poco antes de asesinar al contrario, en un juego de guerra donde se develan, se desnudan personalidades, en una obscura trama de pasiones desmedidas.
El Tánatos se impone al Eros en el reino de la Entropía.
Ciudad Valencia / Pedro Téllez










